Balada del bachaquero insomne

Cansado de que el contrabando de extracción sea rechazado por los miles que sufren las largas colas para comprar el más elemental producto, y por los cientos que viven esperando la explosión de los bidones de gasolina enterrados en casa del peculiar vecino; agotados de atropellar niños en sus tropelías por calles oscuras, de golpear mujeres por atreverse a comprar “sus” productos en el super, el bachaquero disfrazado de cooperativista emprende la larga marcha desde la frontera entre Venezuela y lo que los colombianos llaman Colombia pero olvidaron hace décadas, para tomar el cielo por asalto, para abandonar enclenques intermediaciones de politiqueros de oficio y torcer los destinos patrios, porque al mejor estilo sionista su sufrimiento histórico debe ser pagado con creces por generaciones de inocentes, y el precio no puede ser barato.

“Los caminos de la vida, no son como yo esperaba”, dice la balada del bachaquero insomne que entre gallos y medianoche impone el vallenato como himno de ataque a la Residencia Oficial. Para construir una “patria” sin fronteras en donde todo puede permitirse, la estrategia del bachaquero insomne alude a Los Corraleros: “yo soy como los vampiros, que salgo al anochecer”, y ataviado de étnicas vestimentas que sin embargo proclaman el muy europeo dejar hacer, dejar pasar, asaltan y secuestran a medianoche, y piden que se legalice el contrabando, que se expidan permisos para desangrar al país, que les den licencia para matar el futuro de todos, que no es el de ellos porque ellos no tienen futuro, solo el presente de mercancías reguladas para el pueblo más pobre que, como lo ordena su dios Mercado, deben venderse al mejor postor, así el hambre sea la consecuencia.

“Se encojó, se encojó, se encojó mi caballito”, grita el bachaquero insomne mientras detiene su camión último modelo para poner él aquí, la alcabala que no quiere allá. No puede haber más control que el nuestro, vocifera en muestra de su desdén por la solidaridad, por el respeto por la multiculturalidad, por esa constitución que por vez primera les reconoce tanto. “Un osito dormilón te regalé”, le reclama al militar corrupto que después de la reunión Jaua-Holguín no dejará pasar más contrabando, una alianza anti natura que supera la maldición de Santander para poner orden, para que la frontera parezca frontera y no una pista de carreras de fórmula uno, donde corren indetenibles camiones llenos de todo lo que pueda venderse, sin que ni siquiera un falso saludo de alcabala los haga enlentecer su marcha.

Toda frontera en el mundo tiene controles. Si usted llega de México a los EEUU con un camión cargado de mercancía, mil y un permisos y los respectivos impuestos pagados tendrá que mostrar. ¿Por qué debemos ser la excepción y condenar al hambre a nuestros ciudadanos para que algunos extranjeros y sus compinches nacionales puedan comprarse camionetas y aviones? Creo que ya somos bastante solidarios con nuestra política petrolera y de integración.

Pero, ¿por qué está insomne el bachaquero? ¿Qué le ha quitado su sueño feliz de cowboy bañado en whisky, de marine gringo en Irak, de malandro en la puerta del barrio? Alguien ha osado desafiar la anarquía disfrazada de secular costumbre, alguien quiere que lleguemos al siglo XXI cuando aún estemos en el siglo XXI, muchos quieren la integración pero con respeto, porque una simbiosis no puede ser parasitaria.

El bachaquero no duerme más: amaneció un día en un país donde todos somos iguales, en donde debe imperar la justicia, en donde el valor solidaridad no puede canjearse por el lucro, en donde no todo puede resolverse con una paca de billetes hediondos a ron y cigarro lanzada desde el super duty. El bachaquero está insomne porque se percata de que con la excusa de la necesidad no se puede prostituir a un pueblo entero; está triste porque como guapetón encara a un país que no va a caer en el juego favorito de los EEUU: la guerra civil, llora al percatarse de que al fin, con excepción de los lunáticos de oficio, todos estamos de acuerdo en algo, en decirle no al bachaqueo.

El bachaquero está triste. Adinerado, sí, pero triste. Ya nadie teme a sus gritos, ya su voz no es orden inapelable. Es el César rodeado por Bruto y sus huestes, es Francisco Franco agonizante, es el emperador que muere por una lanza anónima. Hoy le toca decidir si quiere vivir en el país o vivir del país, y mientras suena el acordeón, se percata de que construyó “una casa en el aire”, y que en su próximo bachaqueo, en su próxima mordedura de sanguijuela a las venas de la Patria, le caerá “la gota fría”.

Rafael Boscán Arrieta

Periodista y docente universitario

boscan2007@gmail.com

@raboscandanga


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