La egocracia o el agotamiento de la estupidez

La egocracia1 tiene un sentido despectivo y perverso, un significado negativo. Porque la práctica de esta forma de gobernar está fundamentada en un yo totalitario, el cual niega toda posibilidad a cualquier otro yo distinto. Esto es, de cualquier otra opinión, de cualquier otra concepción política que no sea la que dicta este yo malévolo, es decir, el egócrata.

El egócrata es ciego porque toda su escasa capacidad está en mirarse a él mismo; en oír solo su verborrea y en alabar sus acciones. Él está ocupado en su propia imaginación, en coleccionar y reproducir sus propios discursos. Para él, el mundo gira en torno a su opinión y a su visión. Él construye su mundo de acuerdo a su fatua creencia.

Solo se ocupa de sí. Él anda gratamente ocupado en sus disquisiciones, en la influencia histórica de sus preceptos; en coleccionar reproducciones de sus vanas edificaciones verbales. Mientras tanto, en las calles, los carroñeros las recorren incansables velando por la seguridad de su persona, que él considera que es el Estado mismo.

Predica, el egócrata, construir una sociedad justa, pero eso sí rodeado de vividores y corruptos. Y mientras todo se viene abajo, él con su retorcida ética escupe en el alma de las mejores personas.

Su distorsionada ideología es erigida como la suprema verdad. Pues ésta le proporciona, al egócrata y su egocracia, la anhelada justificación y la firmeza prolongada que necesita para gobernar. La ideología le permite al egócrata y a sus acólitos enaltecer sus actos, verse a sí mismos como deidades misericordiosas. Solo esperan oír loas y honores; en vez de reproches y maldiciones que es en verdad lo que producen.

Los inquisidores de la egocracia se apoyan en la mayor gloria de la patria, en la igualdad, en la felicidad, en el bienestar del pueblo y de las generaciones futuras para cometer sus desmanes. Pero como dice L. F. Céline "invocar la posteridad es hacer un discurso a los gusanos".

Gracias a la perversión de su fatua ideología, es que el egócrata practica la maldad contra la población de manera impune. Es algo que vemos y sentimos, lo cual no se puede refutar, ni esquivar, ni silenciar. ¿Cómo negar la existencia de estos perversos? Si con estos ególatras ha habido estos años de hambre y miseria.

Es rutina de la egocracia permitir que unos ejerzan violencia contra otros. Silenciar todos los medios para meter en el cuerpo el vicio del miedo y para que éste no asome al exterior. Lo han sembrando permanentemente. Sin embargo, la rabia y la desesperación acaban por brotar de miles de formas.

En el castigo velado y en la mordaza, el egócrata, está haciendo algo más que convertir a una población en un ser miserable. Está privando a cada persona de todo fundamento de justicia. Así vemos pulular la ausencia de la condición humana por medio de una suspicaz labor educativa. La población asimila que la vileza nunca es castigada; por el contrario, considera que la misma siempre aporta bienestar. De allí el desasosiego, el horror de medio vivir en semejante estero.

Quienes se han prestado a esta egocracia lo llevan escrito en la cara y en la voz, algunos con más fingimiento que otros; pero, de todos modos, se ve que son grano sucio. Algunos de sus adeptos ya han visto demasiadas cosas como para quedarse con esa ideología de marras, y han tenido que poner los pies en el suelo. Pues, el hambre y la necesidad no hacen concesión.

Como la egocracia ha llevado a que todo estamento social se desplome, aquella gente que dice lo que siente y piensa son objetos de mofa. Son ridiculizados mereciendo solo el apodo de traidores y de podredumbre. Para esta egocracia, las personas con la fragancia sutil del pensamiento deben ser segados.

En la egocracia, la indefensión de la vida privada y pública busca doblegar cada palabra, cada impulso, cada protesta. Busca que todos se asimilen al discurso insustancial de ella. La guadaña permanentemente es mostrada para infundir miedo. Pero, sin saberlo el egócrata acabará bajo el agotamiento de la estupidez.

El destino de la egocracia y del egócrata siempre ha sido consumirse en su estupidez.

 

1 El término egocracia lo he encontrado en el libro de Alexander Solzhenitsyn «El archipiélago Gulag». De allí su carácter aberrante, pues está dirigido a Stalin y a toda su corte.

 



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Obed Delfín


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