El Arado y el Mar

Todos se han ido...

Todos se han ido tras la estrella verde, buscan la rata dorada,

El hombre de la montaña quedó en su soledad de nieve,

el amargo de la hiel acompaña a las esperanzas pospuestas.

La luz de la luciérnaga se esfuma en la noche de las arpías soñolientas.

No hay amagos, todo es quietud. Las aguas se amansaron,

las lluvias que humedecieron corazones cesaron,

el relámpago no anuncia nuevas eras,

nos cubre la quietud de los cipreses.

 

Son tiempos de lágrimas de metal, la soledad acompaña a la muchedumbre de enemigos, las manos ahora son fieras empuñadas, las rosas negras enlutan los recuerdos del futuro perdido. El ayer de perlas nos trajo a las orillas del río pestilente que fluye hacia las montañas, amparo de las rebeldías en su incesante retorno cansino.

La poesía ayuda a descifrar este momento lúgubre, cuando todos se han ido y el hombre de la montaña quedó solo en su empeño de arribar a la tierra prometida. Asombra, atemoriza, cómo, tan rápido y tan total, aquel mundo de ayer desapareció. Hoy somos otros, irreconocibles, todo cambió, el pensamiento hermoso fue sepultado bajo el imperio del egoísmo.

No se pudo llegar al Socialismo, a la meta de los justos, nos derrotó el becerro negro, todos danzan embriagados alrededor del espectro. Los dirigentes lideran un país de fantasmas, cascarones que se mueven pero no están vivos, deambulan por las calles como náufragos despojados, sin futuro, olvidados del pasado.

El hombre de la Montaña volverá cada cien años, montado en el caballo blanco que aún pasta en los jardines de San Pedro Alejandrino. Los tiempos de la historia, el ahora de los pueblos es paradójico. Un día puede ser un siglo; un siglo, ocurrir en un día.

Existió un hombre, más bien bajo, aunque se veía como un gigante, más bien modesto aunque fue capaz de voltear al planeta. Con la valentía de romper con su tiempo, la altura para pensar en la humanidad, más que en su pequeño mundo. Con la sabiduría para saber que el conocimiento es colectivo y de todos hay algo que aprender. No aparentaba, era eso que se veía y sentía, no un personaje, era real.

Ese hombre existió, todos sabemos que existió aunque muchos lo olviden, lo borren, esos son los que se han ido. Con él vivimos, en él estamos.

Con él resistimos, lo esperamos en el fondo de una cueva, encendiendo la hoguera, no dejando que las ascuas perezcan, esa es la labor en tiempos de huida. Por ahora sólo podemos gritar y contar la historia que nos quieren cambiar por un plato de lentejas.

Lo asesinaron y su muerte fue testigo de su grandeza.

Lo dejamos solo, no supimos defender su alma. Ahora yace inerme, indefenso, mientras su mundo se derrumba, mientras todo y todos regresamos a ser víctimas o predadores.

Qué falta hace el hombre de la montaña... qué falta le hacemos...



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Toby Valderrama Antonio Aponte

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