La sabiduría de quien sabe lo que no debe hacerse

             La derrota, por muy espantosa que sea, sirve para aprender de los errores cometidos y hasta de los aciertos del adversario. Nadie, por muy lerdo que sea, es propenso a meter los pies más de una vez en el mismo hueco, porque “guerra avisada no mata soldados”.

             Todo acontecimiento debe ser revisado, haya resultado exitoso o no. De las victorias pero también de los fracasos, si se les analiza, pesa y evalúa adecuadamente, se sacan nuevas experiencias e invalorables conocimientos. Se puede llegar a la sabiduría, no por haber acertado siempre, sino pese haberse equivocado, descubrir más tarde, las razones de las derrotas. Se puede haber triunfado, pero por soberbia, el triunfador cree encontrar sólo en “la grandeza de sí mismo” el resultado de las cosas y no llega a la sabiduría y al comprender. Las grandes victorias de mañana pueden haberse tejido a partir de los errores de ayer o a la inversa.

             Eso ha hecho - aprender de los errores - el sabio viejo que allí vez con paso inseguro y lento. Su bastón, tiene la rara virtud de detectar las irregularidades del camino, apoyarle y hasta indicarle la parte más segura y transitable. No para evadir los riesgos a toda costa, sino llegar cuando es apropiado y seguro sin padecer innecesarios sobresaltos. No se llega a tiempo, ni siquiera se llega, por poner empeño en hacerlo sin afrontar con pertinencia las dificultades, sinuosidades de la vía, el pedrero regado en el camino y hasta los asaltantes que acechan en cada rincón de éste.

             Aureliano Buendía, estuvo en unas cuantas decenas de combates, casi todos perdidos pero, alcanzó una rica experiencia y la seguridad que, valorando su origen e intereses, siempre luchó del lado equivocado.

             Seria maravilloso y digno que muchos tuviesen el valor de escribir sus memorias, no sólo para resaltar aciertos y los detalles alrededor de estos, sino en lo que se equivocaron para que, si se es una referencia importante, evitarle a quienes le siguen persistan en hacer lo mismo. Como los errores se suelen callar, por aquello de no dañar la imagen referente, muchos, más de los que uno cree, les toman como aciertos y pertinentes para, sino hacer traslados mecánicos, “útiles” para orientar sus acciones.

            Entonces se dice, en el año tal, en circunstancias parecidas a éstas, que casi nunca, por no decir nunca lo son por razones elementales, aquellos compañeros hicieron esto. Como se tiene una visión muy global de aquel proceso tomado de referente, se ignoran los detalles y que aún en aquel momento lo hecho fue un error, se le valoriza de manera contraria y como ejemplo para nuestro proceder.   

          Si quienes se equivocan, al mismo tiempo que resaltan sus aciertos, hiciesen honor a la condición propia de los revolucionarios, se autocriticasen en ambas direcciones, denunciando también sus equivocaciones y mostrasen su expreso interés en enmendarlas, muchas discusiones y separaciones nos ahorraríamos.

          Lo de ocultar los errores en la historia no sólo es una práctica habitual de quienes les cometen, cuando se ha tratado de personajes importantes - en caso contrario los errores cometidos ni siquiera se registran en sentido alguno - sino que  algunos de sus seguidores, suelen cometer los mismos hasta de manera consciente para probar fidelidad, que la mayoría de las veces nadie les impone y ni siquiera pide, como demostración que son más papistas que el Papa. También porque empeñados están que aquello no fue error; era la salida pertinente, la tomada por los compañeros venerados; decir lo contrario es debilitar sus figuras, darle la razón al enemigo y estar a punto de saltar la talanquera.

          Fidel Castro, recientemente dijo que su mayor error fue haber creído que alguien sabía como construir el socialismo. Pese a la generalidad de la autocrítica, es muy buena y digna que la tomemos en cuenta. Pero no para repetir la frase sino asumir todo lo que envuelve. No hay una receta; ni es valedero razonar que cómo los compañeros de allá, de aquella parte del mundo, resolvieron un problema específico de manera tal, es esa la única forma de hacerlo, sin importar las variables y chupulún, por allí nos zampamos.

          Si la cosa no funciona, entonces optamos por creer que la realidad que hemos abordado con ese criterio es deforme, porque no reacciona como habíamos esperado.  ¡Abajo entonces la realidad! ¡Viva el modelo que ensayaron con éxito aquellos compañeros! ¡Inmolémonos, atacando la realidad como no se debe y si se “opone lucharemos contra ella”!

          La cosa es peor, si detectamos que aquellos compañeros también se equivocaron. Está bien que usemos experiencias pasadas como aportes que sirvan para acercarnos a los problemas y orientaciones para resolverles. Pero ellas deben incluir aciertos y errores.

         Lo del “Socialismo del siglo XXI”, tiene mucho que ver con los errores del pasado. El discurso chavista, en torno al problema de la propiedad, no elude experiencias de las luchas revolucionarias. El presidente ha escuchado en privado muchas historias, dignas de ser contadas y que uno quisiera oír, pero es importante que él lo ha hecho. Ojalá todos pudiésemos tener acceso a la información que tiene para convencernos que construir el socialismo no es como preparar un plato ni simple cosa de soplar y hacer botellas. Y que no hay botellas con genios adentro que esperan por darnos los consabidos “tres deseos”.

         Hay muchos personajes que tendrían que escribir acerca de lo que no deberíamos hacer. Eso sería de inmensa utilidad. Sería una manera de socializar el conocimiento y hasta empoderar al pueblo. Aminoraríamos la molestosa cosecha de  monaguillos, caletreros o dogmáticos, que tapizan el piso e inducen a muchos resbalones.

eligiojdamas@gmail.com


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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

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