Gracias Linares

—¿Cómo le fue con el agua ayer?

—Pues mirá, yo me estaba quedando como medio dormilón cuando la mujer me dice: «Está llegando el agua».

Por dónde, le dijo. De retrechera me contestó: «Por la tubería, por dónde más».

Adiós Bendito Linares, dije.

Ahí mismo saqué los tobos que se habían vaciado, porque con la lluvia teníamos algunos medio llenones. Estoy en eso, cuando la mujer me grita: «Se jodió la tubería». ¿Qué pasó? —«Tiene un chorro parao».

Salgo corriendo a ver que le pasa a la tubería. A vaina, hombre, se había partido la tubería.

Mirá vos, yo lo que creo que es que la tubería ya no está acostumbrada a recibir agua, y apenas sintió el chorrito se retorció y se partió. Porque desde mediados de junio no llevaba el agua, estaba ahí de lujo y reseca.

Ahí mismo empecé a buscar para ver cómo reparar y añadirle un pedazo más a la tubería; busca aquí busca allá, un pedazo de alambre, un pedazo de tubo más viejo, hasta que por fin la medio parapeteamos y empezamos a llenar el carrancho del tanquecito.

—Algo hizo entonces.

—Cómo no. Apenas el tanquecito agarró algo de agua, la mujer empezó a sacar los hilachos de trapos para lavar.

—¿Y lavaron toda la ropa?

—Decirle ropa a esos harapos es mucho. Esos son hilachos que tienen más remiendos y parches que tela original. Cómo le dijo, más de dos meses sin lavar, algo de trapos se había acumulado.

Mirá, por La Horqueta, por Cantarrana, por Campo Alegre, por La Hoyada yo creo que nadie durmió anoche, recogiendo agua y lavando los trapos.

—El compadre me dijo que también había lavado.

—Ese hombre se quería hacer el remolón y le dijo a la mujer, de alzao, que él iba a ver un juego del San German, donde juega Mesi. Y la mujer le dijo: «Sino te ponés a lavar, no te doy más de aquello».

Aquel hombre se paró apuraon y de una vez se puso a lavar.

La mujer le dio al hombre y a cada sute un tobo, que son como ochos, y cada uno se puso a lavar sus trapos. Hasta el menor que tiene como tres años lo vi lavando.

—Y usted ¿cómo hizo?

—Empezamos llenar los tobos, como le dije, para lavar porque había lo suyo. La mujer ahí parada en el lavandero, al lado de la lavadora, me dijo: «Echame uno». Le eché uno. Y me dijo: «echáme otro». No me lo está preguntando usted, pero le eché ocho; ocho baldes de agua a esa lavadora. Porque a la bicha hay que llenar o con la manguera o con baldes, porque la bomba no le sirve.

Yo nunca me había dado cuenta que esa lavadora tragaba tanta agua. Usted sabe qué son ocho baldes de agua, eso son 80 litros de agua. Así cómo. Es que esa es una lavadora de esas viejas, de las que mentaban "General Electrica".

Pero aplicamos una de ecológicos, el agua de la exprimida la recogíamos y la utilizamos para la siguiente lavada.

Así estuvimos hasta que salió el sol; mirá hasta en el techo tendimos ropa. A buena lavada echamos la mujer y yo.

—Pero Linares no quería soltar el agua. ¿Qué le habrá pasado?

—A lo mejor alguien le dio agua de los dos zangones, y el hombre se puso contento y se le quitó la rabieta que tenía contra los de Carvajal. A saber uno que le pasó.

Lo cierto es que puso el agua y hay que agradecérselo. Aunque lo haya hecho esperar a uno más de dos meses. Porque el hombre no dice ni qué es lo que pasa ni da información; y la gente entonces va agarrando su tibiera.

Y gracias a Dios, en primer lugar, por las lluvias, que eso fue lo que nos salvó.

Eso sí, ojala que Linares ponga, por lo menos, el agua cada semana. O por lo menos que avise que día la va a poner para estar alerta.

El piso no lo limpiamos, las pocetas sí, porque no nos dio tiempo. Pero, de todas maneras, gracias Linares.



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Obed Delfín


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