La globalización del desastre

En  artículo anterior, motivado por los espantosos daños humanos y materiales causados por el terremoto del 12E10 en Haiti, consideramos como una necesidad inaplazable, que la comunidad internacional acordara la creación de un verdadero sistema mundial de atención a las emergencia relacionadas con los fenómenos naturales que permitiera unificar recursos, voluntades y capacidades tecnológicas dirigidas a una rápida respuesta a este tipo de fenómeno que permitiera las mayores posibilidades de salvamento de vidas humanas y la creación de condiciones apropiadas de sobrevivencia y recuperación de las poblaciones afectadas.

Tal propuesta derivaba de la conclusión generalizada del mundo científico y de la experiencia concreta de la Humanidad de que tales fenómenos cíclicos, recurrente e intensificado en sus fuerza y duración, ya no solo están relacionado con los procesos naturales  del calentamiento del planeta Tierra que genera las erupciones volcánicas,  del movimiento cíclico de las grandes masas de aires y aguas que, en su encuentro, desatan fuerzas altamente destructivas, de los sacudimientos de la corteza terrestre por los desplazamientos de grandes bloques, ni el incendio de grandes extensiones de bosques a causa del ciclo natural de sequedad y envejecimiento de arboles; sino, que tales fenómenos tradicionalmente considerados naturales, hoy están asociados o potenciados con las modificaciones operadas en el ambiente general del planeta Tierra como consecuencia del uso y depredación intensivo del patrimonio planetario sin consideración a las deformaciones que tales procesos “civilizatorios” venían provocando en los equilibrios ecológicos construidos por la propia naturaleza a través de miles de millones de años.  

Por si fuera poco, es tal el grado de acumulación de la depredación ambiental e imposible el control de la fuerza de tales fenómenos que lo que hace “apenas” cien años (hablando en términos de Eras Geológicas) solo afectaba a un área relativamente pequeña del planeta, hoy se convierte en  fenómenos con efectos expansivos, globales y duraderos, no solo respecto a su epicentro, sino de todo el globo terráqueo, en tanto que afecta la vida en grandes conglomerados humanos y sus patrimonios substentacionales y, con ello, dimana su fuerza negativa sobre la economía, el ambiente, la salud y las relaciones entre diversas comunidades humanas distantes de los  hechos pero relacionadas con su funcionamiento, dado el grado de integración y conexión impuesto por la modernidad capitalista dominante, aún, en este comienzo del siglo XXI.

Contrario a la conclusión del artículo aludido, hoy comparto el exceptiscismo de quienes sostienen que, en el marco actual de las probabilidades de desastres, no existen ni podrán existir posibilidades de contener en los espacios nacionales los efectos de tales situaciones ni será posible enfrentar y resolver, para la mayoría de los pueblos, los efectos desastrosos  en el corto y mediano plazo porque, además de la fuerza expansiva de tales fenómenos destructivos incontrolados, se encuentra el modelo de la Globalización Capitalista que requiere para su sustentabilidad, mayores grados de subordinación de todos los espacios productivos y de fuentes de riqueza natural, al servicio de un modelo de apropiación de tales recursos, de producción irracional de bienes, de distribución desigual de la riqueza socialmente producida y de acumulación vertical y concentrado del Capital, el cual, inevitablemente,  genera la destrucción de los equilibrios naturales y, por ende, la provocación de ciclos destructivos más cortos y espacios de afectación más extensos, en lo espacial,  poblacional, cultural y económico.

De allí que ni en Rio de Janeiro, Kioto, Copenhague, Cancún, ni tampoco en el venidero Berlín, ni en ninguna Cumbre Climática – que debe reconocerse como espacio de la resistencia al desastre global - habrá posibilidad alguna de revertir el tránsito ineludible  del planeta Tierra hacia su pauperación ambiental y al crecimiento y extensión de los fenómenos nocivos que hoy laceran toda la Humanidad, sin hacer distinción de países por sus sistemas políticos, ubicación geográficas, nivel de desarrollo material o cumplimientos de los topes contaminantes de efecto invernaderos; mientras el modelo civilizatorio implantando por la modernidad capitalista y su etapa superior de desarrollo – la Globalización – mantenga su dominio sobre espacios, seres y riquezas de este hermoso planeta azul, hoy reivindicado como la Pachamama.

yoelpmarcano@yahoo.com



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Yoel Pérez Marcano


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