No al carbón: Ibrahím López García in memorian

En un libro editado precariamente y de muy escasa circulación, que recuerdo pero no tengo en mis manos, Ibrahím López García (Cabure 1925 - Maracaibo, 1994), profesor e investigador de la Facultad de Ingeniería de la Universidad del Zulia, reflexionaba sobre el ¿desarrollo? de la humanidad empleando como hilo narrativo la energía por combustión, desde aquel fuego prometeico de los primeros hombres, pasando por el vapor, el carbón, el petróleo y la energía nuclear.

Afirmaba que la civilización occidental se había construido sobre el paradigma del fuego y el calor, y postulaba, con una emoción que muy bien conoce Fruto Vivas, que un cambio radical pasaba por la sustitución del fuego por el frío. Sus investigaciones y construcción de modelos a escala, concluían que el planeta podía tener una oportunidad si apostaba, por ejemplo, por la energía magnética, fría, silenciosa e inagotable.

Estas reflexiones acompañaban la edición también casi desconocida de un pequeño y sorprendente libro: “Sobre trompos, cúpulas y vuelos” (Editorial Mediterráneo. Caracas, 1976). El libro fue un trabajo de ascenso presentado en 1970 en el que desafiaba el modelo de viaje aeronáutico conocido (¡y hasta el vuelo mismo de los pájaros!) y demostraba la posibilidad de construir una nave que era a un mismo tiempo submarino, avión y casa. Criticó –desinflando la imagen romántica de Leonardo Da Vinci y los hermanos Wrigth- que el hombre hubiera admirado el vuelo de los pájaros: “Los aviones –decía entre un buen número de argumentos- no pueden maniobrar fácilmente hacia los lados o hacia atrás, debido al gran arrastre aerodinámico que presentan en esas direcciones. Por ello, los aviones son fácil presa de los vientos huracanados que soplen lateralmente a ellos.” Otras razones –entre las que destaca la imposibilidad del vuelo vertical y el giro en 180º- más otros razonamientos, le permitían sugerir que el animal modélico era la tortuga marina, torpe en la tierra pero experta nadadora, resaltando en ella el fuselaje circular y su “superficie alabeada sinclástica, como una cáscara de huevo”, resistente, verdaderamente aerodinámica, semejante al de la propia galaxia, la gran nave.

La nave-trompo puede posarse, decía con una capacidad de sueño extraña en la grisura general de los trabajos universitarios, “en cualquier sitio del planeta; por ejemplo sobre la punta de la roca de una montaña escarpada, como un trompo de juguete en la uña de un niño.” “Esta nave –además- tiene la conducta misma de nuestro planeta en el cosmos…” No habría necesidad de aeropuertos porque despegaría verticalmente, se puede detener o estacionar en el aire con poquísimo combustible, puede ser frenada y dirigida en cualquier dirección. No hace ruido, no contamina.

En momentos cuando el país necesita reconstruirse sobre nuevas bases, ¿por qué no dirigir nuestras potencialidades en la dirección sugerida por este científico coriano, endógeno, que hizo del paisaje falconiano texto y contexto, que observó con sabiduría campesina árboles y animales, juegos y niños, y que interrogando su estar en la tierra miró las estrellas con el fin de madurar una respuesta integral, una metáfora de vida que, con sólo ser enunciada, trastoca la realidad consabida e invita a un cambio cultural?

¿Tenemos que recordar lo del vino nuevo en odre viejo? La revolución sólo es posible si las estructuras de la vida cotidiana y de la realidad toda, son removidas y sustituidas por una nueva organización de las cosas. El mundo tal como está es insostenible y el modelo de desarrollo y de vida propuesto por el capitalismo en expansión desde el siglo XV está material y espiritualmente negado a la humanidad, incluso a los dueños del planeta, que no tienen más lugares que yo adonde huir. Los límites del mundo se estrechan y los recursos tienden vertiginosamente –quién no lo sabe- a desaparecer. En realidad me parece increíble que a estas alturas, con la destrucción progresiva de la Amazonia y ya en las manos de los EEUU porque está en los libros escolares de sus niños, con el protocolo de Kyoto, con la extracción de oro (legal e ilegal) que arrasa con lo que dejaron los españoles cuando se fueron tras el Dorado, con nuestros hermanos indígenas (no los manipulados por la industria carbonera y su discurso desarrollista que ofrece empleo torciendo y ocultando la verdad, porque necesita esclavos para su nuevo Potosí), obligados a mentir por el asqueroso bozal de arepas, en franco y deliberado deterioro cultural toda vez que nada más lejos del pensamiento indígena que la minería, actividad colonial por excelencia), con el Lago destruido por una contaminación aberrante en nuestras propias y distraídas narices; no es posible, insisto, que hoy estemos discutiendo como Estado (porque el Estado somos nosotros y no un ente extraño suspendido e inapelable) la explotación o no del Carbón del Socuy. Eso no se discute.

¿Pesan los compromisos con las corporaciones extranjeras? Digo y decimos, ¡pesa más la vida!

No pesó más cuando Cubagua, esa primera Cabimas, Ciudad Ojeda y Lagunillas. No parece pesar más hoy, cuando Nazareth, en El Moján, con su admirable y gigantesca resistencia cultural, pagada por los informes económicos como una de las zonas más pobres de América Latina, está a punto de ser sometida a un nuevo y brutal golpe (los anteriores pasan por la construcción de palafitos de concreto y techos de zinc y por la propuesta sin desperdicio de alinear las casas –urbanizarlas, pues- y borrar por impracticable para el tendido eléctrico la estructura rizomática indígena),

al obligarla a ceder su emplazamiento ancestral y su vida lacustre (ya golpeada y prácticamente arrasada por los destructores de la Venezuela agro y pescadora, los de antes y los de ahora) y que el lenguaje neoliberal conoce como “reubicación”, como si tus muertos te los pudieras llevar a cuestas,

debido al proyecto de construcción de un Puente (que salvo lo cosmético actual es un proyecto de la IV, hijo dilecto del Plan Puebla-Panamá y del IIRSA)

que erigirá encima una aplastante mole de progreso enfilada hacia el Norte

pero desdeñosa en su imponencia de los sujetos que la contemplarán desde lejos, temerosos, excluidos, extraños, arracimados y boquiabiertos en su edad cultural infinita, sin dioses ni mangle pero aferrados, pese a la persecución y muerte de siglos, a una raíz secreta que ninguna alcaldía ni gobernación liberal y burguesa podrán penetrar ni conocer porque en el fondo la temen y la desprecian, quedando abandonados otra vez a su suerte, con malformaciones, neumoconiosis, hambre y una pobreza definitiva que ninguna política asistencialista podrá aliviar para calmar no sé qué conciencia,

la avanzada de la infraestructura del ALCA que se resiste a morir.

Mientras el signo del progreso lo dicte la “carretera”, por donde se desplazan los carros y camiones cargados que los pobres ven con extraña nostalgia, sin poderse mover y casi como único divertimiento, estaremos condenados al capitalismo salvaje. El modelo de desarrollo que necesitamos, para que el planeta se salve -si es que todavía estamos a tiempo- no necesita carreteras ni puentes. No me lo imagino, pero me atrevo a creer que se parece a la promesa de vida que supone cambiar de raíz el modelo energético, que nos la hiciera hace treinta años Ibrahím López García. Y la hizo justamente cuando el país estaba enloquecido por la ingente renta petrolera y cuando Venezuela recibió el mote de “saudita”.

Ibrahím, como todos los poetas, estaba mirando en otra dirección, justo a las antípodas.



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