Vergüenza étnica

Gracias al discurso político del Presidente, orientado a la exaltación de los valores nacionales, así como a la labor de reinterpretación de la historia y a los talleres que promueven las asociaciones de indígenas y afrodescendientes, y, por supuesto, gracias a la inclusión de los excluidos, el fenómeno de vergüenza étnica y el endorracismo [1] se ha venido reduciendo en alguna medida. Es cierto. Sin embargo, he notado que este fenómeno se ha despertado y se ha hecho mucho más visible en indígenas, en afrodescendientes, y en mestizos que se encuentran empleados, o con alguna relación de dependencia con la clase media y alta de origen europeo.

 

De tantas impresiones que he tenido a lo largo del proceso revolucionario sobre este particular, me ha llamado la atención una vivencia reciente. Es el caso de dos jóvenes mujeres que se encontraban sentadas a mi lado en un banco del Boulevard de Sabana Grande. Una amerindia y la otra afrodescendiente, no mayores de veinte años de edad. Ambas se hallaban conversando sobre sus experiencias como trabajadoras de servicio doméstico. Parecían amigas. Luego de varios minutos, consideré que no debía irme sin antes abordarlas a modo de educador de calle:

 

—Ustedes tan jóvenes, ¿por qué no estudian?

 

—Porque estamos trabajando —me responden.

 

—Bueno, pero la revolución es para que todos ustedes estudien. Tienen que aprovechar el cambio. Antes los pobres no podían estudiar.

 

—Es verdad, tenemos que aprovechar —me dicen.

 

—Y continuo: Sus patronos no quieren que ustedes estudien. Ellos están molestos porque el Presidente está educando a los pobres.

 

—¿Quién? ¿el animal? —me responde una de ellas, y la otra la aprueba con gestos.

 

Camaradas, me paralicé por un momento. Pero luego reaccioné:

 

—¿Cómo que el animal? No deben ofender al Presidente, y mucho menos delante de las personas que reconocen el amor que el Presidente siente por los pobres.

 

—¿Qué presidente? ¡Ese ordinario! —me dice una—. Uribe sí es un presidente que habla con decencia. Es verdad —consiente la otra.

 

Me propuse hacerlas entrar en razón. Sin embargo, poco después se aburrieron y se despiden. Una de ellas, la que mostraba más odio, en la retirada, me dice:

 

—No señor, no insista. No me va a cambiar mis ideas.

 

Un poco confundido y molesto a la vez, me levanté del asiento y me fui a contárselo a un compañero. De inmediato me respondió: No me extraña para nada. Ahorita mismo Globovisión estaba comparando los modales de Chávez con los de Uribe.

 

Casualmente en la noche, camaradas, frente al televisor, pude ver a la policía de Uribe ese día, 11 de marzo, cuando agredía a los participantes de la manifestación anti-Bush en Bogotá. Eso si, con buenos modales.

 

Pues bien. Globovisión sigue la pauta del imperio. El 21 de septiembre, la actual Vocera de la Cámara de Representantes del Congreso de los EE.UU., Nancy Pelosi, manifestó el desprecio que siente por el Comandante:

 

«Hugo Chávez se cree un Simón Bolívar moderno, pero no es más que un dictador ordinario» [2]

 

Pues bien. Las jóvenes son víctimas del racismo y la discriminación social que promueven los medios y que aún se vive en esta sociedad de clases. La vergüenza étnica anula el discernimiento de estas jóvenes. Por un lado, rechazan al Presidente. Pero por el otro, no pueden dejar pasar la oportunidad de estudiar que les brinda la revolución. Se avergüenzan de que el Presidente, de rasgos amerindios y afrodescendientes como los de ellas, emplee el mismo lenguaje llano de ellas en funciones de Jefe de Estado. Sin embargo, no sienten vergüenza de ofender la majestad presidencial en plena vía pública, delante de quienes lo apoyan y de quienes admiran su empeño por lograr que todas y todos estudien.

 

Lamentablemente, estas jóvenes y Globovisión, víctimas y victimario, me hacen recordar las palabras del “Discurso sobre el colonialismo”, del poeta antillano Aimé Césaire:

 

«Yo hablo de millones de hombres a quienes se les ha inculcado sabiamente el miedo, el complejo de inferioridad, la tembladera, la genuflexión, la desesperación, el servilismo»

 

Frantz Fanon, médico psiquiatra y revolucionario, nacido en Martinica, estudió a fondo la negrofobia del antillano. En su libro “Piel negra, máscaras blancas” [3] afirma que luego de una prolongada transculturización, la cual fue asimilada por el inconsciente, el afrodescendiente hizo suyos todos los prejuicios, mitos y actitudes colectivas del europeo. Por lo tanto, es normal que el antillano, esclavo de esta imposición cultural, sea negrófobo, como él le llama. El afrodescendiente se da cuenta de que se es negro en la medida en que se es malo, flojo, instintivo. En el inconsciente, negro es igual a feo, a pecado, a tinieblas, a inmoral. De manera que un antillano es blanco, por el inconsciente, y también por casi todo el proceso de su individualización.

 

El desprecio que sintió Fanon por parte de las élites no es muy distinto del que sienten las jóvenes que conocí en el Boulevard cuando se encuentran en el entorno de la clase escuálida mojoneada. El discurso de las razas superiores que trajeron los españoles, sigue anclado en las mentes de la mayoría de los profesionales de clase media y alta. Discurso que siempre fue reforzado por las élites intelectuales.

 

El reconocido escritor venezolano y racista Arturo Uslar Pietri, desde muy joven ya difundía esta farsa entre los sectores privilegiados. En un trabajo titulado “Venezuela necesita inmigración” [4], hablaba sobre la “indolencia de las razas mezcladas” y sobre la necesidad de “inyectar al país una formidable cantidad de sangre nueva”. Con mayor precisión, la pluma racista escribe:

 

«El indio era aun mucho más incapaz de valorización que el español. Nunca tuvo ni capacidad ni resignación para el trabajo sistemático. AI hablar del indio las palabras pereza y vicio surgen constantemente de la pluma de los cronistas coloniales. La aparición del negro en América fue una consecuencia de la misma incapacidad del indio. El negro, por su parte, tampoco constituye un aporte que pueda beneficiar a la raza. La mezcla resultante no ha superado los componentes originales. Lo que pudiéramos llamar la raza venezolana actual es, en rasgos generales, tan incapaz de una concepción moderna y dinámica del trabajo y de la riqueza, como lo fueron sus ascendientes. (...) Esto quiere decir que si no modificamos grandemente la composición étnica de nuestra población será casi imposible variar el curso de nuestra historia y hacer de este país un Estado moderno» [4].

 

En medio de un discurso parecido a este, Fanon, en su tierra natal, analiza la neurosis colonial de los antillanos. Pero Fanon no se conforma con el puro diagnóstico de la vergüenza étnica y de la negrofobia del afrodescendiente. Como revolucionario hace un llamado a los colonizados para que se purguen ellos mismos de su degradación por medio de una catarsis colectiva que sería alcanzada por la violencia contra sus opresores europeos. Un llamado para que liberaren las fuerzas acumuladas en forma de agresión. En su libro “Los condenados de la tierra” [5], Fanon habla sobre su teoría de la contraviolencia del colonizado. Fanon decía que la violencia desintoxica al colonizado. Lo libra de su complejo de inferioridad y de sus actitudes contemplativas. Comprueba sobre el terreno que los discursos sobre la igualdad de la persona humana son sólo discursos y que no se puede ocultar la verdad. En fin, según Fanon, con la violencia del colonizado se unifica al pueblo que una vez fue dividido por el colonialismo.

 

Si las conclusiones de Fanon están en lo cierto, esto quiere decir que por la vía pacífica sólo nos estaríamos medio liberando. Y, lamentablemente, la liberación definitiva sería violenta.

 

Por lo pronto, la discriminación continua. Cambia de forma. Ayer varias castas legalizadas. Hoy, son menos clases: alta, media, chusma y más chusma. Esto debido a que, según varios autores, las élites se valen del cuento del mestizaje y una supuesta igualdad racial con el propósito de borrar las raíces indígenas y afrodescendientes en la población a modo de bloqueo cultural. En otras palabras: Sin raíces comunes, no hay identidad cultural. Luego, si no hay identidad, hay división. Y por último, si hay división, hay dominación.

 

Termino este artículo, con un llamado a las compatriotas que conocí en el Boulevard. Recuerden la respuesta del Presidente cuando las élites le dicen chusma al pueblo:

 

«Si, somos chusma. La misma chusma que siguió a Bolívar»

 

 

[1] http://fernandosaldivia.blogspot.com/2007/01/endorracismo.html

http://fernandosaldivia.blogspot.com/2007/01/endorracismo-involuntario.html

[2] http://aporrea.org/tiburon/a30768.html

http://washingtontimes.com/world/20060922-123242-8190r.htm

[3] Piel negra, máscaras blancas. Frantz Fanon. Editorial ABRAXAS, 1973. Buenos Aires. Págs.158 y 159.

[4] Venezuela necesita inmigración. Arturo Uslar Pietri. Boletín de la Cámara de Comercio de Caracas. Julio 1937. Número 284. Pág. 6943

[5] Los condenados de la tierra, Frantz Fanon. 1963, Fondo de Cultura Económica. Cap. I. La violencia.

 

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Fernando Saldivia Najul

Lector de la realidad social y defensor de la sociedad sin clases y sin fronteras.

 fernandosaldivia@gmail.com

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