Cómo evitar que arda Troya

Normalmente todo detective se pregunta, desde la Roma antigua: Qui bono? Es decir, ¿a quién conviene el crimen? Pero en el asesinato del fiscal Danilo Anderson podría darse la circunstancia singular de que los primeros perjudicados sean aquellos que aparentemente se beneficiarían del cese de las investigaciones que cumplía porque quedan comprometidos —digo, si eso vale algo para aquellos que tienen en la desvergüenza su arma más poderosa. ¿A quién convendría perjudicar a esos indiciados?

De todos modos una de las principales características de ese grupo es su vocación por la violencia, desde el asalto a la Embajada de Cuba hasta firmar un acta que barría con la democracia. Pero asumo la audacia de atribuir una migaja de racionalidad, un propósito, a este asesinato: interrumpir la normalización de Venezuela porque equivaldría a deslegitimar toda la violencia desatada desde diciembre de 2001. ¿Para qué tanto brinquito si el piso está tan planito? Estas bombas son la conducta del pandillero que no es invitado a la fiesta y la destruye para que no quede fiesta para nadie.

Todo el mundo olvidó invitar a la diosa Discordia al matrimonio de Peleo y Tetis, padres del héroe Aquiles. Todos pensaron que otro la había invitado. La diosa lanzó entonces la famosa manzana de la discordia, de oro, con un letrero: «Para la más bella». Eso desató, capítulos después, la Guerra de Troya. No tenemos pruebas de nada y cuando escribo esto (jueves 25 de noviembre) las investigaciones apenas comienzan, pero sí podemos esbozar algunas ideas claras y distintas: el autor de esta acción no tiene interés en la normalización de la vida pública. Si se hubiese tratado solo de detener las investigaciones, han podido darle unos tiros, simular un atraco. Pero no: hay un mensaje claro en estas dos bombas desproporcionadas: ‘No es posible la paz en Venezuela’. Y reluce el mismo objetivo de los francotiradores del golpe del 11 de abril de 2002: instigar la violencia entre los bandos, como Discordia. Odio en estado puro. Para invocar la ingobernabilidad de Venezuela y justificar la intervención que tanto han clamado.

¿Sospechosos? Muchos. Los que han asaltado la paz. Los investigados por Anderson en primer lugar, aunque cabe la posibilidad de que no fueran ellos, o todos ellos, por lo que dije: bastaba simular un atraco, no poner dos bombas para un solo hombre, que es acto expresionista, más allá de lo utilitario, porque estas bombas son la puesta en escena de un odio que trasciende la mera operación mecánica de detener una investigación, que otro fiscal puede concluir. Por eso los investigados pudieran no estar de primeros en la lista de sospechosos. Aunque tampoco de últimos. Lo monstruoso que tienen estos atentados es precisamente que se invierte de facto el honesto principio de que todo el mundo es inocente hasta que se demuestra lo contrario. El terrorismo produce la aberración jurídica de que todo el mundo es sospechoso, si no culpable, hasta que demuestre lo contrario. Así, los imputados por Anderson están en una situación comprometida porque o aclaran su posición o la oscurecen. Y aun cuando la aclararen, quedará la duda. Así, si hay racionalidad en este festival de irracionalidad en que los medios han convertido a la parte más bolsa de Venezuela, debieran ser esos acusados los primeros interesados en no añadirse una nueva imputación, esta vez ética. El que pone una bomba tiene responsabilidad ética y legal, pero el que la avala, aun sin haberla puesto, tiene responsabilidad ética.

Como en el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, las secuelas pueden ser interminables y las víctimas múltiples, pero hay víctimas visibles e invisibles. Los ricos, por ejemplo, son visibles mientras los pobres invisibles. Es decir, los ricos no suelen ver a los pobres. Pero los pobres sí ven a los ricos y todo el tiempo. Los pobres tienen mucho que perder en una confrontación violenta, pero los ricos tienen más.

El 14 de abril de 2002, mientras Hugo Chávez regresaba al poder, no estaban saqueando a Caracas, lo que puede tener, en última instancia, finalidades puramente económicas. Estaban más bien quemando la ciudad, que es expresión de ira terminal. Esa violencia difusa y de destrucción masiva no fue detenida ni por el ejército ni por la policía, desmovilizados ese día, sino por el regreso del presidente Chávez y su llamado a la paz. ¿Qué hubiera ocurrido si el Presidente hubiese tardado unas horas más o si no hubiese llamado a la paz? ¿Cuántos metros cuadrados por segundo recorre el fuego en una ciudad en llamas? ¿Nos sirve de referencia el incendio de la Torre Este de Parque Central? ¿Imaginas qué hubiese ocurrido si los bomberos no hubiesen acudido? ¿En cuánto tiempo hubiera ardido todo Parque Central? (ver Lo que no pasó aquel 14 de abril).

La patria de los autores de este atentado es la violencia, como el agua lo es del pez. «Tienen, por eso no lloran,/de plomo las calaveras», como dijo García Lorca (ver Romance de la guardia civil española). El objetivo visible es crear el mismo efecto que lograron los francotiradores del 11 de abril de 2002: provocar la convulsión que los lleve al poder absoluto. Lord Acton dijo que «el poder tiende a corromper, pero el poder absoluto corrompe absolutamente». Aunque la corrupción absoluta también necesita poder absoluto. Algunos sectores llegaron a la corrupción absoluta luego de detentar un poder absoluto y ahora necesitan regresar a él porque se les está acabando el combustible político y social. Lo intentaron de todos los modos al alcance de su escasa inteligencia: golpe, paros, focos de violencia urbana («guarimbas») y hasta métodos legales pervertidos: recolección de firmas viciadas, como ha admitido Súmate misma, la organización recolectora,; elecciones, acciones en tribunales, etc. Todo les falló. Solo les queda la violencia sin disfraz. Salvo a los sabios que admitan su derrota. Y como resultado, tan tontos, están dando poder absoluto al gobierno.

No hace falta que nadie reivindique este acto de fuerza porque desde abril de 2002 nos conocemos todos y tal vez los culpables sí son sus beneficiarios visibles. Como dijo el 19 de noviembre en cadena nacional el presidente Chávez, en palabras de Íñigo Pacheco López : El acto terrorista es un acto violento de comunicación social ((2004), 11-M. La respuesta, Madrid: Asociación Cultural Amigos del Arte Popular).

Antecedentes: bombas en embajadas, en Teleport, pero sobre todo en Nicaragua. A ese país lo acosaron con mil provocaciones como esta y peores que esta, hasta que los nicaragüenses terminaron rindiéndose y hoy son uno de los países más pobres de la tierra.

¿A qué visión del mundo obedece esta acción? ¿Cómo se llega a ser capaz de poner dos bombas a alguien? ¿Qué camino hay que tomar para llegar a ser así? Obviamente es un atentado profesional. Pero no de un profesionalismo técnico, sino de algo más comprometido existencialmente. Cualquiera aprende a poner bombas. Es una operación mecánica. Más difícil es preparar una buena sopa de cebolla. El eje está en la estructura emocional del sicario. Sicario no odia. Tampoco ama a quienes beneficia. Para él vida y muerte son instrumentos de trabajo como para el carpintero la madera y el clavo.

Si todo este cuadro alarmante es cierto (ojalá no) entonces nadie está seguro, como dijo Ricardo III a Clarence, en la tragedia de Shakespeare, luego de matar a un gentío: «No estamos seguros, Clarence». Hay políticos de oposición que se han vuelto desecho y cuya única utilidad para estos asesinos es volverlos mártires. Será por eso que la Asamblea Nacional fue unánime en el repudio. Por eso hubo pocos parpadeos en la abominación, aunque fuese con lágrimas de cocodrilo, tan útiles, y con una sonrisita, como los medios golpistas. Todo vale para salvar el pellejo porque todos estamos en peligro. A alguna racionalidad induce, a veces, la muerte inminente, aun en una oposición idiota (ver «Zona de exclusión»).

Por Internet hormiguean aplausos asesinos. Ningún terrorismo prospera sin una base social, llámese ETA, llámese Al Qaeda. En Italia las Brigadas Rojas asesinaron a Aldo Moro. No era santo, pero tampoco guerrero. Por eso ese asesinato estremeció a todos y todos terminaron aislando a sus autores. ¿Serán aislados los asesinos de Anderson?

Dependerá de las investigaciones y de la voluntad política para impedir volvernos la masa informe de atrocidades que es Colombia. Hasta ahora la impunidad y la indulgencia han conducido a cada vez más violencia, desde el asesinato de casi cien dirigentes bolivarianos hasta estas bombas. ¿Habrá decisión de gobierno y oposición para detener esta escalada? ¿Dejará la oposición de criar cuervos? ¿Podrá el gobierno controlar a los que arden de venganza? Los medios siguen azuzando a los bobitos...


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Roberto Hernández Montoya

Licenciado en Letras y presunto humorista. Actual presidente del CELARG y moderador del programa "Los Robertos" denominado "Comos Ustedes Pueden Ver" por sus moderadores, el cual se transmite por RNV y VTV.

 roberto.hernandez.montoya@gmail.com      @rhm1947

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