¿Se podrá vivir sin militares?

Está claro: un zapatero arregla zapatos, una enfermera cuida de los enfermos, una azafata atiende a los pasajeros en vuelo y un músico alegra el espíritu con la música. Pero ¿cuál es la función específica de un militar? Matar. Un militar se prepara para la guerra, para eliminar enemigos: su oficio, lisa y llanamente es matar gente.

Todos los oficios aportan un beneficio social: producen bienes y/o servicios que facilitan la vida, la mejoran, elevan su calidad. ¿Qué aporta un militar? ¿Quién se beneficia con el matar?

Cualquier oficio, actividad o profesión brinda un aporte a la comunidad, y si falta se produce un vacío, se deja de recibir una prestación que viene a llenar alguna necesidad. Si faltan los militares, ¿alguien se perjudica? Seguramente no la mayoría.

Esto es: la "raza" militar ofrece una actividad que tiene como objetivo matar semejantes, no produce ningún bien de utilidad pública, podría desaparecer sin afectar a nadie. ¿Para qué está entonces? ¿Qué necesidad cubre? ¿A quién sirve? La respuesta nos lleva a revisar la distribución del poder en las sociedades, en la historia humana; son los factores de poder los que medran con la guerra, con la invasión, con el ataque. A más poder, más beneficios derivados de su ejercicio violento. El poder se mantiene y perpetúa por la fuerza; y para eso están los encargados de ejercerla, los profesionales de la muerte.

Por cierto, todo esto viene de lejos en la historia humana; entre las cosas que se repiten desde siempre en toda formación cultural está la guerra. Y ahí están, como encargados históricos de esa tarea, los militares. ¿Es nuestro destino la guerra? ¿Estamos condenados a matarnos, a ver en el "otro" diverso un enemigo que debe ser sometido a la fuerza? Hasta ahora todo haría pensar que sí. En esa lógica los militares pueden respirar tranquilos pues no se descubren signos de que vayan a quedar desocupados a corto plazo. Por el contrario, el día de hoy el tema militar moviliza la mayor cantidad de energías, recursos y esfuerzos en la especie humana. La tecnología de punta, toda la inteligencia a que hemos llegado como especie, sin la menor vergüenza va destinada en una altísima proporción al ámbito militar. En estos momentos la humanidad gasta 25.000 dólares por segundo en armas. La industria militar es, por lejos, la más amplia y desarrollada de todas.

La cultura del ámbito militar, su lógica, sus códigos, son incomprensibles para la vida no militar. Para la vida civil, para la mayoría de la población planetaria, no podría concebirse la vida normal en términos castrenses. Pero no obstante, es la dinámica militar la que marca el rumbo.

En el campo militar –siempre, y en cualquier cultura– el objetivo es mantener un cuerpo de seres humanos dispuestos a entrar en combate pese a saber que en ello les puede ir la propia vida, y prontos a cumplir con lo que se le ordena. Esta falta total de pensamiento crítico ("las órdenes se acatan, no se reflexionan") es el mecanismo que posibilita que pueda darse todo lo anterior; si no, sería radicalmente imposible. Es decir: una de las instituciones humanas más extendidas, desarrolladas y poderosas está asentada sobre la más absoluta irracionalidad. Los desfiles nos lo recuerdan. ¿Para qué se marcha? ¿No tiene algo de proverbialmente estúpido caminar de una manera nada natural, más bien payasesca, todos al unísono, siguiendo una voz de mando? Sin dudas sí, pero esa práctica –ejemplo extremo de la lógica militar– presentifica de modo elocuente el espíritu que está en juego: se hace de manera ciega lo que el superior ordena, sin importar ningún tipo de consideraciones.

Si entendemos las cosas a la luz de una visión funcional, pragmática, habremos de encontrar razón de ser a cuanta actividad se nos ocurra: hay prostitución, o narcotráfico, o hubo tratantes de esclavos, o hay venta de órganos humanos, simplemente porque hay una demanda de todo ello. En ese sentido, cada producto responde a una necesidad, cumple una función necesaria, y los militares llenan un cometido social, así como lo hacen igualmente los torturadores o los sicarios: hay militares, hay profesionales de la guerra, hay gente que se prepara para destruir enemigos porque la especie humana necesita de ese recurso. Pero ¿es nuestro sino?, ¿es genético?, ¿necesitamos indefectiblemente de la muerte del otro?

Así planteado, todo parece bastante trágico, sin salida. ¿Es sin más ése nuestro destino? Quizá no podamos ni afirmarlo ni negarlo de forma categórica; de lo que sí podemos estar seguros es que necesitamos inventar relaciones nuevas donde el recurso a la violencia física y la eliminación de "enemigos" –más los correspondientes profesionales encargados de implementarlas– terminen por sobrar. El desafío es grande.

De todos modos no podemos caer en la simpleza ingenua de los pacifismos. Si la violencia existe, y si los profesionales de la violencia existen y tienen una considerable cuota de poder en el mundo, ello debe ser entendido y procesado en el marco de una historia compleja. Si “la violencia es la partera de la historia”, como acertadamente se ha dicho, no se trata de negar esa dinámica oponiéndole la “buena voluntad” y el “amor”. Quizá la única manera de terminar, o al menos achicar, el campo de la violencia es la justicia. Quizá el día que en el mundo se haya instituido la justicia ya no sean necesarios los militares. Pero de momento eso es sólo un punto muy lejano. De momento, y lamentablemente, si queremos la paz debemos seguir preparándonos para la guerra.

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Marcelo Colussi

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