Lina Ron

La década de los años 90 se despedía con la alborada revolucionaria de diciembre de 1998, cuando Hugo Chávez llega al poder.

Meses después, la voz y el temple de Lina se abrían ante mi quehacer periodístico. En una humilde casa ubicada en la avenida El Cuartel de Catia, desbordada de calor humano para trazar las líneas iniciales de una posible sugerente plataforma de gobierno, Lina mostraba la preñez de su emoción. Germán Sánchez Otero, para entonces embajador de Cuba en nuestro país, acompañaba a la oriental ida el pasado sábado 5 de marzo.

Los golpes de la derecha a hombres y mujeres de la revolución no se hicieron esperar. Lina entrompó cada andanada y, aunque en ocasiones nos pareció que pifió el tiro, jamás dejamos de respetarla. En 2003, aún bajo las secuelas del golpe de Estado del año anterior y derrotado el sabotaje económico, la entrevisté para Venezuela Mundial, un programa que en sus inicios junto a Nora Uribe (hoy embajadora en El Salvador) transmití a través de YVKE Mundial en Las Mercedes. El objetivo, alcanzado en plenitud, era que aquellas ondas hertzianas llegaran hasta Miami, corazón de la contraesperanza.

Con apoyo del economista Antonio Padrino, quien residía en esa ciudad del Norte, la emisión fue un exitazo. Los alegatos de Lina –a nuestro modo de ver- derrumbaron los frágiles naipes radiales que el imperio armaba con especial cuidado. Esa vez, y valga la anécdota, ofrecí “en vivo y en directo” una microbiografía suya. Osé informar tanto su nombre completo como el año de su nacimiento. Herida en su orgullo femenino, entre ofendida y extrañada, clavó sus vivos ojos en los míos haciéndome dudar de lo “correcto” o no de mi proceder. Una leve media sonrisa de comprensión ante mi ingenuo atrevimiento, me ayudó a perder el miedo que ya empezaba a invadirme ¡en plena entrevista!

Un año más tarde, la saludamos –a solicitud de Humberto, su compañero de vida- a través de los micrófonos “porque ella está oyendo la emisora vale, y está muy enferma”.

Luego, fue imposible no seguirle la pista, pues -para bien o para mal- tuvo los atributos típicos de una noticia, asunto que siempre supieron los medios a los que ella jamás temió


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Ildegar Gil

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