El abrazo sandinista: Comandantes del pueblo

En esta América Nuestra, de almas, conciencias y pueblos en plena Revolución, son tantos los acontecimientos que se van acumulando, que muchas veces algunos, relevantes, pasan por debajo de la mesa.bHace un mes tuvimos la fortuna de visitar la Nicaragua sandinista, por razones de trabajo. Nos encontramos allí con un pueblo noble, transparente, luchador, incansable. Tras los 16 años de brecha neoliberal, a pesar de las tácticas imperialistas, los nicaragüenses retomaron su revolución popular con una fuerza incontenible. Las elecciones municipales de noviembre de este año darán fe de ello. Fue, debemos aclararlo, una interrupción parcial la de los gobiernos neoliberales pues, si bien el pueblo perdió el poder político, el gobierno institucional, jamás dejó de tener control del poder social, el poder popular, el poder moral de la Patria. Allí se mantuvieron y mantienen más vivos que nunca Augusto César Sandino, Carlos Fonseca Amador, Rigoberto López Pérez, entre otros héroes y mártires de su historia, presente y futuro.

Si algo debe reconocérsele al Comandante Daniel Ortega, es su capacidad de resistencia gracias a la FE que siempre depositó en su pueblo. En los 90, cuando muy pocos daban un céntimo por el Frente Sandinista de Liberación Nacional, el Comandante Ortega se mantuvo firme, inalterable, constante y, aunque algunos de sus ex compañeros se quedaron en el camino, se rindieron, el pueblo sandinista dio las suficientes señales como para garantizar que ocurriría lo que hoy, contra todo pronóstico mediático, ocurre en Nicaragua. El Presidente Ortega, como los Presidentes Morales, Chávez, Correa, entre otros, sufre la inclemencia de la asimétrica batalla comunicacional, la evaluación tergiversada y maquiavélica de la derecha oligárquica, dueña de los medios de incomunicación social. Pero allí, en las profundidades del pueblo y el territorio nicaragüenses, laten y se sienten los logros del gobierno sandinista, avances notables que serán refrendados en las elecciones de base del venidero noviembre, a pesar del silencio mediático estructural. El ALBA, por ejemplo, iniciativa a la cual el Comandante Ortega se sumó inmediatamente después de tomar posesión, está allí, entre el pueblo, encendiendo con su energía los faros y bombillas, potenciando los motores de las industrias, iluminando con las luces de la alfabetización y al educación a las mayorías, sanando cuerpos y almas con las medicinas y servidores de la vida, consolidando los proyectos de los campesinos, los más pobres para superar la miseria que les impusieron. Sin embargo, en la prensa, en los medios, nada se dice, nada se escribe, nada se reflexiona sobre el ALBA y sus logros. Lo que sí se reciben son ataques inclementes de los privilegiados, temerosos de que el pueblo hecho gobierno, democráticamente vaya generando la desconcentración de la riqueza y la consecuente y justa desaparición de sus prebendas y prerrogativas mal habidas.

Atravesó mil desiertos el Comandante Ortega, acompañado de Rosario Murillo y de los verdaderos sandinistas, que jamás dudaron del poder y la capacidad de su pueblo. La huella de la Revolución Sandinista del 79, de esa década de dignidad, de patriotismo, de luces, de guerra contra el imperialismo, se consolida en esta nueva etapa, porque está presente, porque es antecedente, por que es preámbulo valeroso de las luchas y victorias del hoy y el porvenir. Precisamente en este context, tuvimos la oportunidad de ser privilegiados testigos el pasado 22 de agosto de un reencuentro definitivo, inexorable, entre dos grandes del Sandinismo, a pesar de diferencias pasadas, circunstanciales, coyunturales, inducidas. A los jóvenes y no tan jóvenes presentes en el acto de conmemoración de los 30 años de la Toma del Palacio Nacional, se les iluminaban los rostros y las miradas con tan sólo presenciar aquel momento. Esa valiente acción de tomar el Palacio, entonces sede del parlamento, marcó el destino y la eficacia política de la Revolución sandinista en su primera etapa, demostrando que sí era posible vencer y sumando voluntades nicaragüenses y de todo el mundo su causa. Muchos de los asistentes al acto, cuando niños, jugaban a ser alguno de aquellos dos personajes, héroes populares, que en el presidio se juntaban con cariño y admiración, reconociendo mutuamente el valor de aquello que siempre les ha unido; aquello que siguen compartiendo y que hoy se ve reflejado en los planes, políticas y resultados del gobierno popular sandinista del siglo XXI. El Presidente Daniel Ortega y Edén Pastora, el mítico Comandante Cero que propició y comandó la arriesgada Toma del Palacio Nacional en 1978, se abrazaban en un gesto de unidad indivisible, a pesar de los esfuerzos de dispersión, no sólo de la derecha, sino, peor aún, de muchos que ayer les acompañaron y hoy disparan desde la acera de en frente, tal vez con el peso en sus conciencias de no haber confiado lo suficiente en su pueblo, de no haber seguido adelante, de no haber resistido con dignidad hacia la victoria, como sí lo hicieron los verdaderos sandinistas.

Sin hipocresías, sin adulaciones, sin reconcomios, aquellos dos líderes de generaciones, acompañados del resto de los sobrevivientes integrantes del legendario comando guerrillero que tomó el Palacio hace ya tres décadas, compartían con el pueblo sus convicciones de unidad, visiones de futuro, posturas ideológicas populares y críticas de fondo a las traiciones que nunca faltan. Sin embargo, en una demostración de humildad gallarda, el Presidente Comandante volvía a abrirle las puertas a quienes ayer lucharon a su lado y hoy le atacan con sus metrallas de resentimientos. Entre el público, un militante espontáneo le mandó un saludo a los “confundidos”, porque gracias a ellos, dijo, estaba el pueblo más claro que nunca. El cielo despejado, y la alegría de miles, se mecían en dos ondeantes e inmensas banderas: la de la República de Nicaragua y la de su más digna hija, la roja y negra del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Completaban aquel encuentro cánticos e himnos de lucha y unión, risas y abrazos de esperanza, sueños en colectivo y lágrimas de emoción en los ojos de muchos ciudadanos imprescindibles, de esos que batallan todos los días en sus comunidades y siempre supieron que vivirían estos momentos de reunión y reimpulso. Al día siguiente, referencias a aquellas históricas palabras, aquellos hechos de unidad, aquellas profundas reflexiones de las estrategias sociales y políticas del pasado, el presente y el futuro, brillaban por su ausencia en toda la prensa y en todos los medios, salvo los esfuerzos de los canales oficiales. Sin embargo, como el ALBA, como las políticas sociales y económicas que adelanta el gobierno sandinista, el pueblo, en sus humildes viviendas, en sus tierras por labrar, en sus fábricas, en sus escuelas; el pueblo, protagonista y primer beneficiario del socialismo sandinista, sabe muy bien cual es el camino que está construyendo, cuales son los pasos a seguir, cual es su dirección y cual es el objetivo de justicia a alcanzar.

Nicaragua, plataforma fundacional y fundamental de las revoluciones que hoy se desarrollan en nuestros pueblos. El Frente Sandinista de Liberación Nacional, ejemplo viviente y creciente de luchas, victorias y constancia. Nicaragua, su pueblo y el FSLN, referencia obligada para los revolucionarios de Nuestra América en estos tiempos de impostergable transformación creativa, de concreción definitiva de nuestra unión e independencia.

Jorge Arreaza M.

jorgearreaza@gmail.com


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Jorge Arreaza

Ex-vicepresidente de la República. Ex-viceministro de Ciencia y Tecnología, y ex-presidente de la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho (Fundayacucho).

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