La Priorización del imperialismo norteamericano y la Marea Rosada

Dos posiciones izquierdistas contrastantes sobre la ola de gobiernos progresistas en América Latina conocida como la "Marea Rosada" han llegado a ser bien definidas durante las últimas dos décadas. Una posición es favorable, mientras que la otra es altamente crítica, al extremo que los presidentes de la Marea Rosada – incluyendo a Nicolás Maduro, Rafael Correa, Evo Morales, y Lula— a veces son colocados en el mismo saco con los líderes conservadores y de la derecha.

En el fondo, las diferencias se reducen a diferentes perspectivas sobre el imperialismo. La pregunta clave que emerge del debate tiene implicaciones primordiales: ¿Es la lucha contra el imperialismo estadounidense la principal prioridad a nivel mundial, independientemente de la posición asumida sobre la guerra ucraniana? Si la respuesta es afirmativa, entonces el apoyo a los gobiernos de la Marea Rosada, que han sido sujetos al intervencionismo norteamericano sin cuartel, es particularmente convincente.

En caso contrario, se puede decir que quizás la globalización ha conducido a otras contradicciones que tienen que ser priorizadas, ya que el blanco principal tiene que ser el capital global, y no las maquinaciones políticas de Washington. Además, el medio ambiente, los derechos de los Indígenas, la igualdad de género, y la democracia participativa – banderas de lo que algunos llaman "el movimiento antiglobalización" – tienen que estar en el centro de la formulación de las estrategias y las metas de la izquierda en el siglo 21. El desempeño de la Marea Rosada en estos frentes ha estado lejos de ser ejemplar, y así se explica el razonamiento de los izquierdistas altamente críticos a esos gobiernos.

Los escritores anti-Marea Rosada a menudo niegan que los problemas y errores de esos gobiernos estén relacionados al imperialismo norteamericano. El prominente teórico izquierdista uruguayo Raúl Zibechi, por ejemplo, escribió que el derrocamiento de Evo Morales en 2019 no puede ser atribuido al intervencionismo norteamericano, como tampoco se puede culpar a Cuba, Venezuela o Rusia por las protestas antineoliberales masivas que estremecieron la región en el mismo año. De acuerdo con Zibechi, acusaciones de esa naturaleza contribuyen a "una pervivencia de la guerra fría, en la que toda acción popular es atribuida a una de las superpotencias" Sin embargo, la campaña desestabilizadora en Bolivia promovida por los EE.UU., que data del comienzo del gobierno de Morales en 2006, ha sido bien documentada, así como el papel de la Organización de Estados Americanos en el derrocamiento de Morales.

La tesis de la existencia de muchos imperialismos que son igualmente nefastos, defendida por los escritores anti-Marea Rosada, va en contra de la premisa básica de los escritores pro-Marea Rosada, quienes alegan que actualmente el imperialismo estadounidense representa la mayor contradicción en el mundo. Los escritores anti-Marea Rosada prestan poca atención a la diferencia entre los efectos destructivos del imperialismo norteamericano y el supuesto imperialismo de Rusia y China. Los países de la Marea Rosada, que están en la primera línea en la lucha contra el imperialismo norteamericano, a veces son vistos como si simplemente están cambiando un imperio por otro.

Aquellos izquierdistas que niegan que los gobiernos progresistas latinoamericanos tengan algunas cualidades redentoras no están limitados a la llamada "ultraizquierda". Hay escritores anti-Marea Rosada ubicados en todas las posiciones del lado izquierdo del espectro político. También incluye a académicos de todas las disciplinas, como también a los activistas de los movimientos ambientales, feministas y de los derechos indígenas. El común denominador es, en primer lugar, su negación de que haya algo significativamente progresista acerca de los gobiernos de la Marea Rosada, y segundo, la poca importancia que le da a la agresión imperialista como explicación a los problemas que enfrentan esos países.

Hay que reconocer que la distinción entre las posiciones pro y anti-Marea Rosada no es siempre blanco y negro. No hay duda de que muchos de los de la primera categoría apoyen críticamente a los gobiernos de la Marea Rosada. Al mismo tiempo, los de la segunda categoría reconocen los efectos devastadores de la intervención norteamericana, pero no la incorporan en su análisis de los problemas que enfrentan esos gobiernos. Además, la Marea Rosada está lejos de ser un grupo monolítico. Algunos analistas de la izquierda, por ejemplo, consideran a Correa como un entreguista, mientras elogian a Morales; otros hacen un contraste similar entre los Sandinistas y el gobierno venezolano; y otros atacan a Morales mientras que alaban a Chávez.

Sin embargo, la distinción entre las dos categorías es importante. En primer lugar, porque la posición anti-Marea Rosada minimiza la efectividad del movimiento internacional de solidaridad. En segundo lugar, porque el análisis de las diferencias entre las dos arroja luz sobre un asunto que los marxistas, casi por definición, consideran de importancia primordial: la identificación de la contradicción principal – entre las muchas que existen – y las luchas de mayor importancia en el mundo en un momento determinado.

A primera vista, da la impresión de que, dada la polémica acerca de la guerra en Ucrania, este no es un momento ideal para escribir un artículo que propone la priorización de la lucha contra el imperialismo estadounidense. Mi opinión es todo lo contrario. La guerra ucraniana, por horrífica que es, distrae la atención sobre lo que está pasando a nivel global. Los izquierdistas que son críticos tanto de la ofensiva rusa como de Washington, por promover la expansión de la OTAN, están divididos acerca de cuál de los dos lados es más culpable. Sin embargo, trato de demostrar en este artículo que el asunto de la intervención rusa en el conflicto ucraniano está básicamente aparte del debate sobre la priorización del imperialismo norteamericano. En otras palabras, Rusia puede ser severamente condenada por sus acciones en Ucrania al mismo tiempo que el imperialismo norteamericano es identificado como la amenaza de mayor peso a la paz mundial y el cambio progresista. Por esa razón, la izquierda y progresistas en general no pueden esperar hasta cuando el conflicto en Ucrania esté resuelto (presumiendo que eso vaya a pasar) para luego jerarquizar la importancia de la lucha contra el imperialismo norteamericano. Un examen del fenómeno de la Marea Rosada y sus relaciones con Rusia, China y los EE.UU. abre una ventana de oportunidad para determinar si la tesis de la hegemonía del imperialismo norteamericano niega la validez de la tesis de los "muchos imperialismos" o si las dos son compatibles.

Atilio Borón sobre el imperialismo norteamericano

El prominente politólogo argentino Atilio Borón prioriza la importancia del imperialismo al mismo tiempo que apoya rotundamente a los presidentes de la Marea Rosada – como Maduro, Daniel Ortega y Rafael Correa – quienes han sido duramente criticados por los analistas izquierdistas anti-Marea Rosada. Una mirada a los escritos y comentarios orales de Borón arroja luz sobre la estrecha relación entre la priorización del antiimperialismo y el apoyo a la Marea Rosada, como está percibida por un destacado representante de la izquierda latinoamericana antiimperialista.

Borón plantea que aunque los EEUU está en declive – demostrado por el auge de la Marea Rosada en su propio "patio trasero" – lo pernicioso del imperialismo norteamericano es más evidente que nunca. Por muchos años, dice Borón, después de la caída de la Unión Soviética, "cuando alguien hablaba del imperialismo, la gente lo miraba de reojo y decía "‘está viviendo en los 60s’". Borón agrega que "la gente diría que la globalización ha acabado con todo eso". Por cierto, este comentario de Borón se presta al punto de vista que las teorías de la izquierda sobre la globalización a menudo restan fuerza del movimiento antiimperialista, con efectos devastadores (como Zhun Xu ha planteado).

Borón también señala que en el siglo veintiuno "la realidad del imperialismo se ha puesto en evidencia, a tal extremo que los estrategas de Washington ahora hablan del ‘imperio’". No solamente es el imperialismo más evidente que en las décadas previas, sino que en muchos aspectos es más brutal. "Lo que pasó cuando Allende era presidente en Chile fue duro, pero era un juego de niños en comparación con Venezuela"

Como otros escritores pro-Marea Rosada, Borón subraya la importancia de la geopolítica como también los éxitos de los países de la Marea Rosada en desafiar el dominio del imperialismo norteamericano. Para él, la importancia de la Marea Rosada y el antiimperialismo en la región solamente puede ser comprendido y apreciado al tomar en cuenta la importancia fundamental que Washington asigna a América Latina desde el punto de vista estratégico – a pesar de que pocas veces lo admite en público. Borón cita a Zbigniew Brzezinski, que dijo más o menos que "EEUU estableció su primacía como ningún otro imperio en la historia porque esas naciones fueron todas amenazadas por tierra, o por lo menos por poca distancia". Borón luego señala que los estrategas de Washington refieren al hemisferio occidental como "una gran isla", con los EEUU "a la cabeza": "La seguridad de los EEUU depende de la solidez de las diferentes partes de la isla". En una referencia indirecta a la Marea Rosada, Borón dice "si los países [del hemisferio] abren una grieta, si el anti-norteamericanismo florece, o si unas partes no están dispuestas defender la política extranjera de los EE.UU, entonces la seguridad norteamericana se pone en peligro".

Borón, como otros analistas pro-Marea Rosada, subordina sus críticas a los gobiernos progresistas al reconocimiento de la importancia de enfrentar al imperialismo. Su lógica es lo siguiente:

A los EE. UU. no le gusta Daniel Ortega. Cuando al imperio no le gusta alguien, tiene que ser que él o ella está haciendo algo bueno, con todos los defectos que pueda tener. Cuando hay confusión ideológica, como Cristina [Fernández de Kirchner] recomienda, mira hacia el Norte. Si EE.UU. se está moviendo en una dirección, entonces tenemos que ir en la dirección contraria. Eso es porque el imperio nunca improvisa.

Ciertamente, el enemigo de mi enemigo no es necesariamente mi amigo, como los escritores anti-Marea Rosada señalan con frecuencia. Pero durante toda su carrera, Borón ha tenido la razón en apuntar a la importancia primordial del antiimperialismo y refutar los alegatos que el reflujo de esas luchas significa "el fin del ciclo antiimperialista" o "el fin de la Marea Rosada". Los escritores de ambos lados del espectro político hicieron estos planteamientos después de la derrota de los Sandinistas en 1990 y de nuevo con de los reveses de la Marea Rosada a partir de la derrota electoral de los peronistas en Argentina en 2015.

El imperialismo versus la globalización

Como Borón señala, la globalización tanto en la teoría como en la práctica tiende a oscurecer las acciones imperialistas de los EEUU. Por cierto, el capital transnacional, al trascender el Estado-nación, parece ser incompatible con el concepto del imperialismo, por lo menos la definición basada en el ámbito territorial propuesta por Lenin. Algunos teóricos izquierdistas de la globalización han predicho que como el capital transnacional vis-á-vis el capital nacional ahora es dominante, que el emergente Estado transnacional (que consiste en organizaciones como el G7, la Organización Mundial de Comercio, etc.) está en el proceso de desplazar el Estado-nación, que era el epicentro del imperialismo. J.Z. Garrod, por ejemplo, pregunta si el capital transnacional "puede ser entendido teóricamente utilizando los conceptos del imperialismo, dado el grado en el cual esas concepciones permanecen vinculadas a la noción del espacio basado en las estructuras nacionales geopolíticas".

Los teóricos de la globalización quienes enfatizan la fortaleza creciente del "Estado transnacional" pueden haberse precipitado. Hace poco, ellos vieron el Trans-Pacific Partnership (TPP) como evidencia que el Estado transnacional estaba no muy lejos de ser hegemónico, de la misma manera en que el capital transnacional había llegado a ser hegemónico. Pero la propuesta del TPP vino y se fue. Aunque el capital transnacional pudo haber llegado a ser hegemónico, el Estado-nación no está necesariamente pasando por el mismo proceso, por lo menos a corto o mediano plazo. Un retraso extendido puede separar el supuesto ascenso de las empresas transnacionales y el de un Estado transnacional dominante que responde a sus intereses. Un fenómeno parecido del retraso caracterizó la transición de siglos del feudalismo al capitalismo.

David Harvey presenta otro argumento sobre la globalización que pone en duda la aplicabilidad del concepto del imperialismo en el siglo 21. Según él, la movilidad del capital en la cual la producción se ha reubicado en el Sur a una escala masiva (particularmente en Asia Oriental) ha producido un fenómeno de "cambiadas hegemonías dentro del sistema mundial". Consecuentemente, el flujo de capital asociado con el imperialismo, como fue analizado por Lenin, ahora es "más complicado y está constantemente cambiando direcciones". En conferencias que Harvey ha dado durante los últimos años, él ha declarado que la noción del imperialismo es una camisa de fuerza que impide la teorización de la globalización en el siglo 21.

Demasiada discusión sobre el imperialismo del siglo 21 se basa en predicciones acerca del futuro en vez de las realidades del presente. Por ejemplo, la tesis del "muchos imperialismos" anticipa que, con la supuesta restauración del capitalismo en China, ese país llegará a ser una potencia agresiva, imperialista. Similarmente, algunos teóricos de la globalización plantean que, con la hegemonía del capital transnacional, el Estado transnacional va inevitablemente a reemplazar el Estado-nación. Ambas predicciones son posibilidades del futuro, pero la izquierda tiene que formular estrategias basadas en el presente, no en escenarios hipotéticos. En este momento, Washington ejerce un poder extraordinario, y en muchos casos actúa en favor de sus propios intereses con un enfoque territorial, como, por ejemplo, para salvaguardar la supremacía del dólar.

Además, la globalización no ha eclipsado el divisorio entre el Norte y el Sur como sugiere Harvey. Solamente porque Carlos Slim de México ha llegado a ser una de las personas más ricas en el mundo, no significa que México haya reducido las brechas con los EE.UU. desde el punto de vista económico, social o militar. Este es el caso de otros países del Sur, con la excepción de China. La inmigración masiva hacia los EE.UU. y Europa, por ejemplo, es una demostración clara de las continuas enormes disparidades de ingreso entre la clase obrera del Norte y del Sur.

"Los muchos imperialismos" y la Marea Rosada

El reconocimiento de que el imperialismo norteamericano es la contradicción de mayor importancia a nivel mundial tiene implicaciones para la estrategia de la izquierda – y dos en particular. Primero, en el área de política exterior, aquellos partidos políticos y gobiernos (Rusia, por ejemplo) que enfrentan a Washington, pero no representan una fuerza en favor del socialismo, y además llevan a cabo ciertas acciones condenables desde el punto de vista ético y político, no necesariamente se colocan en la misma categoría de los EE.UU. y sus aliados. La izquierda tiene que subrayar la distinción entre la política exterior de esas naciones y la de los EE.UU. Y segundo, las críticas a los gobiernos progresistas (como la Marea Rosada) tienen que estar contextualizadas tomando en cuenta la hostilidad imperialista, y el papel positivo de esos gobiernos en la lucha antiimperialista debe ser enfatizado.

Los izquierdistas anti-Marea Rosada que ven a Moscú y Beijing como igual a Washington no se subscriben a este punto de vista. El académico marxista británico Mike Gonzalez, por ejemplo, escribe "no solamente a los EE.UU. sino también China, Rusia" y otros países capitalistas "están esperando para apoderarse de la enorme riqueza [venezolana] de petróleo, gas y minerales bajo el ojo complacido del gobierno neoliberal," o sea, el gobierno de Maduro. Gonzalez también acusa a Daniel Ortega de entregar su "país a las manos de las multinacionales chinas".

Aunque Gonzalez y otros escritores izquierdistas anti-Marea Rosada no absuelven a Washington por sus acciones imperialistas, tampoco acreditan a Maduro, Morales, Correa, Ortega, y otros líderes de la Marea Rosada de enfrentar al imperialismo estadounidense ya que, de todos modos, ellos simplemente están cambiando un imperialismo por otro. Gonzalez acusa a algunos izquierdistas, incluyendo a mi propia persona, de ignorar las inversiones a América Latina provenientes de China – "ahora el inversionista número dos en la región" – y la supuesta corrupción que está asociada con el capital chino en Venezuela.

Maristella Svampa es una académica sobresaliente de simpatía izquierdista que ve los lazos con China como nada mejor que la dependencia de los EE.UU. Los argumentos principales de Svampa, quien está muy lejos de ser una apologista de Washington, hace evidente que el punto de vista anti-Marea Rosada no está limitado a una corriente de la izquierda en particular. De acuerdo con Svampa, la esperanza original de "un mundo multipolar" fue rota por "la acentuación de cambio desigual" entre China y América Latina. Ella denuncia la dependencia creciente de todos los países latinoamericanos, tanto de la izquierda como la derecha, de las exportaciones de "commodities" no procesados, que es parcialmente el resultado de la necesidad insaciable de China de adquirir materias primas. Para Svampa, los gobiernos de la Marea Rosada en algunos aspectos son peores que los neoliberales que los precedieron, y son virtualmente sin cualidades redentoras. Como muchos otros escritores izquierdistas anti-Marea Rosada, Svampa dice poco acerca del trato hostil de Washington y sus aliados hacia los gobiernos de la Marea Rosada. En su último libro, que es altamente crítico hacia los gobiernos de la Marea Rosada, no dice nada sobre el asunto.

¿Es la nueva Guerra Fría una repetición de la Primera Guerra Mundial?

El punto de referencia principal para los marxistas anti-Marea Rosada y anti-China es el análisis económico de Lenin de las potencias imperialistas europeas pre-1914, aunque los estudios empíricos como los de Minqi Li en el Monthly Review apuntan a diferencias fundamentales entre la economía de esos países y la de China en la actualidad. La discusión básica gira alrededor de lo económico, como la búsqueda sin límites de las superganancias (que Li señala como la característica fundamental del imperialismo de acuerdo con Lenin, y la fuerza motriz que no aplica a China). Sin embargo, las dimensiones políticas y militares del imperialismo generalmente no forman parte de la discusión ni por analistas de la derecha ni de la izquierda. Estas dimensiones – las políticas y las militares – en el caso de los gobiernos de la Marea Rosada demuestran la falacia de la tesis de los "muchos imperialismos".

No hay necesidad de convencer a los lectores de Rebelión.org de lo destructivo de los aspectos políticos y militares del imperialismo norteamericano, que consisten en acciones y políticas que no tienen mucho equivalente en el caso de Rusia y China. Por cierto, los desplazamientos militares chinos y rusos que están clasificados por los políticos y analistas de Washington como ejemplos de la agresión imperialista están limitados en gran parte a sus fronteras, como en el caso de Ucrania y Taiwán. Esto contrasta con el intervencionismo militar norteamericano que va más allá de su "patio trasero".

Solamente se necesita algunos hechos para demostrar que los EE.UU. no tiene equivalente a nivel mundial, y la razón por la cual la izquierda tiene que priorizar el antiimperialismo norteamericano: 750 bases militares en 80 países y colonias en el mundo entero fuera de sus fronteras; apoyo sustantivo a numerosos golpes de Estado derechistas contra gobiernos considerados adversos a los intereses norteamericanos (muchos de los cuales son progresistas); el régimen de sanciones contra países considerados adversarios que en efecto representan un bloqueo; un presupuesto militar astronómico que desata un efecto dominó en el mundo entero; el apoyo económico y militar extensivo a Israel (que contribuye extremadamente a la desestabilización del Medio Oriente, sin referirse a las atrocidades cometidas contra los palestinos), por mencionar solamente algunos hechos.

Un argumento de los escritores anti-China tanto de la derecha como la izquierda es que el imperialismo chino posiblemente no es la actualidad tan agresivo como el de los EE.UU, pero solamente porque está en una etapa incipiente. Una posición proveniente de la izquierda, por ejemplo, ve a China como un caso de "imperialismo en construcción". El analista izquierdista Esteban Mercatante dice:

A pesar de que a China le falta la fuerza global policial de los EE.UU…. ese país puede ser caracterizado como un imperialismo en construcción lo cual significa que el desarrollo de varias dimensiones que le permite proyectar una capacidad de intervención equivale a la de otros países imperialistas como Gran Bretaña y Japón.

Un análisis de China aún menos favorable proviene del editor del Guardian Simon Tisdall en un artículo publicado en 2021 titulado "La nueva etapa del imperialismo de China". Tisdall alega que China está "transformándose a un imperio de la segunda etapa" en la cual, una vez dominante, va a tener un componente militar poderoso y es "potencialmente más peligroso" que los imperios del pasado. Este argumento ignora la ley de desarrollo desigual, que históricamente ha significado que países como Alemania y Japón en el siglo 19, en su empeño de alcanzar a los países más desarrollados, fueron más agresivos que sus rivales imperialistas. Si China (y Rusia) simplemente estuvieran tratando de alcanzar y superar a los EE.UU. dentro del sistema de la rivalidad inter-imperialista, entonces se pensaría que sería más bélico a nivel global, no menos.

La posición de defensa a la soberanía nacional de la Marea Rosada por parte de Rusia y China y su apoyo al mundo multipolar no tiene equivalente en el periodo pre-Primera Guerra Mundial de la rivalidad inter-imperialista. Mientras que Washington acusa a China de apoyar a regímenes autoritarios y corruptos en África (como si fuera que los EE.UU. no tuviera una historia sórdida de hacer lo mismo), en América Latina hay implicaciones ideológicas a la presencia rusa y china que son favorables a la izquierda. Esta dimensión está muy lejos de la supuesta política china y rusa de "hacer el mundo seguro para las dictaduras" al promover una "alianza de autocracias" como alegan el New York Times y Washington Post.

En contraste, otros académicos han señalado que China "tiene relaciones más amigables con un mayor grado de cooperación con gobiernos de la izquierda y centro-izquierda… como Bolivia, Cuba, Ecuador, Nicaragua y Venezuela, y relaciones menos amigables, pero respetuosas, con países… de gobiernos más conservadores y pro-EE.UU." Sin embargo, los gobiernos conservadores no siempre respondieron con el mismo grado de respeto. Este fue el caso de Jair Bolsonaro y los miembros de su círculo más cercano que acusaron a China de tratar de lograr el dominio mundial e insinuaron que ese país era responsable por la pandemia COVID-19.

Un ejemplo del apoyo para principios progresistas en el área de política exterior es los foros realizados entre China y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), que es una organización apoyada por los presidentes de la Marea Rosada y que propone una estrategia progresista de la integración latinoamericana. Un ejemplo del compromiso de Rusia y China para la defensa de la soberanía nacional en la región es su apoyo financiero para el gobierno altamente endeudado de Maduro en un momento en que su supervivencia política estaba en duda como resultado de la campaña desestabilizadora de la administración de Trump, y cuando los líderes de la oposición, por lo menos inicialmente, indicaron que al llegar al poder iban a romper los contratos con ambos países. Esas iniciativas rusas y chinas ponen en duda la validez de la tesis de los "muchos imperialismos". Definitivamente, no hay equivalente en la política exterior de los países imperialistas europeos pre-1914.

Los expertos en Washington alegan que los rusos y los chinos apoyan a la Marea Rosada, no por una creencia en algunos principios grandiosos, sino como resultado de los cálculos geopolíticos. Su apoyo a los gobiernos progresistas es visto como oportunista, sobre todo porque Rusia trata de ser, en las palabras de un director del Carnegie Endowment for International Peace, "el amigo de todo el mundo que se opone al dominio global norteamericano". Esta tesis referente a los motivos de Rusia no compagina con lo que realmente está pasando. Las aparentes buenas relaciones entre Moscú y los derechistas como Trump, Fox News y Marine Le Pen tampoco dicen todo acerca de lo que está ocurriendo.

En el ambiente altamente polarizado en América Latina, las líneas divisorias están claras. Los Rusos y los Chinos – desde cuando Xi Jinping llegó a ser presidente en 2013 – han sido alineados con los gobiernos progresistas en América Latina. En contraste, los gobiernos conservadores y de la derecha han sido aliados cercanos de los EE.UU. (y así obedientemente siguieron las órdenes de Washington, por ejemplo, de promover el "cambio del régimen" en Venezuela) y, en algunos casos, han mostrado hostilidad hacia los adversarios de Washington, específicamente Rusia y China. Por eso, a pesar de las inconsistencias de Moscú y la posición aparentemente apolítica de China en su política exterior, hay un principio por medio que claramente distingue a Rusia y China de los EE.UU.: su abogacía conjunta en favor del principio de multipolarismo, ejemplificado en su llamado por la "democratización de las relaciones internacionales".

Con el continuo declive de los EE.UU. en todos los frentes (excepto el militar), las posiciones rusas y chinas a nivel mundial pueden cambiar. Por cierto, Li no descarta la posibilidad – aunque según él remota – de que China pase a ser de una nación "semi-periférica a una nación imperialista. Sin embargo, la izquierda de los EE.UU. y otros países no puede analizar los acontecimientos mundiales en base de las hipótesis referentes a lo que los amigos y los aliados puedan llegar a ser en un futuro distante, o inclusive a mediano plazo.

La bandera de la soberanía y el mundo multipolar defendida por Beijing y Moscú crea oportunidades para los gobiernos de la izquierda, como los de la Marea Rosada, y facilita su navegación en un mundo hostil sin gobiernos poderosos comprometidos con la transformación revolucionaria. Sin embargo, los gobiernos de la Marea Rosada no tienen pretensiones de emular el modelo económico asociado con China o Rusia (a diferencia del caso del movimiento comunista en el periodo post-1917).

¿Como se traduce en la práctica la posición anti-Marea Rosada de la izquierda?

La polémica sobre el antiimperialismo norteamericano no está restringida al debate académico o a los artículos en los medios de comunicación; se ha manifestado en los conflictos sociales y políticos en toda la región. En varios países, la posición izquierdista anti-Marea Rosada que rechaza la priorización de la lucha contra el imperialismo norteamericano contribuyó a los retrocesos a partir de 2015. Los izquierdistas que defendieron el punto de vista anti-Marea Rosada fueron más allá de las críticas puntuales por fallas específicas, ya que condenaron esos gobiernos en términos absolutos sin reconocer sus cualidades progresistas (como, por ejemplo, sus políticas antineoliberales) y en algunos casos fortalecieron las manos de la derecha radical.

Un ejemplo fue la decisión de una corriente principal del movimiento indígena antineoliberal encabezada por el autoproclamado "izquierdista ecológico" Yaku Pérez en Ecuador de no apoyar la candidatura de Andrés Arauz del partido de Rafael Correa en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2021. Esa decisión selló la victoria del banquero conservador Guillermo Lasso. Pérez declaró en una referencia a Correa, "un banquero es preferible a una dictadura". Su razón principal de no tomar lados en la elección fue que como presidente, Correa abrió el Parque Nacional Yasuní, habitado en gran parte por Indígenas, a la perforación petrolera y reprimió protestas en contra del proyecto. Pero al asumir esta posición, Pérez ignoró las credenciales antiimperialistas de Correa. Mientras que Pérez trató de desacreditar las políticas de Correa en el campo doméstico, hubiera sido más difícil criticar, desde un punto de vista de la izquierda, las iniciativas antiimperialistas del ex-presidente. En 2009, ordenó a los EE.UU. abandonar la base militar de Manta y al mismo tiempo Ecuador ingresó en la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), que representa una versión progresista de la integración latinoamericana. Como candidato en las elecciones presidenciales de 2021, Pérez, quien algunos analistas alegaron estaba ubicado a la izquierda de Correa, abogó por acuerdos comerciales con los EE.UU. y al mismo tiempo denunció las "políticas agresivas de China alrededor del extractivismo y los derechos humanos".

Analistas y activistas anti-Marea Rosada de la izquierda también tuvieron un impacto funesto en el caso del derrocamiento de Evo Morales en 2019. Mientras que muchos de sus adversarios en los movimientos sociales y la izquierda ingresaron en la resistencia al régimen semi-fascista que sucedió a Morales, otros negaron a reconocer que lo que aconteció fue un "golpe". Ese fue el caso de Pablo Solón, ex-embajador de Morales en las Naciones Unidas, quien rompió con él por los planes desarrollista para el bosque lluvioso Tipnis. Las críticas ecológicas de Solón – que incluyeron los temas de los organismos modificados genéticamente (GMO), los biocombustibles y las mega represas – eclipsaron el asunto del imperialismo norteamericano y el neofascismo, ambos de los cuales estaban en juego en el golpe de Estado. Salón aplaudió las protestas callejeras que estallaron en contra de la reelección de Morales en octubre de 2019 y que condujeron al golpe, y alegó que Morales era "adicto al poder". Después del golpe, Solón, quien se identificó como izquierdista, se opuso al otorgamiento de permiso a Morales para regresar a Bolivia e ingenua y equivocadamente predijo que la presidente de facto, la derechista Jeanine Áñez, iba a aceptar los símbolos culturales indígenas, al aseverar que "el gobierno y la sociedad quieren la paz".

La posición anti-Marea Rosada también incide sobre el desempeño del movimiento de solidaridad internacional. A pesar de que muchos de los críticos tenaces de la Marea Rosada denuncian al imperialismo norteamericano en forma contundente, ellos no forman parte del movimiento de solidaridad en números significativos. Aunque los gobiernos cubanos y venezolanos innegablemente prefieren trabajar con líderes del movimiento anti-sanciones quienes son políticamente alineados con sus posiciones, esto no aplica a la base de esos movimientos. William Camacaro, un activista durante muchos años con el movimiento venezolano de solidaridad, me dijo: "Aquellos izquierdistas que arremeten contra los gobiernos progresistas opacan el entusiasmo de personas dispuestas a trabajar en oposición a las sanciones". Agregó "al hacer una mirada a la altamente dividida izquierda norteamericana, los miembros de grupos que ven con buenos ojos al gobierno de Maduro son los más activos en el movimiento anti-sanciones aquí en los EE.UU.".

Esto no quiere decir que las críticas a los gobiernos de la Marea Rosada deben estar apartadas, o que la Marea Rosada siempre ha defendido a las políticas progresistas. Así que, las credenciales antiimperialistas de Correa no deben eclipsar sus errores, como, por ejemplo, su sobrerreacción a las protestas de grupos indígenas en contra de los megaproyectos con efectos posiblemente devastadores. Por cierto, los pros y los contras de la Marea Rosada no pueden ser colocados en una balanza cuando los contras incluyen cuestiones de principios referente a la violación de derechos básicos. Además, como Fidel Castro advirtió poco antes de su fallecimiento, no se puede culpar al imperialismo por todos los problemas del país o para tapar los errores. Finalmente, las críticas a las acciones de un gobierno que se enfrenta a Washington no siempre impiden el trabajo de solidaridad en oposición a la intervención norteamericana, como, por ejemplo, en el caso del conflicto ucraniano.

La posición precaria y única de América Latina

La serie de triunfos electorales de progresistas en el transcurso del último año y medio en Honduras, Chile, Colombia y Brasil confirman la validez de un argumento de este artículo: América Latina se destaca como la única región del mundo donde numerosos gobiernos progresistas comprometidos con el anti-neoliberalismo desafían la hegemonía norteamericana en el siglo 21. Algunos sectores de la izquierda atacan duramente a estos gobiernos, a veces con argumentos válidos referente a sus fallas y limitaciones. Estas críticas, sin embargo, son más convincentes en el área de políticas domésticas – especialmente los pocos resultados de los esfuerzos de promover el desarrollo económico – que en el área de política exterior.

En ninguna parte fue tan evidente lo erróneo de la tesis anti-Marea Rosada como en el caso de la elección de Lula, cuyo papel a nivel internacional es la fuente de mucha preocupación en Washington. Cuando fue elegido por primera vez en 2002, Lula inmediatamente calmó los temores de las bolsas de valores al reanudar todos los acuerdos con el FMI, pero su reconocimiento a Palestina en base de las fronteras de 1967, y su apoyo para una moneda internacional como rival al dólar, alarmó al Presidente Obama, y enojó mucho a otros en Washington. Con su influencia internacional ahora en declive, Washington tiene aún más razón en temer las posiciones avanzadas de Lula sobre estos asuntos y su llamado a un mundo multipolar. Brasil, conjuntamente con otros gobiernos de la Marea Rosada, desafió a Washington al reestablecer relaciones con Caracas y así detener las políticas que Washington había logrado imponer en la región en favor del "cambio de régimen" en Venezuela. El presidente colombiano Gustavo Petro, después de desairar al Secretario de Estado Antony Blinken, durante su visita oficial a Bogotá en octubre de 2022, al criticar la política de Washington hacia Cuba, luego viajó a Venezuela dos veces para reunirse con Maduro. Las acciones de Petro fueron humillantes para Washington, aunque ningún portavoz de la administración de Biden lo admitió públicamente. Los escritores izquierdistas anti-Marea Rosada ignoran la importancia del cambio total en la posición de América Latina en política internacional, como también la ignoran los que escriben las declaraciones oficiales esperanzadoras de la administración de Biden. Pero se trata de un cambio trascendental que tiene que ser incorporado y enfatizado en cualquier análisis crítico acerca de los gobiernos progresistas en la región. Las ofensivas recientes de la derecha – incluyendo el golpe blando contra el presidente peruano Pedro Castillo en diciembre del año pasado y luego los disturbios en Brasilia, que en algunos aspectos fueron más peligrosos que el ataque contra el capitolio en Washington por los seguidores de Trump el 6 de enero de 2021 – claramente demuestran la importancia para la izquierda de identificar a los enemigos y distinguir entre amigo y enemigo en la etapa actual.

Conclusión

La gran mayoría de los politólogos expertos en el campo de relaciones internacionales rechazan la noción (que data de Immanuel Kant) de que los países democráticos son más pacíficos en sus relaciones internacionales que los no democráticos. Pero hay un postulado parecido que sirve como piedra angular del pensamiento neo-conservador y que guía a la política exterior de los EE.UU. en general: que las democracias son más pacíficas en sus relaciones con otros países democráticos, pero están obligados a emular el comportamiento agresivo de los no democráticos (supuestamente Rusia y China). Nada más y nada menos que el ex-presidente Jimmy Carter críticamente llamó a esta estrategia "luchar fuego con fuego". El caso de la Marea Rosada es particularmente revelador ya que tan obviamente demuestra lo equivocado de esa línea de razonamiento. De hecho, el contraste no podría ser más evidente. EE.UU. desestabiliza los gobiernos progresistas en América Latina en el nombre de la "responsabilidad de proteger" y la "intervención humanitaria". Rusia y China defienden los mismos gobiernos en nombre del principio de la soberanía nacional. Esto está muy lejos de ser un caso de emular a los malos (supuestamente Rusia y China) por razones pragmáticas.

Similarmente, los escritores anti-Marea Rosada de la izquierda no distinguen entre las acciones de los EE.UU. y las de Rusia y China, al mismo tiempo que minimizan las diferencias entre los gobiernos latinoamericanos progresistas y conservadores. Ellos ponen en duda que la Marea Rosada sea progresista al enfocar sus políticas económicas y sociales, pero es difícil negar la naturaleza progresista de la política exterior de esos gobiernos. Además, desde una perspectiva izquierdista, la tesis de los "muchos imperialismos" aplicada a la política exterior de la Marea Rosada no es nada convincente, por dos razones. Primero, la defensa de la soberanía nacional y el derecho de la autodeterminación frente al intervencionismo del Norte fue una causa proclamada por Lenin (y Marx) que, en la época de la globalización, es especialmente relevante. Segundo, en América Latina, Rusia y (aunque quizás a un grado menor) China se han alineado con gobiernos progresistas mientras que Washington está estrechamente alineado con gobiernos de la derecha (como fue el caso de Colombia) en el contexto de la polarización política extrema que ha caracterizado la región en el siglo veintiuno.

La priorización al antiimperialismo, analizada en este artículo, tiene otra implicación para la estrategia de la izquierda, especialmente como está aplicada a Venezuela bajo Maduro (y también Cuba). La izquierda tiene que resaltar la importancia del éxito de Maduro de formular una estrategia para sobrevivir la campaña brutal de Washington de intimidar el país con el fin de imponer sus intereses. Este reconocimiento no significa que Maduro está exento de críticas, pero sí representa una crítica de los escritores y políticos de la izquierda anti-Marea Rosada quienes minimizan o completamente ignoran sus aspectos positivos. Por cierto, este éxito en resistir la agresión imperialista y el intervencionismo caracteriza a la Marea Rosada en general, que ha demostrado un poder de permanencia que, para un bloque de países, no tiene precedente en el continente.



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Steve Ellner

Profesor de historia económica en la Universidad de Oriente (UDO) desde 1977. Su libro más reciente (como compilador) es La izquierda radical en América Latina: Complejidades del poder político en el siglo XXI.

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