El desarraigo trae cola

El concejo comunal debatió el tema de las colas hasta bien entrada la noche. Al final, quedó asentado en acta, como acuerdo al filo de la mala hora, que en los días por venir, los vecinos se abstendrían de concurrir a los dos o tres comercios locales, que obligaban a sus clientes a pernoctar a las afueras de sus instalaciones haciendo colas; hasta tanto vencer las razones, por demás inducidas, que las mantenían.

Al despuntar la madrugada del día siguiente, en los lugares acostumbrados, fueron apareciendo como por artilugio, las oníricas filas de personas que ya a las seis de la mañana, se convertían en las enormes colas que el concejo comunal por razones de conciencia, había pulverizado, en teoría, la noche anterior.

El poder popular concientizado, había colocado los papelógrafos en los puntos estratégicos, había enviado los mensajes de texto a la totalidad de la data establecida. Su comité de comunicación, agitación y propaganda, no durmió. Anduvo de arriba abajo haciendo lo necesario. Sin embargo, la luz del día los enfrentó a la cruel realidad: las persistentes colas no solo eran aparatos nocturnos, trascendían al día en su versión más concreta.

No obstante, los empecinados militantes comunitarios, megáfono en mano, arengaron, recordaron los acuerdos, hicieron los llamados pertinentes, rayaron en la súplica, pero nada, no se disolvió la gruesa columna que a punto de medio día, a sol batiente, efervescía y se reciclaba como buena cola que se respeta.

Pero ¿Quiénes eran estos tenaces seres en la cola? ¿Acaso ninguno había asistido a la asamblea? ¿Ni les había llegado la información de alguna manera? ¿Por qué esquivaban las miradas o se hacían los paisas?

¿A qué se enfrenta un concejo comunal en estas circunstancias? ¿Qué es lo que desconoce? El siguiente tema debatido con carácter de urgencia fue: El desarraigo.
Dícese de la condición mediante la cual, la persona, al ser obligada a separarse de su espacio de origen, pierde o no experimenta el nexo afectivo que debería desarrollar entre esta y el nuevo entorno que le da cobijo. Existen múltiples factores que inciden para que este fenómeno se dé. Entre ellos, el de más poder, es el de la violencia por razones económicas. Unas veces tiene apariencia política, pero en todas termina siendo un problema cultural.

La Patria es el amor que siente un individuo por la tierra (y sus símbolos) que lo vio nacer. Su conceptualización la han pretendido claudicar ante la imposición de los intereses de la globalización, valga decir, los intereses mercantiles mundiales. Al igual que han hecho con otras ideas que identifican a los individuos con su pueblo, su estado, su país, su nación. Pero como toda manifestación primaria, esta se mantiene en la esfera de los instintos. Es casi un acto reflejo amar y defender el terruño que nos da la vida.

En tal sentido no ahondaremos en la frase “¡…pero tenemos Patria!” del bagaje político escuálidista, por su inutilidad. Solo agregaremos que la Patria se deja de tener, entre otras razones de semejante o peor gravedad, cuando se invoca para ofenderla. De todas formas hay un buen número de venezolanos y venezolanas nucleados en el sector oposicionista, que tienen el derecho a entender y expresar sus ideas de patria como mejor les parezca, al fin y al cabo, quiéranlo o no, están en la suya. Siempre y cuando sus acciones estén ajustadas a las consecuencias que se derivan del marco constitucional que la rige. En ellos notamos las peligrosas repercusiones de un desarraigo cultural producto de un incesante ataque colonizador que ha hecho naufragar a consecutivas generaciones resumidas en una jerga tan adolescente como como absurdo: “me iría demasiado”. Las que ven satisfechas el ideal de sus aspiraciones allende las fronteras. Con ello tendremos que lidiar. La democracia viva, participativa y protagónica de la República Bolivariana, así nos lo exige.

Lo grave es que el desarraigo y sus manifestaciones de desamor, sin compromiso de ninguna especie, de apatía, de desidia, de caos y violencia, de viveza foránea, de oportunismo grosero, aparezca en otro buen número de personas que solo ven en Venezuela un tránsito de uso; al que no se quiere ni se respeta, al que no se le es leal y se traiciona, al que se utiliza y se abandona, y es objeto de burla por lo tonto e ingenuo. Al que se le muerde la mano y se le exige con encono, más que al gobierno que los expulsó. De ellos hay unos cuantos millones que son un verdadero problema de seguridad nacional. Los que sueñan en las colas con las fáciles lucas que enviaran a sus países de origen. Con ellos el socialismo del siglo 21 también lidiará con el interés supremo de proteger al pueblo venezolano.

El chavismo es poder cultural


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Milton Gómez Burgos

Artista Plástico, Promotor Cultural.

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