Como parte de una gestión mediática persistente diseñada para conspirar y derrocar el gobierno

Increíble postura de un defensor de lectores

No creo que exista en el planeta un personaje que asuma la responsabilidad de ser vocero de los lectores ante un determinado medio de comunicación como el que opera en el diario El Nacional. Se trata de un periodista, al parecer, de largo trajín en el oficio, y quien, en nuestra opinión, sustentada en la experiencia como lector crítico que lo hemos sido desde muy vieja data, incumple la misión que tiene de defender a los lectores frente a las desviaciones de ese medio donde trabaja.

Para nadie resulta un secreto que el diario El Nacional asumió el rol del típico partido político a los pocos meses de la llegada de Chávez a la presidencia, cuando ya vio que no podía influenciar sobre las decisiones de éste, echando así por la borda la gran responsabilidad que tenía de informar con veracidad y con equilibrio. Su director, Otero Castillo, fue tanto el poder e influencia que logró ganarse en los gobiernos del pasado, que llegó hasta ocupar una curul de diputado en el Congreso de la República, por tres períodos consecutivos.

Efectivamente, desde hace ya tiempo El Nacional se impuso la estrategia informativa apuntalada en la manipulación, en la mentira descarada y reiterada, así como en la ausencia absoluta de equilibrio y, fundamentalmente, en el ocultamiento de la realidad, la cual ha pretendido sustituirla, abiertamente y de modo grosero y abusivo, por una virtualidad acomodaticia que trastoca de forma increíble todo cuanto acontece en un país que nunca antes, como ahora, había respirado un clima total y absoluto de libertades, de irrestricto apego a la democracia, tanto que muchos prestigiosos ciudadanos del mundo, como, por ejemplo, el mandatario brasileño, Lula Da Silva, han dicho que en Venezuela hay tanta democracia que cuando no hay elecciones, Chávez las inventa…Lo cual es totalmente cierto, pues en diez años de gobierno chavista, se han realizado catorce eventos electorales, cifra esa que establece, sin la menor duda, todo un récord envidiable para cualquier pueblo del mundo. Tómese nota que en cuarenta años del puntofijismo, solamente se convocaron doce, de donde sólo es posible inferir, sin que alguien tenga argumentos como para desmentirlo, que desde que Chávez se juramentó como presidente de Venezuela en 1999, toda la vida política del país ha estado marcada y orientada por el pueblo en comicios pulcros, realizados, además, bajo la observación de expertos internacionales como no creo que haya sucedido en otro país del mundo.

La gestión del defensor Navas, lo decimos con conocimiento de causa, pone aún más al descubierto la terca decisión de los dueños y ejecutivos del diario El Nacional, de proseguir su línea política de confrontación con el actual gobierno, cerrando toda posibilidad a la crítica y las denuncias de sus impudicias y aberraciones por parte de sus lectores, lo que, debemos decirlo, fue una posibilidad que se mantuvo abierta hasta hace poco más de dos años, pues quienes le antecedieron en sus funciones, más allá de que cada uno de esos profesionales tenían y creo que aún la tienen, posiciones políticas contrarias al actual gobierno, supieron conducir la función de la defensa de los lectores, no solamente con elegancia y tino, sino con oportuna atención y, sobre todo, con el mayor respeto al lector, pues jamás perdieron la sensatez y menos aún la brújula que les indicaba el rumbo que debían seguir para cumplir con esa gran responsabilidad de defender lo que debe ser lo más preciado de un medio de comunicación: los lectores. Me refiero a Emilio Santana, a Alba Sánchez y a Lucio Segovia.

Sirva este preámbulo para dar a conocer con sus propias palabras la calidad profesional del actual defensor Navas, quien dice en su nota de hoy 23/01, entre otras cosas, esta perla y que, con ella, retrata su complicidad con el medio en su afán de hacer política a partir del enfrentamiento abierto al gobierno del presidente Chávez: “No pierde uno la capacidad de asombro ­ni lo quiera Díos, agrego- al ver como se ordena por televisión y en cadena nacional la represión policial o militar, que no la "regular" sino "la buena"; se queda uno pendejo como las pandas de pistoleros se pasean motorizados, firman sus atentados contra quién sea, llámense medios de comunicación, instituciones académicas, religiosas o personas naturales y dan declaraciones públicas reafirmando sus amenazas a cara descubierta, con ese regodeo propio de quienes se saben inmunes.”

Este personaje, todo un “defensor de lectores”, saca de contexto ese llamado presidencial y, obviamente, como lo veremos al leer la columna completa que incluyo seguidamente, ex profeso se cuida de no decir ni pío acerca de los sucesos que antecedieron a esa decisión y que mostraron el fascismo en su máxima expresión, como fue la quema del cerro Guraira Repano, la andanada de piedras y objetos contundentes que lanzaron los estudiantes “manos blancas” y que ocasionaron serias heridas a varios policías, así como las gigantescas colas del tránsito que provocaron sus acciones en la autopista Caracas-Guarenas, en ambos sentidos. De otra parte, ya el país tenía los antecedentes de los intentos de incendiar la Escuela de Trabajo Social de la UCV con decenas de estudiantes afectos al gobierno en su interior, la quema de los chaguaramos en la avenida Bolívar por parte de esos mismos jóvenes y destrozos muchos en el marco de las "guarimbas" que realizaron con antelación a los eventos electorales del 2007 y del 2008.

Veamos, pues, el “maravilloso” mensaje de este periodista de marras, bajo el título: “Olores, evocación y ¡ojo pelao!”

“Cree uno en la potencia de los olores como fuente de evocación. Puede oler sabroso y reconfortante, a tierra mojada, a café recién colado, a guiso de hallaca, a perfume enamorado; pero también puede oler a rancio, a sudor, a chamusquina, a gas, a ira, a represión, a miedo y a otros miasmas que la nariz del oficio conoce bien aunque no quiera. Huele a ratos desventurados para el periodismo, para los periodistas y también -cómo no- para los lectores.

La crispación, que mejor digo convulsión, está en el ambiente, alentada por un apresuramiento interesado que no podrá escapar de su destino, de la realidad. Es una intensidad creciente que diluyó el ánimo y las intenciones navideñas colando, más que un guayoyo, un brebaje desalentador; y que amenaza con más violencia a una sociedad que ya vive no sólo entre rejas sino entre el miedo y la desesperanza.

No pierde uno la capacidad de asombro ­ni lo quiera Díos, agrego- al ver como se ordena por televisión y en cadena nacional la represión policial o militar, que no la "regular" sino "la buena"; se queda uno pendejo como las pandas de pistoleros se pasean motorizados, firman sus atentados contra quién sea, llámense medios de comunicación, instituciones académicas, religiosas o personas naturales y dan declaraciones públicas reafirmando sus amenazas a cara descubierta, con ese regodeo propio de quienes se saben inmunes.

Se angustia y se entristece uno cuando el sicariato alcanza a traición ­como siempre- a comunicadores y periodistas sólo por cumplir con su deber; o cuando la gente del oficio es agredida, denigrada y discriminada en razón de sus ideas.

Se preocupa uno también cuando un medio de comunicación pierde la perspectiva y se desliza hacia la manipulación informativa, atendiendo no a los principios éticos o a las motivaciones legítimas en defensa de la democracia sino a la compulsión partidaria o confesional, sin más razón y argumentos que los otros "son los enemigos".

Cree uno que los medios y los periodistas libres tienen que recordar con absoluta precisión y claridad momentos anteriores demasiado parecidos a estos que estamos viviendo y que en nada sirvieron al gremio y al oficio. La obligación pendiente es no volver a caer en el costoso error de olvidar el rumbo cierto, la brújula ética, esa cuyo norte franco es el ejercicio del verdadero periodismo.

Ya les digo que uno entiende que las tentaciones, que mejor es decir provocaciones, están ahí, al alcance de todos todo el tiempo, pero la obligación es superarlas con inteligencia y ética, porque los medios y los periodistas libres están al servicio de la ciudadanía, de los lectores, los auténticos dueños de la cosa.

Que no ha sido nada fácil escribir estas cuatro líneas, no sólo por los límites naturales, éticos, digo- que marcan los terrenos del defensor de los lectores sino por el tono, que aunque uno no quiera la cosa suele salir si no pontifical, panfletaria. Pero les digo que no pude resistir a la conciencia; y tampoco al espíritu de la fecha, que hoy es 23 de enero, que lo que estaba era de parranda. O sea.”

 

oliverr@cantv.net



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Ivan Oliver Rugeles


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