El llanto de un iraquí

Estoy aquí, enmudecido por la barbarie de la muerte y la destrucción, y
contemplo desde lo más alto del Algur Dag y los montes Zagros, como el
enemigo asola los relieves del Taurus, a través de nuestro corazón enclavado
en las llanuras de Mesopotamia, de ese corazón cuya sangre corre en lo que
un día fueron las aguas de la vida, los majestuosos Tigris y Eufrates. Y es
que tú Irak, soñolienta y enraizada con una historia de infinita fe
religiosa; hoy trato de entender por qué el Todopoderoso te ha abandonado a
las huestes de quienes sólo pretenden tu riqueza.

Ahora mis pensamientos están atribulados como cualquiera de tus desiertos y
matorrales de estepa, cuya naturaleza se encuentra fundida por la tristeza
de tus hijos de Basora, Mosul o Bagdad, quienes lloran ante la impotencia de
no poder impedir las desoladoras decisiones, por quienes han tomado en
nombre de tu autoridad Señor, lo que solamente te pertenece a ti. O es qué
acaso Padre Amado, puede existir alguien más que ose prometerme felicidad
aunque mueran mis hijos, mi esposa, mis padres, mis hermanos, mis amigos y
todos mis seres queridos. ¡No mi Señor!, el Job que una vez redimiste con tu
misericordia y tu bondad, no se asemeja para nada a esta faceta de
vilipendio y estupor que carcome mi vida y endurece mis sentimientos hacia
quienes, tal vez, no tengan la culpa en lo que acontece.

Es por ello Señor qué no sé si soy chiíta o sunita. Sólo sé que los bellos y
radiantes sembradíos de arroz, tabaco, maíz y opio, que una vez fueron
cultivados por nuestro pueblo con la ayuda de sus bueyes, caballos y
camellos; todo, absolutamente todo, ha sido desvastado por el fuego
abrasador de las bestias mecánicas, quienes como anticristos, han venido a
pregonar con este mensaje, que nos ha llegado la hora de la salvación
eterna. Y vuelvo a preguntarte ¡Oh mi Dios! ¿Es este el precio que debemos
pagar por haber desobedecido tus enseñanzas? Tampoco lo sé. Pero en este
instante, cuando el cielo y la tierra están ardiendo por el calor que
consume la vida de inocentes, he comprendido cual poco vale la humanidad
ante la avaricia y el poder de unos pocos.

Estoy llorando, llorando sin saber que éstas lágrimas sean las últimas de mi
vida, pero con la certeza que no serán las últimas de mi pueblo, porque tu
promesa Señor, es que tu pueblo será uno solo, el cual en la Nueva Jerusalén
despertará de toda esta pesadilla. Dios tu pueblo sigue esperando por tu
infinita misericordia.



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Javier Antonio Vivas Santana

Lic. en Educación en las menciones de Ciencias Sociales y Lengua (UNA) Maestría en Educación mención Enseñanza del Castellano (UDO) Dr. en Educación (UPEL) Profesor de la Misión Sucre (2003 -2012)

 jvivassantana@gmail.com      @jvivassantana

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