El móvil por el que asesinaron a Mónica

El tema del asesinato me ha apartado con este artículo de mi novela Acatalepsia, empresa nada fácil en la que me encuentro cuando lucho por alcanzar escribiéndola que algo sin sentido alcance, tenerlo sin embargo, por la misteriosa urdimbre que es capaz de tejer la palabra mediante el lenguaje; así como la realidad se empeña en perderlo por la misteriosa urdimbre que es capaz de tejer, el hecho cotidiano, mediante otro lenguaje: el de lo absurdo.

Pero ante todo debo felicitar a Aporrea. A ese equipo inteligente de luchadores y luchadoras incansables por una causa definitivamente ensalzable: por la verdad, esté o no del lado de la Revolución y siendo todos revolucionarios. Sin ofuscaciones, sin barreras que no sean a las violaciones conscientes o no a principios que defienden con ardor a favor de la dignidad humana. Incluso creo que sospechaban que tenía yo algo de homofóbico y sigo sospechando que algo de discriminador racial creen que tengo sin saber que un bisabuelo negro hay en mi genealogía: caraqueño, médico de recalada en Guanape por razones políticas, pero además, surto, bondadoso y altruista…

Pedro Celestino Muñoz es su nombre. Pero también por haber barruntado, mediante un artículo inevitablemente plagado de sátira, que en las pompas fúnebres de Mandela Obama estaba en algo sacrílego con una catira desembarazada: la primera ministra de Dinamarca, que bien pudo haber hecho pensar a Michelle, en tan grande y solemne circunstancia, que aún en Sudáfrica, hay aparthaid… Y no estaba descaminado dicho artículo, porque al parecer Michelle le pedirá a Barack el divorcio en 2016. Aporrea ha logrado entonces así, milagrosamente, poner en evidencia la pulcra musicalidad de la estupidez humana. Y con ello habrá de lograr que los venezolanos y venezolanas seamos cada vez mejores, porque con este portal tengo la esperanza de que hayamos podido definir y concienciar lo que significa la verdadera libertad de expresión.

Y la verdadera libertad de expresión es lo que hará que podamos saber quiénes somos en realidad. Y eso constituye una deuda que Venezuela tendrá con Aporrea por muchísimo tiempo. Porque he dicho que entre la nada, y la verdad absoluta, lo que hay es un cosmos de banalidad y de cristalina estupidez… Y que pareciera que venimos de la nada, al tener una historia tan trágica no obstante lo gloriosa… ¿Es qué acaso los venezolanos y venezolanas creamos una sociedad para la desaparición de la honradez, de la integridad, de la austeridad y de la bondad; en fin, una sociedad carente cada vez más se seres de genio cuando ha sido fecunda en ellos? ¿Debemos llegar a esa conclusión? ¿No es Chávez y ahora Nicolás dentro de su proporcionalidad histórica, un oportuno retorno de la honradez, de la integridad, de la austeridad y de la bondad? ¿No es posible pensar que Chávez es el nuevo punto de partida para detener el desarrollo de nuestra sociedad, que luce hoy más bien como supresora de la virtud? ¿Es que acaso el Estado burgués de hoy, ocurrido el incendio, debe ser el que, llegados los bomberos, deje la moralidad entonces en manos de la compañía de seguros? ¿O es qué acaso debemos permitir que el asesinato por amor en Venezuela se convierta (si es que ya no lo está) en un chancro fagedénico?

Porque si continuamos así tendremos que tomarnos de las manos y asistir a la gran galería del asesinato incluso poseídos de deliciosa admiración en lugar de ejercer la crítica en provecho de su drástica disminución. ¡Qué viva Aporrea! Y a los científicos sociales, que afilen aún más sus escalpelos para ver si algún día nos hacen comprender cabalmente, mediante una inteligente disección, al mundo en que corremos el grave riesgo de terminar asesinados por amor… Porque siempre he dicho que desde que aquel primer humano dijera haber asesinado a su víctima, porque la amaba, de allí en adelante quizás todos los que han asesinado (desde entones, hasta hoy) seguro estoy de que lo han hecho por amor… Por amor a alguien… A la víctima, por supuesto o a algo que pudiera estar o no relacionado a ella. No necesariamente, o estrictamente pues, por amor a ese alguien asesinado. ¡Pero por amor siempre! Que quede bien claro. De allí que el gran responsable universal de los asesinatos sea el amor… ¿Conocido entonces motivo más fútil e innoble que el amor, para matar a un congénere? ¡El bendito amor, chico, que tanto aparentemente nos sublima el alma! Este impalpable concepto que en primacía el DRAE define como principio que da forma y organiza el dinamismo vegetativo, sensitivo e intelectual de la vida… (Presuntamente humana, en nuestro caso).

El varón asesina a su hembra porque la ama, porque no soporta verla bajo otro varón. La hembra asesina a su varón, o a la otra hembra de su varón, porque lo ama, porque no se resigna verlo sobre otra hembra. El amor siempre presente en semejantes asesinatos. Asesinatos pasionales. La pasión del amor los lleva a disparar, a acuchillar, a envenenar; en fin, a exterminar… El asesino de calle asesina por amor al dinero —en el sentido más amplio— que lleva o cree que lleva su víctima; o al realce que porta su víctima, o por amor al carro que maneja su víctima y muchas veces, o tal vez la mayor parte de las veces, es un adolescente manipulado que ama profundamente la marginación o negación a la que lo someten otros prejuicios sociales distintos a los de su grupo marginado. Porque seguramente no se asesina por odio a nadie, sino por amor a todo. Y es posible que hasta cuando uno mismo se asesina lo más seguro es que lo haga por amor a una libertad que nunca se alcanza conocer, sino que se presume que existe: la libertad esa de las garras de la apatía, del desgano morboso. Porque también se asesina por amor a la libertad: te asesino porque no me permites ser libre como quiero ser… Y lo peor es que en tales circunstancias quienes resultan también asesinados son los niños y niñas que para peor tragedia andan en busca o aprendiendo a ser libres.

También resultan asesinados, por amor a dicha libertad, por asesinos que asesinan buscando igualmente la libertad. ¿Pero la libertad de qué? Puede que la libertad de asesinar por amor, la causa generatriz de todo asesinato. Se asesina para desahogar. Sobre todo la arrechera… Se asesina a la madre por amor a un megalómano, como se declaraba Himler dispuesto por amor a Hitler y quien regalara una casa a una amante con muebles hechos a base de huesos humanos; incluso se llega al extremo en Venezuela de quemar el dólar que, en fin de cuentas es un asesinato, por amor a depositarlo allende las fronteras, o por amor a un bolívar conspirativo y por ende contraproducente, paradójico y desacertado. Y mucha gente trascendente, que hoy vive en el recuerdo de los siglos, casi fue asesinada. Otra terminó complaciendo a su asesino. Bolívar casi resulta asesinado por el amor que sentían sus asesinos por lo pequeño. A Descartes de 26 años, y por impaciente y viajero inquieto, casi lo asesinan unos bongueros saliendo de Gluckstadt o de Hamburgo hacia Friezland, por lo que el mundo de casualidad no se priva de la filosofía cartesiana. Kant en cambio —que ambición alguna manifestó en este sentido— se salvó más milagrosamente (de morir asesinado) que cualquiera otro… exceptuando a Descartes, claro. Y todo quedaría expuesto en una truculenta versión alemana de cómo ocurrieran los hechos. No así cupo en suerte a Sucre, cuyos asesinos fueron los mismos frustrados, en el caso de Bolívar.

Tampoco a Gaitán, que fue asesinado por amor a su ausencia física y a la de su deslumbrante discurso. Spinoza hubo de morir luego de haberse tomado un caldo de gallo viejo que le prescribiera un médico misterioso, y muy enamorado por cierto de su dinero. Algunos no logran explicarse cómo Hobbes no fuera asesinado luego de tres intentos: la primera por haber repartido un pequeño manuscrito en defensa del rey contra el parlamento; la segunda cuando huido a Francia, se le ocurrió escribir Leviatán convencido de que las espadas de los caballeros irían por su garganta, y la tercera, cuando de vuelta a Inglaterra también temiera por su vida por haber escrito Leviatán y uno que otro texto imperdonable. Y Malebranche (se sabe dizque mediante una segunda auténtica versión) fue asesinado por el Obispo Berkeley molesto por su mala educación y además porque no se retractara de su doctrina de las Causas Ocasionales, lo que activó la obstinada intransigencia de su tan calificado asesino. Leibniz no fue asesinado, pero se cuenta que murió en parte de miedo a que lo asesinaran, y en parte de resentimiento porque no lo asesinaban… A Mónica la asesinaron por el amor que sus asesinos le tenían a su bondad, a una bondad que sabían que quizás nunca llegarían a tener porque nunca la conocieron ni referencialmente. Porque se puede llegar hasta el absurdo de amar lo imposible, y por tanto asesinar por amor a un imposible… Seguramente le preguntaban sus asesinos, en un diálogo intemporal e incomprensible: ¿Qué derecho tienes tú Mónica de poseer esa bondad tan discriminadora? ¿No entiendes que nosotros amamos la discriminación tuya, porque para ti nosotros nunca podríamos ser bondadosos? ¿Para qué entonces tu bondad? Por tanto te asesinamos para que contigo muera esa bondad tuya tan ofensiva hacia nosotros.

Pero entiende Mónica, que te asesinamos por amor, como quizás algún día nos asesinen a nosotros por amor a algo. Por amor a la justicia, pudiera ser, porque la justicia también asesina pero con su cierto y misterioso contenido moral…
Por favor, no continuemos asesinando por amor. Mejor odiemos el asesinato para salvarnos por amor a una vida feliz.


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Raúl Betancourt López


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