CABAÑUELAS

El miedo y las máscaras (y VII)

Juandemaro Querales, destacado escritor, académico y fabulador de encantadores dotes e ingenuas relaciones con el poder, cursó estudios de maestría con el hoy Presidente de la República. Tuvimos oportunidad de confirmar ese compañerismo en ocasión de develar una escultura metálica en honor a los caídos el 4-F, en el Ateneo “Guillermo Morón”, en la muy querida ciudad de Carora que tan indiferente ha sido con nuestras propuestas culturales, económicas y políticas en el gobierno local de Julio Chávez y su edecán Bermúdez.

 Fue, en la inauguración de la escultura y las palabras que nos tocó pronunciar con motivo de la visita del recién liberado comandante –acababa de salir de Yare-, la primera vez que lo vimos de cerca; lo acompañaba en una comitiva alegre y jovial la entonces juncal Marisabel Rodríguez. Nos impresionaron la rapidez de sus movimientos, su fraternal saludo y su mirada. Ojos pequeños y vivaces, rostro maya, sonrisa natural y recurrente. Esa misma tarde lo vimos, casi al anochecer, en la sala central de la Universidad Politécnica, en Barquisimeto, donde ejercíamos funciones de dirección cultural, y el buen amigo Fernando Rodríguez, presidente de la Asociación de Empleados de la UNEXPO, nos solicitó apoyo para organizar un acto con el líder emergente y la comunidad universitaria. Fue la gente vinculada a COPEI, como el ya citado Fernando y el ingeniero Pausides González, quienes dieron su espaldarazo al teniente coronel. También el profesor Marcos Estrada. Las informaciones de Juandemaro y la observación del personaje, nos convencieron de su inteligencia, su carisma y su intuición. Sus palabras nos parecieron algo superficiales. Pretendía, por ejemplo, hacer del excelente trovador Alí Primera, un filósofo. Pero esa especie de candor ideológico producía en el público una empatía que después se generalizó en el país, y hoy, mucho menos candoroso, en el mundo.

 Ya elegido Chávez Presidente de la República, el poeta Tarek William Saab nos llamó para pedirnos que lo ayudáramos a convocar escritores y artistas a un acto con el comandante en el Ateneo de Caracas. Allí estuvimos con nuestro hermano Gabriel Jiménez Emán. Hicimos cola. El hombre llegó con José Vicente Rangel, nos estrechó la mano y lo detallamos muy de cerca. Un excelente traje azul y la misma mirada encendida, pero más comedido en abrazos y sonrisas. No nos cupo a Gabriel y a mí, quienes fuimos abandonados en la entrada del recinto por el atareado poeta de Anzoátegui, la menor duda de que estábamos ante un hombre que iba a cambiar la historia del país.

 En algún momento leímos o escuchamos a Jorge Olavarría una frase que nos hizo reflexionar. Algo lejos del Oráculo del Guerrero y de Sammy Sosa, y más cercanos a Cervantes, Víctor Hugo, Franz Hinkelammert y Berdichevsky, y como mirando de reojo o un poco desencantados a Dietrich y a Marta Harnecker, adquiere veracidad aquella frase efectista de Olavarría: “Chávez no sabe mucho, pero aprende rápido…”.

 Referimos las anécdotas anteriores porque, aproximándonos al final de estas entregas, tituladas el Miedo y las Máscaras, queremos hablar de uno de los mayores logros del pueblo venezolano en los últimos quince o veinte años: la construcción de un líder. Un jefe político que cada vez se adentra más en el corazón colectivo, pero que también se distancia de la mediocridad que hasta hoy, salvo dignas excepciones, lo ha acompañado; hordas de jefecillos amparados por el prestigio del líder, pero ignorantes, ambiciosos, llenos de soberbia y vanidad, provenientes de los viciados partidos de la IV República; o fieles y valientes soldados que, como lo hace su jefe, deben profundizar en el estudio de la política, la economía, la historia y las ciencias sociales en general.

 Cualquier participante de la Misión Sucre o la Misión Cultura, es superior en su formación política a muchos alcaldes, diputados y gobernadores que se enriquecen y concilian con los sobrevivientes del poder adeco-copeyano: macroconstructores, colocadores y lavadores de dinero, terrófagos, agiotistas, empresarios de maletín. Factores que obstruyen el desarrollo de un proceso que debe pasar por el rescate de las tierras para el pueblo, por la justicia social que ponga en su sitio a los explotadores y sepa repartir las aguas desde el Amazonas hasta Yacambú.

 Apoyemos a Chávez, hagamos campaña para que el triunfo signifique su siembra definitiva en el alma popular; pero exijamos la aceleración del proceso revolucionario. Depuremos, sin odios, la fuerza de la revolución, impulsemos el frente antimperialista que, es obvio, debe ser también anticapitalista. Fortalezcamos la revolución con una nueva constituyente originaria e irreductible en sus principios populares y soberanos. Abramos a partir de enero un debate sin miedo y sin máscaras, sin chantajes y con decidida voluntad transformadora, es hora de que se vayan a Miami los gusanos venezolanos, los nuevos ricos amparados por estos años confusos que nos ha dado un líder pero nos han retrasado una revolución.       

 
nunezsilva@hotmail.com 

Barquisimeto, 30 de Agosto de 2006   



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Tito Núñez Silva


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