La industria cultural, un producto en el capitalismo avanzado

INTRODUCCIÓN

La expresión "industria cultural" fue empleada por primera vez por los teóricos de la Escuela de Frankfurt, que intentaba recoger así el cambio radical que se estaba produciendo tanto en la forma de producción como en el lugar social ocupado por la cultura. Theodor Adorno y Max Horkheimer, en el libro "Dialéctica de la ilustración", en el capítulo "La Industria Cultural: la Ilustración como engaño de las masas"entre otros, profundizan sobre la cultura y los procesos industriales.

En este sentido, prosiguen Adorno y Horkheimer en su análisis diciendo "que las grandes agencias o monopolios de producción cultural se articulan como un todo, se ensamblan como piezas de un sistema. La producción musical, editorial y cinematográfica está orientada por una misma lógica, y guarda entre sí la coherencia que les da un estilo compartido. Pero, a su vez, la Industria Cultural está relacionada con otras instancias y su dinámica productiva. Mantiene mutuas dependencias e imbricaciones con empresas monopolistas de otras esferas, formando parte de una gigantesca maquinaria económica" (1998,172).

Lo que en esos años de mediados del siglo .XX se hacía evidente para la Escuela no era tanto la mercantilización de la cultura o la aplicación de procedimientos industriales a la producción cultural (procesos ya iniciados mucho antes), sino dos factores que habrían de resultar decisivos en la conformación del citado cambio: la expansión del mercado cultural que, progresivamente, iba dando lugar a una forma especial de cultura, la llamada cultura de masas.

Consecuencia más importante del proceso de mercantilización de la cultura es la fusión de cultura y entretenimiento. Se busca escapar al aburrimiento con nuevas principios de organización del trabajo a la producción cultural, experiencias, buscando lo fácil y superficial, sin esfuerzo. Así, más que diversión se da una reproducción y confirmación de las formas de vida dominantes, existiendo una función social en la diversión comercializada. La paradoja que representa el tiempo libre regido por la industria cultural es que reproduce los esquemas del mundo laboral. En la diversión ofrecida por la industria de la cultura se tiende a borrar exigencias o pretensiones inesperadas dirigidas a un pensamiento independiente propio de sujetos autónomos, haciendo que los consumidores sean pasivos y, sobre todo, consumidores, propiciando reproducir modelos de asociación recurrentes y estereotipos repetitivos e impidiendo la oposición crítica como forma de consumo cultural.

Partiendo de los supuestos anteriores, Manuel Castell (1999) apuntó "El mundo de los negocios observó la tendencia y aprovechó la oportunidad. Se realizaron megafusiones y se movilizó capital a lo largo del mundo para tomar posición en la industria de los medios, una industria que podía unir el poder en las esferas económica, cultural y política".

DESARROLLO

El papel del Estado ha evolucionado conforme se producían cambios en la magnitud, características e interdependencias de la Industria Cultural. Desde la

segunda mitad del siglo XX la Industria Cultural se encontraba fuertemente vinculada al Estado; el cual bien se convertía en promotor de eventos culturales, bien ejercía una censura en determinados medios o bien asumía la gestión directa de los nuevos medios de información (particularmente la televisión). Tal intervención resultaba propia de un Estado que pretendía garantizar el acceso a la información, educación y ocio de todos los ciudadanos. En consecuencia el Estado llegaba a asumir varias funciones: desde gestor de productos culturales hasta incitador de actividades culturales que resultaban escasamente rentables para el sector privado.

Pero desde la década de los ochenta el Estado cambia su función de promotor gestor por la de regulador o árbitro en un mercado crecientemente liberalizado. E incluso se establecen relaciones, poco claras, entre grupos multimedia y gobiernos o partidos políticos. Esta vinculación entre Estado e Industria Cultural se vio notablemente alterada con la propuesta de transnacionalización de los productos culturales presentada en 1993, en el seno de las reuniones del antiguo GATT, hoy OMC (Organización Mundial del Comercio). Pronto afloraron dos puntos de vista radicalmente opuestos.

De una parte, los bienes culturales se consideran productos para el entretenimiento, similares, a efectos comerciales, a cualesquiera otros productos y por lo tanto sometidos por entero a las normas del comercio internacional. Postura defendida por los Estados Unidos en donde la Industria Cultural recibe el mismo tratamiento que cualquier otra actividad industrial (ya sea el sector del acero o el de la industria automotriz) y desde donde las políticas de subvención cultural practicadas en otros países son calificadas de proteccionismo comercial. De otra parte, la postura defendida por Francia y otros países de la Unión Europea, señalando que los productos culturales se consideran activos, que transmiten valores e ideas, es decir, instrumentos de comunicación social que contribuyen a modelar la identidad cultural de una comunidad determinada. Por ello tales productos deben excluirse de los acuerdos comerciales internacionales.

No obstante el planteamiento central de Adorno y Horkheimer es que la cultura ha sufrido un profundo proceso de degradación en las sociedades del capitalismo avanzado, derivado de las características y condiciones mismas en que se produce. Las potencialidades expresivas, creativas, la calidad del lenguaje artístico o sus potencialidades liberadoras han desaparecido. Avanzamos hacia un mundo caracterizado por la barbarie estética. Esa es la marca que imprime la Industria Cultural a los productos simbólicos que diseña, crea y distribuye.

CONCLUSIONES

La Industria Cultural se orienta, como otras, en función de la obtención de dividendos y beneficios económicos. Sus productos, los bienes culturales, pasan a ser simples mercancías. Por ello, contrastan enormemente con la función y orientación que tuvo siempre el arte a lo largo de la historia. En las sociedades contemporáneas la lógica mercantil atraviesa la creación artístico-cultural, y así, constriñe sus potencialidades y su autonomía.

El análisis exhaustivo y la crítica penetrante de algunas de las tendencias que comenzaban a delinearse en el nacimiento de la Industria Cultural, no solo continúan teniendo vigencia sino que en gran medida deben actualizarse en virtud de la agudización de éstas a partir de los procesos de globalización de corte neoliberal.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:

BRICEÑO, Y.: La escuela de Frankfurt y el concepto de industria cultural. Herramientas y claves de lectura. Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales, vol. 16, núm. 3, septiembre-diciembre, 2010, pp. 55-71. Universidad Central de Venezuela. Caracas, Venezuela

CASTELLS, M. :(1997) La era de la información. Economía, sociedad y cultura. Vol 1. La Sociedad Red. Madrid, Alianza

CASTELLS, M. (1999). La era de la información. Vol II. El poder de la identidad. Siglo XXI editores. México, 1999.

SAMPEDRO, J. Testimonio: El desarrollo, dimensión patológica de la cultura. Publicado en la Revista Desarrollo. N° 1. Madrid.1982.

Universidad Bolivariana de Venezuela.

Doctorante 

alivizcaya2009@gmail.com 



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