Amanece y leo con tristeza que, por un "error", un dron enviado por USA a las inmediaciones de Kabul, acabó con la vida de siete niños y un trabajador humanitario que ofrecía su esfuerzo ante la penosa situación que se vive en Afganistán. Comento la noticia en mis redes sociales con el ánimo informar y de abrir el debate, y la reacción de algunos amigos latinoamericanos no denota ningún tipo de conmiseración o condolencia con lo sucedido, se centran más bien en señalar que a diario mueren niños por desnutrición en nuestros hospitales, otros comentan que los adultos mayores mueren también a diario en
Venezuela porque el dinero que reciben de la asistencia social es insuficiente. Otros callan.
Me preguntaba entonces si la observancia de la tragedia propia y cotidiana, es suficiente argumento para hacernos indiferentes ante la tragedia del otro, al punto de que no merezca el menor señalamiento ni la más mínima empatía. Esta claro que en Latinoamérica reclamamos a diario soluciones para nuestras desgracias, y no vemos que suceda nada. Llega un punto en el que sentimos que no somos oídos por nadie, y ahora, en un acto de justicia reivindicativa, optamos por hacernos impermeables a la desgracia ajena. Al hacerlo nos sentimos aliviados, como el pobre hombre que jamás pensó en empuñar un arma y al verse cercado por el asesinato de un ser querido, sale a buscar al asesino y lo mata. La espiral de violencia ha cerrado el círculo, ahora aquel pobre hombre es también un asesino, pero un asesino justiciero que espera la anuencia de sus pares, porque desde su perspectiva es un asesino que merece no sólo el perdón, sino el aplauso.
Otra pregunta me viene a la mente: ¿Será que en esta nueva Latinoamérica del siglo XXI, nos hemos vuelto postmodernamente inmunes a la desgracia ajena, y nuestra otrora elogiada solidaridad se ha venido evaporando? Por venganza ante el ser desoídos, sentimos un aire de compensación al decir o mostrar que no nos importa lo que suceda en otra parte, porque lo que aquí sucede nos sucede a nosotros, y eso es más importante que cualquier cosa que pase fuera de nuestras fronteras, aunque formemos parte de la clase privilegiada
que se alimenta a diario, y de los que aún puede hacer algo porque esta situación cambie, justificamos nuestra indiferencia alegando que nuestra desgracia es mayor: Hemos construido un "tragediómetro" en nuestras mentes, capaz de medir la magnitud de la desgracia propia y ajena, y de dictaminar cual merece ser llorada.
Para empezar, Afganistán nos parece un lugar muy lejano, además una tierra donde el conflicto armado se ha vuelto habitual, así que no hay novedad en que los maten a puñados. "Que lloren ellos a sus muertos", pensamos, nuestras lágrimas están ahora reservadas para llorar por nuestras vicisitudes. No vale la pena romper una lanza, ni dedicar un minuto a analizar qué pasó allá, estamos muy ocupados atendiendo nuestros propios horrores, además también estamos hartos de no entender lo qué pasa aquí. El que mueran los niños afganos, por un error, en una operación bélica orquestada por USA, de alguna manera nos es indiferente, nuestra respuesta natural inmediatamente vuelve a enfocarse en nuestras tragedias cercanas, aunque pertenezcamos a la clase aun privilegiada que ha obtenido un título universitario, o que cuenta con un teléfono celular capaz de conectarnos con el mundo: ¿Hemos así decretado la muerte de la solidaridad transfronteriza y de la empatía con lo que nos resulta geográficamente distante, o al menos ahora lo estamos
haciendo de forma cada vez más selectiva? Parece que somos una nueva versión de latinoamericanos que esperamos curar todas nuestras heridas para poder ofrecer una palabra de aliento hacia el otro: "Mi desgracia va primero la tuya va después". Somos una nueva versión de desgraciados postmodernos que sentimos que no vale la pena reseñar ni opinar, ni pensar un minuto en el otro, mucho menos si no comparte nuestro gentilicio.
¿Para qué ver lo qué pasó en algún lugar más allá de nuestras narices, si la dosis de nuestra desgracia íntima ya es suficiente y se nos agotó el ancho de banda?
Como expresaba Baron-Cohen (2012) , en el proceso de empatía hay un interruptor doble que se enciende y se apaga por instinto, técnicamente se sucede un contagio emocional y la activación fisiológica de las neuronas espejo, lo que obliga a que nuestro enfoque de atención único se duplique, para poder atender nuestra realidad y la realidad del otro: ¿será que se nos fundió ese doble interruptor?
Al menos puede pensarse que la desgracia afgana no nos produce alegría, eso ya es ganancia, todavía no caemos en esa cosa lamentable, para la cual en español no tenemos definición, pero que los alemanes llaman SCHADENFRAUDE, que no es más que la tristísima sensación de alegrarnos por la desgracia del otro, porque se lo merecía, porque si nosotros estamos jodidos, nos contenta que otros también lo estén –aunque no lo digamos abiertamente– . Pero esas palabras alemanas son raras, y nos suenan muy distantes, y tienen también una razón histórica que por fortuna aún no nos atañe.
Personalmente me aterra la visión de que las virtudes latinoamericanas se diluyan. Hemos ido distanciándonos de la capacidad de entrar en sintonía con las penurias del otro: eso es un hecho. Ese dejar de ser "yo primero", ese dar lo que no teníamos que otrora nos distinguía, ese salir por un instante de nuestro cascarón y trasladarnos a los zapatos del que sufre y necesita, es hoy percibido por muchos como un acto insensato: "¿para qué voy a hacer algo tan tonto como empatizar con el asesinato de niños afganos?", si nadie empatiza con nosotros, en reciprocidad no empatizamos con nadie, así pensamos. También me preocupa la idea de que ahora estemos más deshumanizados que antes, y menos autoresponsables de nuestro contexto, porque además, muy en el fondo, aspiramos a que la política intervencionista de USA nos rescate mágicamente de nuestras desgracias, y sí se señalan algunos de sus "errores", o sus cotidianas hipocresías de estado, o su mal obrar en materia de política internacional, nos parece que es un acto de traición a la patria que oxigena a nuestros enemigos. ¿Estaremos más locos que antes?, ¿o será esto apenas un síntoma leve de las nuevas mutaciones de nuestra tragedia social, que nos obliga a impermeabilizarnos ante el sufrimiento ajeno para sobrevivir con dignidad?
Al menos todavía los latinoamericanos asumimos que ninguna vida vale más que otra, y que eso del "tragediómetro" es una invención peligrosa. ¿Pero cómo denominaremos ahora a esta postmoderna selectividad solidaria que nos lleva a ahorrar en gestos de empatía y a administrar mejor nuestras las lágrimas cada día?, ¿tendrá sentido
esta nueva tendencia a permanecer inmutados ante el dolor del prójimo?: No lo sabemos aún. Pero lo que sí intuimos algunos es que además de vacunarnos contra el covid, parece que también nos están vacunando contra la empatía.