Ojo por ojo

El British Medical Journal – una prestigiosa publicación médica inglesa – acaba de publicar un informe elaborado por investigadores americanos e iraquíes de la Universidad John Hopkins – un reputado centro de estudios en materia de ciencias de la salud – en el cual se establece que más de 100.000 iraquíes han muerto en la represalia norteamericana al ataque del extremismo islámico del 11S. Más de las bajas que ocasiona cualquier pandemia en el presente en igual período. Y califico la acción como represalia y no como guerra, porque aparte de las motivaciones subyacentes del complejo industrial-militar relacionadas con la geopolítica del petróleo, lo evidente es que se trata simplemente de una venganza no específicamente dirigida a quienes causaron el perjuicio sino a un país árabe, previamente estigmatizado, escogido como “chivo expiatorio”. Una revancha donde por cada baja experimentada (el número total se calcula en 3.000) cobraron, según este informe, por lo menos 33 del pueblo escogido para desquitarse del agravio sufrido. Pero no se trata de juzgar la naturaleza primitiva de la acción, su crueldad y, ni siquiera su insensatez dentro de la lógica estratégica que relaciona ganancias con perdidas. Lo que intento aquí es mostrar el cinismo y la perversión de un sistema político que ha perdido el sentido del valor de la vida humana. Ciertamente una comunidad política que asuma este hecho trágico desde la perspectiva de la mayor rentabilidad electoral, marginando sus intereses directos como la seguridad social o el progreso de su economía, es una formación social enferma.

No hay dudas que en una comunidad saludable, ante una situación internacional como la presente, el tema de la guerra de la Irak debe ser un punto de la agenda del debate. Pero nunca podría colocarse por encima de las cuestiones que afectan los propios equilibrios internos y los balances adecuados con el entorno externo. Y en ese marco la polémica tendría que proponerse entre la continuación de esa bárbara y improductiva acción – tal como lo hicieron los españoles – o, su interrupción, buscándole una salida racional al caos generado por esa reacción primaria. Pero ese no es el dilema que se le plantea al electorado estadounidense, ni es tampoco él que éste quiere que se le proponga. De allí que el problema de esa comunidad política no sea uno localizado en su régimen de gobierno. Sea una cuestión sistémica que incluye su pueblo y su país. Un pueblo que sufre una paranoia severa, que ve en cada extranjero un enemigo, que ha estructurado su país en torno a una industria bélica, orientada a la destrucción, cuyo desmantelamiento produciría su total derrumbe. Y no hay una enfermedad con efectos sociales más peligrosos, tanto por el daño que el enfermo puede causar a sus semejantes como por él que se puede infligir a sí mismo, que la paranoia. Ese mal que se identifica vulgarmente con el “delirio de grandeza” y la “manía persecutoria”. Signos expuestos claramente por quienes compiten por el control del poder justamente en un Estado de las dimensiones y fortalezas del norteamericano. Es decir, la humanidad esta en presencia de un elefante en una cristalería. Y solamente si logra amarrarlo y recluirlo podrá salvar el globo y evitar que este se convierta en pedazos difíciles de reconstruir. Ese enfermo es el mayor riesgo a la salud que tiene el genero humano en la actualidad


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Alberto Müller Rojas


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