Base de operaciones 340



**** La posibilidad de reelección del Presidente Uribe en Colombia cierra los caminos para la paz en ese país y los abre para la guerra en el espacio iberoamericano.

La semana que pasó nos proporcionó uno de esos espectáculos propios del caudillismo latinoamericano que nos alejan del avance hacia formas de convivencia más democrática. El acto legislativo mediante el cual el Congreso de Colombia aprobó la reelección presidencial, sin dudas es una regresión hacia las prácticas mediante las cuales un líder carismático aprovecha su popularidad circunstancial para mantenerse en control del poder público. No fue el resultado de la discusión de una visión política de largo alcance que hubiese considerado la continuidad de gestión como una necesidad para la implantación de un nuevo proyecto de sociedad más equitativa y mejor organizada. Ha sido la consecuencia de la demanda de los sectores privilegiados de esa comunidad para mantener una política represiva, al margen de los derechos humanos especialmente de segunda y tercera generación, que les permita mantener su dominio sobre el país. No fue una decisión tomada por un parlamento donde efectivamente estén representadas las fuerzas sociales modernizantes hoy agregadas en el Foro Social, ni donde las organizaciones políticas progresistas tengan una representación proporcional a sus dimensiones reales en la sociedad colombiana. Corresponde a una determinación de la representación de las alianzas de los partidos políticos tradicionales y los feudos de las grandes familias bogotanas y provinciales que controlan el Congreso y la vida política del Estado.
Pero ese hecho no tendría relevancia, salvo para los colombianos, a no ser por su impacto regional. La posibilidad que se abre para una continuación en la Presidencia de Alvaro Uribe, implica una probabilidad, no sólo del mantenimiento de la guerra civil colombiana, sino para su escalada en la región andina, con un efecto perturbador en los intentos de romper las tendencias presentes hacia una integración efectiva sudamericana. Un esfuerzo orientado a equilibrar las profundas asimetrías que caracterizan las relaciones de nuestros pueblos con aquellos que controlan el sistema internacional y, particularmente, con los EEUU. Es un movimiento que afecta los intereses geopolíticos de esta hiperpotencia, que en la realidad tutorea el régimen político del vecino país. Sin dudas, esta aristocracia mantuana colonial no mantendría el dominio sobre el Estado sin el apoyo militar de Washington. De allí que su doctrina de guerra permanente tenga que encontrar correspondencia con el comportamiento del gobierno colombiano que, frente al drama de una sociedad dividida y en conflicto abierto, no puede actuar de otra forma sino por el uso del terrorismo bélico. No habrá un chance para la paz en Colombia de materializarse esa probabilidad. Así como tampoco lo habrá para una Iberoamérica empobrecida amenazada con convertirse en un teatro para la lucha por la hegemonía mundial.

alberto_muller2003@yahoo.com


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Alberto Müller Rojas


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