¡¡Fue toda una locura!!

En la madrugada del 9 de Agosto de 1945 el avión estadounidense B-29 con la bomba atómica llamada Fat Man, junto a otro avión equipado por los instrumentos de medición, despegó de la Isla de Tinian rumbo a Japón. Poco después también despegó otra aeronave con las cámaras fotográficas. Cerca de las 5:00 de la mañana, los B-29 sobrevolaron la Isla Iwo Jima y no mucho tiempo después lo hicieron sobre Yaku-Shima. Tras media hora de estar dando vueltas en el aire, el comandante de la operación, Capitán Charles Sweeney, pierde la paciencia y ordena continuar el viaje hacia Japón sin esperar a los aviones que le serviría de escolta. Mientras tanto otros dos B-29 habían efectuado los debidos reconocimientos sobre los posibles blancos, el piloteado por el Capitán Charles McKnight sobre la población de Nagasaki y el otro piloteado por el Capitán George Marquardt sobre la ciudad de Kokura. Es este piloto quien comunica por radio a Sweeney que Kokura era mejor objetivo para efectuar el bombardeo.

La ciudad de Kokura fue alcanzada por el B-29 del capitán Sweeney sin incidentes en el comienzo de la hora laboral en Japón, es decir, cuando todo el mundo iba camino a sus empleos. Sin embargo, se presenta el problema de una visibilidad nula para el piloto, ya que las nubes habían tapado por completo la ciudad. Entonces Swenney se enrumbó hacia el segundo objetivo y esta fue la razón por lo que le toca a Nagasaki. Irónicamente aquellas nubes salvaron miles de vidas en Kokura, pero condenaron a otras tantas en Nagasaki. Sobre la media mañana los dos B-29 llegaron puntuales sobre Nagasaki, pero como había ocurrido en Kokura la ciudad se había también cubierto de nubes y no era visible desde los aviones. Durante un rato estos pájaros metálicos del mal estuvieron dando vueltas con la esperanza de que el cielo se despejara. A las 11:00 a. m. se le da la orden a los aviones de abortar la operación y regresar a la base, entonces, justo cuando se disponían a irse, el piloto de uno de los bombarderos observaba por la mirilla un pequeño hueco entre las nubes y por allí se distinguían algunos edificios de Nagasaki. Sin dudarlo el piloto hizo una rápida maniobra de aproximación y sin ninguna clase de remordimiento lanza sobre la ciudad indefensa la Fat Man; la cual cae velozmente.

A 560 metros del suelo la bomba atómica estalla a las 11:02 de la mañana el 9 de Agosto de 1945. Con un destello que cegó a todos los habitantes de Nagasaki, la explosión deja escapar una potencia comparable a 20.000 toneladas de TNT. El centro de la detonación de un kilómetro cuadrado, corresponde al distrito industrial del norte el cual queda desintegrado totalmente debido a los 3.000 grados centígrados de temperatura. Una iglesia católica resulta derretida casi hasta sus cimientos. Dos kilómetros más afuera, la destrucción de viviendas y edificios también fue completa, así como también la fábrica de la Mitsubishi. Posteriormente se levantó un viento de 1.500 kilómetros por hora que arranca las casas del suelo y llevándose consigo árboles y personas a kilómetros de distancia. Por último, con el caer de una lluvia negra radiactiva se levanta un hongo atómico en el cielo que asciende varios kilómetros. El estallido de esta bomba atómica en Nagasaki causa la muerte instantánea de setenta mil (70.000) personas y con el paso de algún tiempo se llegará a ciento setenta mil (170.000), ello por culpa de las quemaduras y enfermedades radioactivas. También hubo sesenta mil (60.000) heridos y el setenta por ciento (70%) de las edificaciones quedan destruidas.

Solo una mente enferma fue capaz de ocasionar esta otra hecatombe, ya había provocado unos días antes una en la ciudad de Hiroshima. Esa mente enferma le perteneció a un hombre paranoico, fanático y terrorista que ocupó en esos momentos la Presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica, su nombre fue el de Harry S. Truman; nunca pagó por estos horrendos crímenes de personas inocentes e indefensas. Las organizaciones mundiales sobre los derechos humanos tienen, aunque tardíamente, la gran oportunidad de condenar aquel terror y asesinatos.

José M. Ameliach N. Marzo de 2.015



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