Vencer el tiempo

Vencer a un año difícil debe traer alguna felicidad. Al menos un alivio. El humano es el único animal que vive en constante combate contra el tiempo. Los demás van con él de la mano casi sin notarlo, mucho menos anotarlo.

Pero el sapiens se empeña en competirle, sufriendo más que cualquier otra criatura su aplastante andadura; creemos ingenuamente que el tiempo pasa, cuando lo que realmente sucede es que se nos echa encima como una carga demoledora, ciertamente inocente, imparcial, más no igualitaria.

Nada más utópico que aspirar domar el brioso unicornio alado de las edades. Nada más iluso, aunque la experiencia nos demuestra que sin perseverancia no hay éxito: que la terquedad ha sido casi siempre la mejor aliada de las victorias.

Recordemos, por ejemplo, a aquel "hombre de las dificultades" que tras un terrible terremoto amenazó con dominar la naturaleza y sintió cumplir su maravilloso despropósito al instante de delirar en la cúspide de la Tierra; ese que al atravesar un ancho y caudaloso río, plagado de pirañas y caimanes, con el enemigo a sus espaldas disparándole, no se echó a jadear sino que se orilló a compartir un plan concebido mientras nadaba frenético y que al pasar dos años ese plan fue realidad; el mismo que en Pativilca, postrado de enfermedad, delirante de fiebre y con aire flemático, exclamó su determinación de "¡Triunfar!".

Hasta en la vida más sencilla se pronuncia con torrentes esta tendencia a contradecir lo inexorable. "Pasar el día a día", responde el pobre interpelado por la miseria. "Sobrevivir", se dice quien apenas aspira existir. "Soñar con un mejor mañana", suspiran las almas optimistas.

Vencer cada año, pasar los solsticios y equinoccios, las doce lunas, el ciclo solar, los miles de giros del reloj de arena, la lenta danza de las sombras de frondosos vegetales frente a las batientes embestidas del viento, la rigidez geométrica de las sombras urbanas donde los fieros hormigones descansan sobre el pavimento; el andar somnoliento de las ciudades trasnochadas, el ruido que truena ante nosotros y en segundos ya es pasado, la noticia fugaz que sin embargo se nos queda en el repertorio de lo sabido, ese amasijo ingobernable de memorias que no nos deja llegar vacíos al futuro.

El tiempo, ese espacio etéreo donde todo transcurre, ese implacable devorador de lo impreciso, esa ánfora infinita que nos contiene como a gotas de vino o granos de maíz, esa dimensión inextricable a la que nos aferramos en pasión de vida y misterio de muerte, que el labrador calcula en cosechas, el agiotista en ganancias, la embarazada en ilusiones, el reo en cuotas de su condena, el obrero en jornadas sudorosas.

El año al fin concluirá, la noche será igual de oscura y el amanecer vendrá con su brillo coloquial, pero creeremos en el convencional calendario, por fuerza de la costumbre, por no ser tan disonantes en la armonía aparente que entre luces de bengala, parabienes, cánticos y abrazos volubles, esconde murmullos de guerra.

La humanidad ha caminado a tientas sobre el filo del abismo, las más de las veces desprevenida, como hoy, cuando el gremio monacal gesticule y balbucee su ritual cansino; a esas leyendas salvadoras se aferrará el cándido orbe mil veces engañado.

La doctrina de la sumisión es el abono que fertiliza la opresión. Un puñado de avaros se traga por sus anchas fauces el sueño de la igualdad: clímax del amor.

Volviendo la mirada a las marcas del tiempo, veo a las ciencias sumando luces liberadoras, veo y rescato las sabidurías ancestrales de pueblos derrotados por el triunfo momentáneo de superioridades belicosas, más no vencidos porque están aquí con nosotros enseñándonos otra mirada del cosmos, otra pluriversidad de compartir con el tiempo sin el morbo del supremacismo homocéntrico impuesto por los mitos alienantes del judeocristianismo romanizado a través del hierro candente de los imperios.

Un nuevo paradigma de vida revive desde las añejas tinajas de pueblos originarios: veneración de la ancestralidad, profunda ética ambiental y visión comunitaria de la propiedad. El rango de ese sistema social que anhelamos para todas y todos, es el equilibrio entre el buen vivir personal y el bien común del colectivo. La paz se gesta y recrea sobre la comprensión y aceptación del otro, la ignorancia es fuente de sospecha, la duda origen del miedo, y éste del odio, detonador de la violencia.

Midamos al tiempo en actos de vida. Calculemos las horas en amor por la existencia. Seríamos más felices si nos conmoviera la infinitud de la piedra con que si hizo la primera chispa hacedora de fuego o la liviandad con que nos asombra el perfecto vuelo de los colibríes. Un minuto de solidaridad nos hará más fuertes y sanos que muchos millones en cuentas bancarias mal habidas. Imaginemos el bien que nos hace una vida sinceramente solidaria. Pensar que cada minuto sea un poema a la hermandad y cada día una canción a la belleza creadora que nos regaló la naturaleza.

En la cultura del pueblo añú originario del Lago Maracaibo (Tinaja del Sol), existe el sustantivo "Arei" (o "Arein") que se verbaliza al juntarse con pronombres y otros recursos gramaticales en rol de prefijos y sufijos. Esta palabra mágica hace referencia al gen espiritual que nos impulsa a la creación poética, literaria, musical, artística. Es una herencia magnífica del ancestro arahuaco que también compartimos con pueblos de la costa venezolana y las islas del mar antillano, donde quedó el término "areito", como huella probatoria de lo que afirmo.

El arein me hace escribir estas notas. No busco dictar cátedra, sólo decirles que podemos ser mejores. Esta es mi creencia y mi refugio sanador que deseo obsequiarles ahora que las formalidades establecidas nos dicen que un año (difícil) termina y otro (esperanzado) comienza. Bendito amor que nos inspira.

Yldefonso Finol (MARACAIBO, 31-XII-2019)



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Yldefonso Finol

Economista. Militante chavista. Poeta. Escritor. Ex constituyente. Cronista de Maracaibo

 caciquenigale@yahoo.es      @IldefonsoFinol

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