Cómo evitar que la revolución degenere en gobierno

Un general de la Revolución Mexicana dijo una vez, apenado:

—La revolución degeneró en gobierno.

Todas las revoluciones se han encontrado ante el mismo peligro: o fracasan como Béla Kun en Hungría en 1919 ó degeneran en gobierno como José Stalin o el Partido Revolucionario Institucional de México. ¿Cómo se puede ser revolucionario e institucional si precisamente las revoluciones se hacen contra las instituciones?

La guerra que desata la reacción, siempre desmesurada, brutal y bárbara, obliga a la revolución, si es verdadera, a militarizarse.

La soviética tuvo que enfrentar invasiones e insurrecciones internas como la trágica de los marineros revolucionarios de Cronstadt. Lenin tuvo que escribir su panfleto contra El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo. En plena Primera Guerra los socialistas revolucionaros pusieron una bomba en la Embajada de Alemania en Moscú y tuvo que ir Vladimir Ilich con el Buró Político a presentar disculpas en persona al encargado de negocios, pues el embajador había muerto en la explosión.

En Chile, Salvador Allende no solo tuvo que enfrentar las conspiraciones del imperialismo, sino la indisciplina de la ultraizquierda, que no hacía sino armonizarse con el discurso de la ultraderecha.

Después del 15 de agosto, algunos revolucionarios, con razón o sin ella, rechazan los candidatos respaldados por Hugo Chávez y este los invita a pasarse para la oposición. Entonces los alzados dicen que no aceptan imposiciones y por ahí pudiera escalar el enfrentamiento.

Esta fronda, esta curiosa versión de la «revolución en la revolución», causa sospechas cuando solo se manifiesta en tiempos electorales.

En toda revolución se plantea el dilema Danton/Robespierre, descrito brillantemente por la película del polaco Andrzej Wajda, Danton, aunque obviamente sesgada contra Robespierre. En ella hay una escena memorable en que Danton toma la mano de Robespierre y se la posa sobre el cuello y le dice algo así como:

—Este es el cuello que vas a cortar, bien concreto; no una de tus abstracciones.

El dilema del Che en su carta de despedida a Fidel Castro: saber «apreciar los peligros y los principios». Las abstracciones y las realidades.

Hemos soñado durante más de cuarenta años de resistencia que la mayoría conquiste el poder, no cuatro cogollos altamente corruptibles porque una infinita capacidad de arbitraje puede y suele convertirse rápidamente en arbitrariedad. «El poder absoluto corrompe absolutamente», decía Lord Acton.

El místico cree mientras el fariseo hace que cree más que el místico, para escalar. Se las da de más revolucionario que todo el mundo. Curiosamente, es casi siempre el que salta para la ultraderecha. Las doctrinas eticosalvadoras como el stalinismo tienden a crear este dilema, en el que es imposible impedir que un puñado de fariseos se apodere de los aparatos del Estado, la iglesia, el partido, etc. Es arduo detenerlos, porque conocen los dispositivos de lo que Otto von Bismarck llamaba la Realpolitik, tantas veces invocada por Henry Kissinger. El místico, en cambio, profeta desarmado, Robespierre, solo ve los principios y desdeña los peligros y suele dañarlo todo. O se deja matar con tal de no ceder ante los peligros. Fue la dramática llamada de Fidel a Chávez a las 00:05 la madrugada del 12 de abril de 2002 en medio del golpe de Estado: «Mira, te voy a decir algo: Salva a tu gente y sálvate tú, haz lo que tengas que hacer, negocia con dignidad, no te vayas a inmolar, Chávez, porque esto no termina ahí. No te vayas a inmolar» (cit. en Anatomía íntima de un golpe contada por Chávez).

Esta experiencia revolucionaria venezolana es tan singular como cualquier otra, pues toda revolución es singular, pero al mismo tiempo comparte rasgos con otras. En Venezuela hemos superado los peligros del stalinismo o de la tragedia de la llamada Kampuchea Democrática, con Pol Pot a la cabeza. Y también, por el otro lado de la desmesura, la pusilanimidad socialdemócrata corrupta de Acción Democrática y Felipe González.

Ha sido una revolución pacífica. La violencia la ha puesto la oposición, sin omitir cuatro gatilloalegres no sistemáticos del lado revolucionario. Esta afirmación puede parecer extraña a más de un opositor adoctrinado por los medios, sobre todo de esos que una vez fueron de izquierda y extrañan en esta revolución, o se lo atribuyen, el stalinismo que ellos hubieran impuesto si hubieran triunfado cuando eran tan extremistas como ahora, pero de izquierda. La prueba está en los sucesos del 13 de abril: si esta hubiera sido una revolución violenta no hubiera reconquistado el poder sin disparar un tiro. No había grupos armados o en todo caso no actuaron. Porque no hizo falta. Esa era la ocasión perfecta para que una revolución violenta actuara como tal. Hemos, pues, innovado en materia de revolución. Ha habido circunstancias que lo han favorecido, que es tema para otro artículo, largo.

Pero debemos innovar aún en otra materia igualmente ardua y decisiva: el poder efectivo de la mayoría. La fórmula, lamentablemente, no está en Aristóteles, Platón, San Agustín, Tomás Moro, Campanella, Maquiavelo, Hobbes, Bolívar, Marx, Lenin, ni en ningún otro teórico. Tenemos que, como decía Simón Rodríguez, inventar o errar. Están los Círculos Bolivarianos, las Unidades de Batalla Electoral, las Patrullas. Han funcionado muy bien cada vez que se ha requerido, pero tienen el inconveniente de que excluyen a los opositores y aun menos los educan para vivir en democracia. Una de las características más descollantes de esta oposición es la malcriadez: si no se le da lo que pide convoca a la guarimba, a la barbarie. Afortunadamente para la mayor parte de la masa opositora derribar un gobierno es una fiesta rave y una jornada de turismo de aventura por el Centro de Caracas, donde predomiina la gente pobre. Su resistencia al «régimen» se ejecuta en hoteles cinco estrellas. Es una burguesía tan haragana, por rentista, que ni siquiera se propuso penetrar el alto mando militar, como hizo la burguesía chilena, que controla hasta la dirección de los bomberos. Nunca hizo servicio militar porque, como decía Cabrujas, no sirve para nada.

Es necesario incorporar y educar a ese sector intemperante y maximalista de oposición que simplemente desconoce no solo legitimidad sino humanidad y hasta mera existencia a la mayoría pobre. Tanto que aún no comprende que perdió el Referendo del 15 de agosto, porque la gente que votó por Chávez no existe, y no se conforma siquiera con contar con el favor de cuatro de cada 10 venezolanos, que no es poco capital para un político. Ese evento traumático lo dejó desorientado y deprimido, cuando no en una convulsión que vocifera fraude en medio de una ineptitud profesional rayana en la locura, cuando todos los poderes nacionales e internacionales le dicen que deje esa letanía porque ya aburre y más bien causa una risa desabrida.

Es necesario también que, más allá de la fiebre electoral, se desarrollen mecanismos para que una autoridad regional o un diputado no puedan confiscar el poder que solo les han delegado temporalmente, luego de ser elegidos en el portaaviones de Chávez, como todos los «saltadores de talanquera», Luis Miquilena y Alfredo Peña a la cabeza. Si este poder popular solo sirve para postular candidatos «correctos», deja el campo abierto para que luego su gestión pueda ser una sucesión de arbitrariedades y que esa tentación solo la superen los honestos. No podemos contar con la honestidad de nadie porque entonces no podemos combatir a los pillos cuando nos engañan. Hay que ir más allá de la fórmula diplomática de que «la buena fe se presume». La situación ideal es que los electores puedan impedir que el elegido viole su voluntad, de modo que el individuo elegido y hasta su tendencia política sean lo de menos. Chávez no puede ser el alcalde de Venezuela, como también dijo Fidel. No puede ser que cuando se quema un bombillo en un ministerio tenga que ir Chávez en persona a reemplazarlo porque muchas veces nadie más es capaz de hacerlo. Tiene que haber modos de lograr que esa advertencia de toda juramentación de poder, «y, si no, que os lo demande», pueda exigirse efectivamente y no como mera denuncia sino como ejercicio efectivo. El atropello del gobierno es lo normal, pues para eso fue diseñado el Estado durante miles de años, porque aún en la administración pública venezolana lo extraordinario no se ha hecho cotidiano. Por eso la revolución toma el atajo de las misiones que el Estado es incapaz de cumplir.

El país revolucionario se encuentra debatiendo este tema, inventando y errando, porque el acierto no existe sin la equivocación. Los próximos meses son decisivos para superar, con «paciencia y más paciencia, con trabajo y más trabajo», tanto al corrupto Danton como al incorruptible Robespierre.

Question, octubre de 2004




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Roberto Hernández Montoya*

Licenciado en Letras y presunto humorista. Actual presidente del CELARG y moderador del programa "Los Robertos" denominado "Comos Ustedes Pueden Ver" por sus moderadores, el cual se transmite por RNV y VTV.

 roberto.hernandez.montoya@gmail.com      @rhm1947

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