La novela por escribir

Hace unas horas caímos en el canal de oposición para ver a una muchacha que, junto a otras, declaraba para ese medio. La abierta emoción ¡estaban saliendo al aire!, le llevó a expresar algún desatino. El acto al cual estaban entregadas ya era de por sí un disparate: colectando para que se cancele una multa a un canal cuyos dueños son unos señores que si algo necesitan, no es precisamente dinero, que es lo que tienen de sobra.

No existe en este país, nuestro país, el de todos los que aquí vivimos, ningún organismo que controle con el rigor que se requiere, lo que expelen los medios. Todos, sin excepción. Cada uno hace lo que le da en gana con él, porque es suyo, de su propiedad, esa que les permite destrozarlo si es que eso se les ocurre, o como ha sido más frecuente, despedir a quien se aparte de lo que rigurosamente son algunas de sus imposiciones. Ellos, que exigen el respeto a la libertad de expresión, no se la permiten a sus trabajadores, que si osaren decir qué piensan contradiciendo la línea de su medio, hasta ahí llegaron como empleados.

Es así que en este obligado absurdo al cual nos han llevado con su locura los medios y la permisividad a su par de las autoridades, que nos encontramos con padres manifestando en las calles profundamente indignados, porque el Estado no le permitió a los institutos privados de enseñanza aumentar desmesuradamente la mensualidad, por la desilustración que perpetran todos los días contra sus hijos.

La mentira más rampante se lanza al voleo sin importar el daño moral que se pueda causar, no ya solo para el objetivo elegido, sino también para sus familiares y relacionados. Son los daños “colaterales” que nadie toma en cuenta. No existe la mesura porque con ella no se escandaliza. El medio tiene que agitar, alterar, perturbar, y eso hace. Son una peligrosísima arma tan dañina como la que más. Pretende subvertir para socavar y destruir a todo gobierno que no se ajuste a lo que son su fines, cualquiera sea su ubicación en el globo. Por supuesto que su fin es la preservación del capitalismo como sistema hegemónico.

La sorpresa y el asombro, son las primeras impresiones que recibe el visitante al llegar y ver lo que le exhiben las pantallas de los canales nacionales. Manifestará su extrañeza y no faltará quien no crea cuando le digan que los autores no serán detenidos y juzgados por las autoridades. En España, por ejemplo, serían inmediatamente sometidos a la justicia, y multados, con riesgo de terminar con sus huesos en la cárcel.

Aducen que el Estado les sancionó porque no desea la “libertad de expresión”, que es lo que dicen ellos que defienden. La colecta pública a la cual se han dado con todo empeño sin correspondencia con sus resultados, pretende recaudar esa suma que necesita el canal para hacer su pago al órgano tributario.

La ley impositiva venezolana establece que toda donación que se haga, genera tributación. Arguye el canal que lo publicitado fueron pautas “institucionales” y no cuñas, y que por tal razón serían exonerables. Resulta que esas pautas “institucionales” fueron aquellas que desencadenaron en diciembre de 2002 y continuaron hasta enero del año entrante. En ella todo el día y toda la noche se reseñaba todo lo atinente al paro que auspiciaron junto con parte de la CTV y el organismo empresarial.

Fueron todas con la intención fallida de generalizarlo, con los mensajes de distintos grupos convocando a esa mayoría que no lo acató, a sumarse a lo que no era otra cosa en el fondo que una subversión del estado de derecho para hacer caer al gobierno.

No cuesta ningún trabajo en un estado serio, determinar la cuantía de los daños que se le causaron a la nación con esa grave morisqueta que hicieron. La ínfima multa es una minúscula parte de ese monto. Pero su responsabilidad es inconmensurable pues fueron los principales agentes del complot. Se perdieron cerca de 20 mil millones de dólares con ese extravío. ¿En qué país de esos que llaman mundo desarrollado sus promotores no estarían presos de por vida y sus bienes embargados?

Son cuatro las plantas concernidas, de las cuales dos ya cancelaron su obligación pues la entendieron correctamente aplicada. Quedan, por cancelar, precisamente las dos que siguen en el mismo empeño de deponer al presidente y regresar al país a como era antes. No logran comprender que la gente es otra, y lo es tanto que así también es parte de quienes todavía les apoyan.
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Para estos muchachos que no ubican mejores causas para dar sus esfuerzos, les sugerimos que en lugar de estudiar para conocer qué pasa en el mundo, hagan otra recolección para cancelar los adeudos tributarios de uno de los socios de la misma planta que según lo que ha reseñado el canal oficial, debería una cifra cercana a los 500 millones. ¿Va a permitirse esa muchachada que ese señor los saque de su bolsillo para cancelarlos, o como debe -¡y tiene que ser!-, se organiza otra recolección con cobertura mediática? ¡Vamos!, muchachos, ¡vamos!, consigamos la plata para que ese señor no se depaupere.

Luego del éxito logrado con la campaña anterior, les proponemos otra bella y hermosa tarea ¿recuerdan que en el allanamiento a otro de los dueños del canal requisaron, en una de sus tantas casas para revisión por las autoridades competentes, 24 vehículos nuevos que aún no habían ingresado en circulación? ¿Lo recuerdan, verdad? Pero permítasenos aquí que interrumpamos un instante, para una digresión explicativa al extranjero, sobre qué es lo que ocurre acá en el mercado automotor.

Para quien no está al tanto de las peripecias que se viven en el país, le informamos que este debe de ser el único en el mundo en el cual, al minuto de salir del concesionario que le vendió su carro, este acrecienta su valor considerablemente. Por lo general en otros lugares es a la inversa; cuando se sale a la calle con un vehículo nuevo recién comprado, automáticamente pierde valor. Aquí no es así. Hay personas y empresas que coludidos con concesionarios compran carros en cantidad y los guardan, incrementando así su valor.

Al ser esto tal como hemos dicho, y calculando la media de lo que ha perdido por vehículo este señor en 50 millones, que nadie puede negar que sea baja, tendríamos que concluir que dejó de percibir la bicoca de 1,200 millones de bolívares ¿quién compensa este daño sufrido por un próspero empresario que nos ha demostrado ser tan precavido? Pero, aclaremos antes, ¿es que acaso merece tal perjuicio?

Seguro que por ese detrimento ha debido suspender algún safari a África o a algún otro lugar donde se dé la buena caza. Posiblemente, el monarca de España, experto como él en la matazón de animales, le haya informado sobre aquellos lugares donde encontrar en estas épocas, la buena cacería. ¿Podemos permitirnos por omisión, privarle de tan dilecto placer? Mostrémosle que no, pero hagámoslo en la calle, con nuestros frascos y botellones, que no haya autobús, taxi, metro, barco, avión o cualquier otro transporte colectivo que ignore nuestra presencia. 1.200 millones, ¡fu! Parece más que un desafío, un insulto. Doblémosle la cifra y añadámosle como un obsequio los pasajes a algún lugar de Asia o África donde pueda este señor cazando, curar sus heridas producidas por la injusticia del gobierno.

Y ahora, para cerrar con broche de oro esta aburrida nota, vamos a lo que será el premio mayor. Ese paradigma de la libertad, merecedor de todos los botellones y potes y frascos que estén por doquier que aún no hemos tomado.

Es una figura señera de los medios de comunicación. Hay quienes lo nombran como un Midas al revés, pues le adjudican una excelente capacidad para destruir lo sólidamente establecido. Ese del cual no hemos oído la menor queja, pese a que lo sufrido por él ha sido descomunal. Monta la cifra ya los 52 millones de dólares; eso por lo bajo bajito, desde que le quitaron hace dos años su canal. ¿Alguien oyó su queja por esa enorme pérdida? Nadie. ¿No merece Él que le ayudemos aportándole el doble de esa suma, como demostración de admiración y respeto?

Echemos las campanas al vuelo recolectando en cuanto recipiente encontremos a mano, ahora por el ilustre Marcel Granier, y demostremos a las juventudes por venir, que Robin Hood y El Quijote fueron dos imbéciles.

roosbar@cantv.net


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Roosevelt Barboza


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