27 de febrero: Venezuela, Chile y los televisores

Venezuela, 1989. Chile, 2010. La derecha, en ambos casos. El neoliberalismo, en ambos casos. El libre mercado, en ambos casos. La pobreza, en ambos casos. Los medios de comunicación, en ambos casos. El lenguaje indolente, en ambos casos. El miedo a los pobres, en ambos casos. Las hordas, en ambos casos. Las armas y las barreras protectoras, en ambos casos. La insensibilidad y el egoísmo, en ambos casos. La policía y el ejército, en ambos casos. La represión, en ambos casos. El orden público, en ambos casos. La protección a la inviolable propiedad privada, en ambos casos. El toque de queda, en ambos casos. Los supermercados y las tiendas de electrodomésticos, en ambos casos. Los saqueos, en ambos casos. La leche, el agua y la comida, en ambos casos. Las neveras, las lavadoras, los equipos de sonido y los televisores, en ambos casos… Los televisores simbolizan la cultura capitalista. Desde ellos, desde las noticias que vemos en los televisores, observamos una realidad deforme. Cóncava o convexa. Imágenes repetidas mil veces. Mensajes con contenido ideológico. Los reporteros y los narradores de noticias nos explican, conmovidos, que se puede entender que se saquee un supermercado, que se viole el recinto sagrado de una propiedad privada, en busca de alimentos, para satisfacer una necesidad humana básica, pero que no existe justificación alguna, ni perdón de la sociedad, ni de Dios, si se roba un televisor. Esto ya es pillaje, barbarie o delincuencia. Nos lo explican, una y otra vez, con expresiones de profunda consternación. La tragedia de un terremoto que viene de causar cientos de muertes, miles de heridos, destrucción y desolación es trastocada, grotescamente, en la imagen, repetida una y mil veces, de un televisor en los hombros de una persona anónima. ¡Poco importa, cuántos televisores son! Esto es irrelevante, ante la magnitud de una tragedia y el dolor de miles de seres humanos. Pero así es el capitalismo, por eso muchos luchamos por el socialismo, con todas las contradicciones que su difícil construcción pueda tener y con ciertos dogmatismos que, a veces, le son propios, por falta de claridad ideológica. Seguramente, no son más de una decena de televisores, aunque la propaganda diga lo contrario. La imagen televisada, repetida, los multiplica por miles. Al capitalismo, realmente, le importa por igual, el televisor que el pote de leche. Le importa la propiedad privada. Un gimnasio lleno de electrodomésticos recuperados es un oasis de alegría. No importa que el hambre y la sed persistan. Esta es la realidad. Lo demás es hipocresía. Las televisoras privadas haciendo “teletones”, con artistas y cantantes populares, para recoger fondos. Los empresarios llevando grandes donativos, diciendo lugares comunes como “los chilenos nos crecemos con la adversidad” o gritando “fuerza Chile”. La vulgaridad en medio del dolor. Pero cuando Fidel, Chávez, Evo o Correa dicen alguna de estas verdades, el mundo capitalista y sus medios se horrorizan y pegan el grito al cielo. Surge la explotación mediática, vulgar y grotesca, de la dolorosa muerte de un Zapata Tamayo o la Audiencia Nacional de España con su etarra, perfiles “políticos” incluidos. Así es el capitalismo, vale un televisor…


Clase Media Revolucionaria
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Reinaldo Quijada


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