Crónicas neurópteras

Un caso de terrorismo mediático novedoso

Pudiera constituir una sorprendente y aleccionadora casualidad, el hecho de que se dieran, días atrás, y casi de forma simultánea, tres eventos importantes en este raro mundo de siempre: dos en Venezuela, y el tercero en Austria.

Los que se realizaran en Venezuela, serían: la reunión de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) y el Primer Encuentro contra el Terrorismo Mediático. Y el que se realizara en Austria sería el de las conclusiones de una investigación sobre el daño que causa el rumor sobre las personas.

Es conveniente saber (¡bueno, creo que se sabe de sobra!) que la SIP es un organización colusoria compuesta por ricachones producto de haber explotado, con éxito y sin pudor, el comercio inmoral de la noticia burda. Es una organización tan especial, la SIP, que todo lo malo que de dice, o se diga de ella, es verdad, aunque parezca mentira: ¡todo, coño! Y la más colosal, entre otras, fue la que dijera el incisivo camarada, Vladimir Acosta, en el contraevento del Celarg: que “la SIP es la mejor expresión política y cultural de los últimos tiempos, que se desarrolla por medio del dominio imperial”. Y es tan hipócrita, que en su consabida declaración final condenó a Venezuela tres veces, a Cuba, que no sé por cuánta va ya, y, para procurar no quedar en evidencia como instrumento de la CIA, condenó entonces a Estados Unidos por la más desmedida nonada de todas las toscas violaciones que se cometen allá en el campo de la honestidad informativa: sobre la imposibilidad de mantenerse en reserva las fuentes. ¡Qué molleja, primo!

Pero decía, que el hecho tercero que se produjera en el mundo, sería en Austria, donde, de acuerdo a estudios realizados por integrantes del Instituto Max Planck de Biología Evolutiva de Plön, Alemania, e investigadores de la Universidad de Viena, cuyos frutos salieran publicados en la revista “Proceeding of the Nacional Academy of Sciences”, el rumor actúa sobre el prestigio de una persona y condiciona la postura de los demás hacia ella por encima de la información objetiva. Incluso, el rumor puede ser capaz hasta de aumentar o reducir la cooperación entre la gente, porque la mayoría haya decidido ajustarse, en cuanto a visión del mundo se trata, a la que le den los demás.

Pero, ¿qué debemos entender entonces por rumor? Pues no más que la especulación no confirmada acerca de algo en concreto; información no comprobada, que por cierto logra rapidísima expansión (a través, sobre todo, de los medios de la SIP) y que suele carecer de una fuente original bien definida, y que, al parecer, y por desgracia, algunos humanos (¿serán “argunos”?) tienden a considerar verdadero sin ni siquiera ponerlo en duda, por lo que resulta muy eficaz para construir y manipular reputaciones, además de constituir un pasatiempo, tanto para los desorientados crónicos, como para agudos. Pero lo cierto del caso es, como decía La Topoya, que pueden originar comportamientos negativos hacia otras personas, dado que afecta la opinión que nos formamos de los demás. De allí pues que, víctima del rumor, pudiera resultar, por demás también, una institución y hasta un Estado... Y así, no creo que haya hasta aquí,“way”, como decíamos en mi época, con esto de una “bola” echada a rodar… ¡Está claro!

Ahora bien, pero leí en estos días, en unos de los diarios escuálidos de circulación nacional, una noticia que me dejó más confuso de lo que se oye la primera grabación hecha en la historia. Y la fulana dice, que Venezuela, es el segundo país del mundo en el consumo de Viagra…

Conociendo como se dice de la cabeza a los pies a los hombres de mi país (como se sabe, todos de “vera y peinilla como no pare otra mare”) ¿cómo es posible que háyase puesto a rodar un rumor de esta naturaleza, que no haya sido con la siniestra intención de que las mujeres nos despreciaran más de lo que en realidad merecemos? ¿Un venezolano tomando Viagra? ¡Por favoor! Y más grave aún, ¿la mayoría de los venezolanos tomando Viagra? ¡Qué va, oh! esto me huele a rumor del bueno, lo que significa que los medios de la SIP también lanzan rumores, y contra sus propios hombres, que es lo peor de todo este asunto tan oscuro. Y digo contra sus propios hombres, porque así como la píldora, es azul, el color del oposicionismo venezolano también lo es. (Y aclaro, que hay un partido del Polo Patriótico, cuyo color también es azul, pero que se ha demostrado fue escogido por evidente y erróneo criterio de selección. Todos sus miembros, y para que se sepa bien, ¡son de mucho vigor revolucionario!). Porque los hombres del pueblo, los que nutren la masa revolucionaria, está probado demás que no necesitan, ni por asomo, de tales azules socorros medicamentosos, y, lo que es peor, que ni siquiera hacen ostentación de su atributo. Caso contrario, ya Chávez hubiera instituido, desde hace mucho tiempo, la Misión Milagro 2… Y tanto es así, que, consultado un camarada en el 23 acerca de cómo le parece que el tiempo ideal de unión del “predicado con el sujeto” mayormente aceptado, sea entre tres y siete minutos, haya contestado: “¡Nooo, chamo! ¿y para un lance tan conciso, se necesitaría Viagra? Y para más colmo, hasta el propio sol está siendo víctima del terrorismo mediático, al quererlo vincular -aun con todo su poder de fuego como Rusia y China- con el cambio climático, tal como lo afirmara por allí un danés, que, quién sabe cuánto, por decir eso le han pagado Bush y la Exxón...

Pero en cambio, eche usted nomás un vistazo al panel oposicionista, y póngalo a caminar uno a uno por la pasarela, para que vea: ¡quién pudiera pensar, que con esas ínfulas y esa propagandota que se dan a través de los medios de la SIP, sus miembros pudieran sufrir de tanta debilidad viagrable! Y esto es via-grave, porque nadie que esté respirando perfecto va a cometer la redundancia de conectarse a una bombona de oxígeno, así como tampoco, ningún pitcher que esté lanzando uno perfecto en el noveno, va a pedir, de pronto, que lo saquen del juego. Y así, sucesivamente… (Los romanos despachaban un asunto como este, con una frase simple: Ab uno disce omnes).

Por mi lado confieso, que me hubiera gustado muchísimo más, que, como compatriotas que lo son también, les gritaran mejor, y a todo gañote: ¡Troncos de casas, las de Petrocasa!


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Raúl Betancourt López


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