¿Revolución en la Revolución? La dirección correcta

La percepción generalizada que se tiene respecto al proceso revolucionario es que éste ha servido de trampolín para que unos cuantos vivianes de la política, ávidos de poder y fortuna, engrosen sus cuentas bancarias, pretendiendo ser los artífices de una revolución social en la cual no creen y que excluye a las masas populares de la toma de decisiones. Esto quizás sería lo de menos, habida cuenta que es una constante en la vida política del país, lo que no se puede aceptar, bajo ningún argumento, es que tales “revolucionarios” vengan a descalificar a quienes, contrario a ellos, sí se esfuerzan por consolidar y hacer realidad el proyecto revolucionario bolivariano con participación del pueblo. Más si éstos últimos han demostrado, con riesgo de sus propias vidas, desde hace años, una trayectoria de lucha y de convicción revolucionaria al servicio de las mayorías.

De ahí que, a propósito de la imposición de algunas candidaturas, las bases chavistas hayan reclamado su derecho constitucional a elegir a sus verdaderos candidatos e interpreten el llamado hecho por el Presidente Chávez de hacer la revolución en la revolución como la fórmula que permitirá depurar la dirigencia actual y consolidar efectivamente la democracia directa. Esta situación alarma enormemente a quienes son candidatos y ocupan cargos de dirección gubernamentales y partidistas, sobre todo, al pensar que pueden ser desplazados por candidatos revolucionarios con mayor consenso y aceptación popular. Situación ésta que obligara a Chávez a pronunciarse equivocadamente y que causó mucha molestia entre las bases populares, siendo peor el remedio que la enfermedad.

Existe, por tanto, una paradoja que, de persistir, hará más dificultoso el tránsito de la Revolución en Venezuela. Mientras las masas asumen una conducta frontalmente revolucionaria, la dirigencia chavista sigue en brazos del reformismo y se niega a abrirle cauces a la participación y al protagonismo popular. Este contrasentido se hace cada vez más insostenible y, lejos de amainar el temporal, éste se mantiene incólume y con tendencia a agudizarse, una vez pasen las elecciones. Al mismo tiempo, Chávez insiste en que se ataquen los vicios, corruptelas y desviaciones puntofijistas que exhibe la clase dirigente; advirtiendo, de paso, que los mayores enemigos del proceso revolucionario no se hallan en Washington ni en la acera de enfrente, sino en las mismas filas del chavismo, lo que sitúa a Chávez ante un dilema: o ataca a la dirigencia reformista que obstaculiza la revolución bolivariana, o claudica ante ella, asestándole un golpe a las aspiraciones populares de hacerla posible.

Esta revolución dentro de la revolución (temida a partes por opositores y “revolucionarios”) plantea, de antemano, depurar al proceso bolivariano de elementos reformistas, cuya visión del poder es absolutamente contraria a la tesis de “todo el poder para el pueblo”. De plasmarse en hechos concretos, podría despejar definitivamente las contradicciones e incongruencias existentes hasta el presente. Sin embargo, esta tesis trotskista no trascenderá si la limitamos nada más que al ámbito electoral y no la promovemos, como debiera ser, desde las bases mismas del proceso. Ello tendrá que hacerse contando, además, con el debate y la elaboración de una teoría revolucionaria que permita caracterizar el proceso revolucionario en su fase actual, de modo que tenga una orientación realmente revolucionaria y popular.

Para lograrlo, es insoslayable que exista una vanguardia revolucionaria auténtica, dada a elevar el nivel político, organizativo e ideológico de las masas, sin que esto llegue a constituir la instauración de un nuevo cogollo que decida por todos, según su conveniencia y voluntad, a semejanza de los existentes.

Pero, independientemente de lo que ocurra el día de las elecciones, está visto que el pueblo se encuentra suficientemente preparado para asumir el papel protagónico que le corresponde. Tanto las condiciones objetivas como las subjetivas están dadas para que lo haga, sin peligro de desviación. De nada valdrá seguir argumentando que sus exigencias legítimas contribuyen con el desgaste del proyecto bolivariano. Nada más lejos de la verdad. Quienes se escudan tras este escuálido argumento son, precisamente, los que no quieren que el pueblo sea el verdadero conductor del cambio estructural que supone dicho proyecto. De ahí que la presente coyuntura electoral sea un primer escenario sobre el cual comience a dirimirse la dualidad existente entre reforma y revolución. Falta comprobar hasta qué punto la dirigencia tradicional vigente estará dispuesta a enfrentar las demandas de las masas revolucionarias y si éstas, en una progresiva toma de conciencia y organización, se imponen desplazarla y se trazan, de una vez, la idea de acceder al poder para instaurar la revolución social en Venezuela. Así, la revolución dentro de la Revolución dejaría de ser una mera frase o deseo para convertirse en un cambio cualitativo, necesario, que salvaría al mismo proceso bolivariano, reorientándolo en la dirección correcta, esto es, el poder popular efectivo.-



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Homar Garcés


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