Eficracia: democracia combinada con eficacia

En un mundo donde la opinión pública es inducida y controlada por los grandes centros de poder y las corporaciones transnacionales, haciéndose cosa común las expresiones de supremacismo racial y de comportamientos antiigualitarios, en lo que constituye el desprecio a sus semejantes por parte de algunos individuos y grupos, lo que es decir el desprecio o la intolerancia a las diferencias, se impone defender y ampliar los preceptos de la democracia. En un sentido amplio. Por lo tanto, es importante comprender que el ejercicio de la democracia requiere no sólo la participación ciudadana sino también un basamento ético que permita crear solidaridades entre ciudadanos y ciudadanas que tiendan a ser permanentes, pese a la militancia o el credo político con el cual esté identificada cada persona; en lo que constituye el reconocimiento de la alteridad, la pluralidad de ideas y la diversidad que son fundamentales para la vigencia de la democracia.

Ya no puede verse la dupla tradicional de libre mercado y democracia electoral como los pilares de la sociedad contemporánea. Las exigencias sociales y el hecho que el mercado capitalista sólo responde a los intereses empresariales delinean una nueva dimensión de lo que se entiende como el gobierno del pueblo y para el pueblo. Ahora debe incluirse en esta definición clásica con el pueblo, lo que obliga a gobernantes y gobernados a disminuir y, si es posible, eliminar las barreras burocráticas que los separan, buscando que el objetivo principal de todas sus acciones conduzcan al logro del bien común.

Los graves desbalances de justicia social e igualdad que se observan y producen a lo interno de nuestras sociedades mantienen en jaque, en cierta manera, la realización del ideal de la democracia; lo cual incide generalmente en la falta del sentido de comunidad que debiera prevalecer entre quienes se consideran a sí mismos como ciudadanos. La globalidad del neoliberalismo capitalista acendró aún más tales desbalances, imponiendo los valores del individualismo por encima de los derechos sociales y económicos colectivos, así como las relaciones de mercado y la privatización, haciéndole ver a todos que esta era la concreción plena de la democracia. Esto ha generado una opción entre muchos, a veces extrema, respecto a que no importa quién gobierne y cuál sea el modelo a seguir, siempre que estos sirvan "para resolver los problemas de la gente".

Algo que ya se pusiera en práctica en China luego de fallecido Mao Ze Dong por sus sucesores en el poder y que, generalmente, es objeto de estudios, dada la posición de potencia económica, militar y tecno-científica que ha alcanzado esta nación asiática y que mantiene en zozobra la hegemonía imperialista de Estados Unidos. Para identificar lo hecho en China, muchos están utilizando el término eficracia, donde se combina la práctica de la democracia con la eficracia que debe prevalecer en cada una de las estructuras y niveles de la administración pública. Con ésto, algunos ven una evolución cualitativa de la democracia, tomando en cuenta, entre otros elementos, el auge de las tecnologías de la comunicación y la informática, lo que haría obsoletos los procedimientos administrativos y las ofertas electorales acostumbrados. Con ello también se observa la disolución de las diferencias pragmáticas entre los bandos de izquierda y derecha heredados desde hace más de doscientos años. Aunque no sea necesariamente por influencia del sistema político chino, lo cierto es que la ciudadanía reclama mayores espacios de participación y de protagonismo, de manera simultánea al perfil de integridad, vocación de servicio, eficracia y efectividad de quienes integran la nómina del Estado, indiferentemente de cuáles son su ideología o bandera política.



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Homar Garcés


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