Base de operaciones 239

Mientras en el país el mundo de la política pretende revertirle a la mayoría de los venezolanos que aceptamos la racionalidad como medio para guiar su quehacer, los poetas se congregaban en Coro para exaltar el poder del lenguaje para mostrar la belleza de la vida. En la añeja capital falconiana se celebró los días 25,26 y 27/11/04. la IV Bienal de Literatura “Elías David Curiel”, en la cual los habitantes de esa tierra, y algunos privilegiados, como en mi caso, tuvimos la ocasión de oír los versos de los poetas que hacían hasta de nuestros dramas y tragedias, parte de una realidad constructiva en donde no es ajena la belleza. Se apreció el numen de nuestros bardos que no nombro por las limitaciones del espacio de esta columna. Y las noches coreanas refrescadas por la brisa proveniente de nuestro Caribe, se vieron adornadas por veladas donde la cadencia de los cantares contrastaba con las estridencia del amarillismo que se oía detrás de los ventanales, con los postigos cerrados, de algunas de las casas coloniales que incorporaron el televisor al mobiliario de sus amplios corredores y sus patios interiores. Tal vez los portones y las contrapuertas de las portillas de donde salían esos mensajes angustiantes, herméticos ante los ojos del transeúnte, mostraban la pena ajena sentida por los pobladores de esas viejas casonas hacia esas figuras que, como maniquíes parlantes, siembran odio en los surcos donde los poetas han cultivado amor.

Pero los poetas no solamente estuvieron en Coro. Se fueron a Paraguaná y a la Sierra para llevar sus cantos a los niños y a los obreros de los poblados, despertando ilusiones y sueños en las mentes donde los figurillas de las pantallas crean desencantos y pesadillas. Ellos son parte de esa tropa que día a día, en silencio, muchas de las veces desordenadamente por la falta de dirección de una elite que se ve el ombligo, hace todavía vivible un país que se desgaja entre los rencores de dos minorías maniáticas empeñadas en realizar sus obsesiones. Ellos están entre la tropa que rechaza para Venezuela lo que vio Picasso en Guernica: “Gritos de niños, gritos de mujeres, gritos de pájaros, gritos de flores, gritos de árboles y de piedras, gritos de ladrillos, de muebles, de camas, de sillas, de cortinas, de cazuelas, de gatos y de papeles, gritos de olores que se arañan, gritos de humo, de los gritos que cuecen en el caldero y de la lluvia de pájaros que inunda el mar que roe el hueso y se rompe los dientes mordiendo el algodón”. Posiblemente los mismos alaridos que hoy se oyen en las casas, las mezquitas, los hospitales, el bazar y las calles de Falluya. Son unos chillidos que ningún venezolano conciente quiere escuchar proferidos detrás de las paredes y en las calles, templos y plazas de Caracas, de Coro, de Maracaibo, Valencia o, cualquiera de nuestras urbes diseminadas en la geografía de la Patria. Pienso que sería bueno por un rato, escuchar la voz de los poetas que desde allá, de Coro, entonaron sus versos para dar una esperanza.


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Alberto Müller Rojas


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