Cuento

La explosión

Fermín estaba pescando en su peñero, más allá del límite permitido, porque a él le gustaba violar las normas, siempre que eso no ocasionara daños que le produjeran acusaciones penales o cargos de conciencia. Era un bohemio del mar, que por el sólo hecho de pescar tan lejos en una embarcación tan precaria, ya le daba más valor al producto de su actividad, y le sabía mejor el filete de pescado sacado de más allá de las líneas limítrofes, de alta mar. 

Esa noche había una luna llena que rielaba sobre las móviles aguas, rizadas de vez en cuando por una brisa superficial que le provocaba pasar allí, más que una noche de pesca, una luna de miel, tal vez con una sirena de turgente cola cubierta de escamas verdes y con el cabello dorado flotando al viento. 

No cargaba ninguna luz, la luna era suficiente, y disfrutaba de un cigarrillo porque no pudo evitar la tentación de contaminar el aire oloroso a vida marina que le alborotaba el pelo de muchacho de veinte años que aún soñaba con sirenas en la luna llena. Rápidamente ocultó la lucecita  y terminó apagándola por la tensión que le produjo el leve ruido de un motor que escuchó a lo lejos, como de un barco grande. No quería meterse en problemas con los narcotraficantes ni con los yanquis que merodeaban por las aguas internacionales, muy cerca de las territoriales, acechantes, así que se agachó lo más que pudo para no ser visto desde la nave.  

Pasó a unos cincuenta metros, y el agite de las aguas estuvo a punto de voltearlo, pero no pudo ver el barco hasta que aguzó la vista y sólo vio la torre de gobierno de un submarino, que se sumergió “en la raya”, como decía él para referirse al límite entre las aguas internacionales y la zona económica exclusiva. 

Un silencio pesado sucedió  al acontecimiento, y Fermín no pudo sacárselo de la cabeza. Apenas tenía unos pescados y no tan grandes, pero en medio de su corazón comenzó a nacer la urgencia de retirarse de ese lugar.  

¿Y si era detectado desde el submarino al encender el motor fuera de borda?  

Cada minuto que pasó  en su indecisión le pareció una hora, y por fin decidió  sacar un canalete que tenía en el fondo del bote para casos de emergencia.  

Lenta, suavemente, comenzó  a remar. Los doscientos metros que faltaban para llegar a la raya imaginaria que le permitiría entrar a las zona económica exclusiva de Venezuela, se le hicieron muy largos, pero como no sabía si la nave que vio era de guerra  y enemigo, prefería conservar la vida remando suavemente. Pensaba que el país no tenía, aún, este tipo de naves, si bien los narcotraficantes colombianos tenían incluso astilleros para construirlos, consentidos por el gobierno de Uribe, que producía pequeñas naves que les facilitaban el fabuloso tráfico de estupefacientes que salía a diario del país latinoamericano hacia Estados Unidos y Europa.  

Si eran los narcotraficantes, o la marina de Estados Unidos, y lo descubrían, sería hombre muerto. Habló para sí solo, en un murmullo. 

_En vez de un gran pescado de alta mar, puedo conseguir una bala en la cabeza. No, señor. 

Faltaban pocos metros para pasar de la zona económica exclusiva a las aguas territoriales, cuando la urgencia que hacía hervir su corazón se convirtió en pánico. Sin saber por qué, automáticamente, encendió el motor y le imprimió  toda la velocidad, rumbo al continente, buscando la costa venezolana, Puerto Cabello, su casa, un lugar seguro, como si de eso dependiera su supervivencia. 

El zumbido del motor se expandió  como con altoparlante por todas partes, estaba seguro que cualquier nave, amiga o enemiga, que anduviera por ahí, lo había escuchado. 

Cuando ya estaba seguro de estar en aguas venezolanas siguió navegando a toda velocidad, y entonces comprendió que esa urgencia era su intuición, ese sexto sentido que permite a los pescadores, a los hombres que están solos frente a la Naturaleza, prever los peligros.  

De pronto pareció que el alta mar lo halara, el peñero fue devuelto por casi un kilómetro, y después quedó en la cresta de una gran ola, en tanto el tronido de una gran explosión se sintió desde la profundidad del mar. 

La gran ola producida por la explosión submarina empujó el bote peñero hacia la costa con una velocidad que multiplicó la que el poderoso motor de la pequeña nave podía desarrollar, y Fermín se sintió mareado, solo en la inmensidad con los cuatro pescados, no más de veinte kilos entre todos, y a merced de la cresta de la ola que lo llevaría a cualquier parte, ojalá que a su puerto. 

Horas después se despertó, mojado y adolorido, sobre la arena húmeda de una playa, los pies sobre una roca y, más allá, encallado, el bote peñero. Por unos momentos no recordaba nada, sólo vio las estrellas, que comenzaban a desvanecerse por la claridad proveniente del oriente. Amanecía. 

Pudo levantarse, apenas tenía un raspón en el muslo izquierdo y mucha arena en la boca, debió haber sido lanzado bocabajo sobre la playa, pero vivo. 

_¡Estoy vivo, carajo! 

Fue lo primero que pudo articular. Acuclillado sobre la arena húmeda esperó que terminara de amanecer y después caminó renqueante hacia el bote. Cuando llegó, no esperaba encontrar ningún pescado y, en efecto, nada había, ni el canalete, ni la lámpara, ni los equipos, sino la nave volcada a medio lado, como si estuviera muerta. El motor estaba entero, trabado por la arena. Lo apagó y terminó de halar el bote hacia la playa, se sentó en la arena y lloró. 

Lloró de tristeza por haber perdido los equipos de pesca, y de alegría por haber sobrevivido. 

Cuando se hubo sosegado, recordó  el submarino y la explosión. Había visto muchas veces, a lo lejos, cuando más se acercaba a Curazao, la sombra amenazante del portaaviones yanqui que había sido apostado allí, tal vez, pensaba él que no sabía nada de guerra, esperando el momento oportuno para que de allí partieran las naves que bombardearían Caracas, Maracaibo, o cualquier ciudad importante de Venezuela. 

_¿Será que comenzó  la guerra? 

Algo le decía que no. Por lo menos, no directamente. Tal vez era un experimento, una provocación, o un accidente, a lo mejor el submarino explotó ahí abajo. O tal vez, cuando llegara a Puerto Cabello, encontraría que la ciudad estaba bombardeada y sería tomado prisionero por los marines, adueñados ya de esa cabeza de playa.  

_¡Quién sabe!  

Fue un suspiro el que terminó  en la dubitativa frase, pero la decisión le vino del corazón, como siempre cuando lo necesitaba. 

_Yo mejor me voy como si nada. 

Llevó el bote mar adentro, encendió el motor, que funcionó después de desatascarlo, y navegó contorneando la playa, hasta que vio, a lo lejos, las grúas del puerto. A medida que se acercaba se iba tranquilizando, porque no veía señales de naves gringas por ninguna parte. Cuando desembarcó, en el lugar de siempre, amarró el bote y caminó con su ropa mojada y los zapatos chasqueando por el agua que todavía tenían dentro. 

En media hora ya estaba tomándose un café en la pieza donde vivía solo, y prendió el pequeño televisor a color para saber las noticias. 

_”El temblor” -decía el locutor- fue de 6.5 en escala de Richter y partió de la falla de Morón, al norte de Puerto Cabello. Los daños producidos por el movimiento telúrico... 

Fermín dejó de escuchar, apagó el aparato y se llevó las manos a la cabeza. ¿Quién le creería que vio un submarino sumergirse y que después se sintió  la explosión? 

Comprendió que, aún cuando los marines todavía no habían desembarcado abiertamente, la guerra había comenzado. 
 

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Andrea Coa


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