La rebelde sumisión

Al final, puede que el Poder instrumentalice, resignifique, metabolice y reencauce como energía auto conservadora el malestar, la protesta y los atisbos de rebelión que se producen en el hastío de la sobrevivencia. Y no es que siempre lo logre, pero es seguro que siempre lo intentará y esta no es una excepción. Una rebelión domesticada, desarrollada en los límites precisos de inocuidad y asepsia que el performance seudorevolucionario requiere para insuflar ánimo en las desmoralizadas y confundidas tropas que brindan soporte a su existencia, está imposibilitada de producir ningún cambio sustantivo en una correlación de fuerzas determinada o en un escenario de confrontación hegemónica específico. Al menos no en el sentido de lo que históricamente se ha conocido como cambio revolucionario. Desde allí solo es posible la construcción de una Épica de la Nada, adelantada por agentes programados y teledirigidos por el propio Poder, dóciles y sumisos aun en su pretendida radicalidad cuyo verdadero papel consiste en ser conminados a poner día a día el lomo y la sangre que la maquinaria del poder necropolítico necesita para seguirse encumbrando, sosteniendo y pareciendo una Revolución de verdad.



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