Un caso digno del psicoanálisis pero también del humor político

En un caserío viven dos campesinas que son hermanas de padre y madre que nunca antes se habían interesado en incursionar en la política, jamás se habían preocupado por los problemas del país y menos de lo internacional. Nunca habían escuchado los términos compatriota ni escuálido. Compraban en las bodegas los alimentos sin saber que se trataban de mercancías. Todo su tiempo lo invertían en tratar de servir, bajo las reglas de la economía doméstica y esclava, a los hijos y cada una a su esposo. Sin embargo, siempre mantenían las más cordiales relaciones familiares. No había ideología atravesada en sus mentes. No conocían a Marx ni jamás habían escuchado decir que Jesucristo había sido el primer socialista. De Bolívar sólo sabían que era el Libertador de Venezuela pero que jamás lo han visto pasar por el caserío. Nunca han observado, con sus propios ojos, a un arzobispo pero creen en Dios con un estoicismo extremo. Siempre habían creído que un jefe civil se nombraba para que tomara aguardiente con los pobladores y se comiera una ternera sin pagarla con la facultad de ser padrino de todos los chamos recién nacidos. Carlos Andrés Pérez –para una- y Rafael Caldera –para otra- eran los nombres más conocidos y populares del caserío. Eran ya iconos de altares al lado del señor Jesucristo. La palabra de un viejo valía más que un quintal de café o una buena mula.

Lo cierto es que desde apareció Chávez en la palestra pública y, especialmente, a partir de haber ganado la presidencia de la república, las dos hermanas se abrieron –preventivamente de manera antagónica- en dos bandos: una, chavista ciento por ciento y la otra, antichavista ciento por ciento. Todos los días se presentan discusiones radicales a favor y en contra de Chávez. Una, la chavista, acusa a la otra de seguir siendo un residuo de la Cuarta República y la otra, le responde que la Quinta República de Chávez es el único quinto malo que conoce. Las relaciones familiares entre las dos hermanas se fueron deteriorando hasta el punto que prácticamente se rompió la comunicación entre ellas sin que medie, es la verdad, ninguna convicción ideológica o doctrinaria proletaria o burguesa pero, se colocan, una a la otra y la otra a la una, sal detrás de la puerta con una escoba al revés. Sin haberlo estudiado no salen del silogismo de la vida diaria que va de mayor a menor y llega a la conclusión sin que les importe algún argumento científico de explicación en sus creencias.

No hay de por medio una verdadera expresión de lucha de clases material sino de simple sentido común con todas las fallas que se le quieran etiquetar. Una, sostiene que “el socialismo tiene que ser bueno porque lo propone Chávez” y, la otra, replica diciendo que “el socialismo es malo porque lo propone Chávez”. Contradicción sin fundamento científico, pero contradicción al fin y al cabo. Las dos son, repito, campesinas y viven del modesto trabajo agrícola de sus esposos en unas pocas hectáreas no muy bien aptas para el cultivo. Relación afectada igualmente en lo religioso, porque entre una y la otra se acusan de que no el mismo Dios de una que de la otra. “Si Dios no está con Chávez, no es mi Dios”, dice una y la otra responde “Si Dios está con Chávez, no es mi Dios”.

Lo paradójico de las dos hermanas:

Lo verdaderamente contradictorio e interesante viene a continuación. Lo cierto es que la crisis de energía eléctrica que vive el país y que ninguna de las dos campesinas hermanas sabe explicar ha venido a acentuar, desde el punto de vista exclusivo de la teoría, la contradicción entre una y la otra. Una, acusa a Chávez de ser el culpable de los apagones o racionamientos de energía eléctrica y la otra, afinca su puntería en culpar a la cuarta república incluyendo a su ídolo anterior que era Carlos Andrés Pérez.

Hoy día la televisión llega, por lo menos, a casi todos los caseríos o parroquias del país. La antichavista, para argumentar la culpabilidad de Chávez en los apagones o racionamientos de energía eléctrica, criticó la presencia de Ramiro Valdez en Venezuela preguntándole a su hermana: “¿Cómo es posible que Chávez nos traiga a un criminal cubano para que nos resuelva el problema de electricidad cuando los cubanos se están quedando ciegos de tanta oscuridad? La chavista, le respondió, como si hubiese estudiado historia cubana, diciéndole: “Ese no es ningún criminal, es un compatriota socialista que nos envió Fidel, y eso es suficiente para que sepa de electricidad. Lo que sucede es que tu condición de escuálida no te permite reconocer la verdad”. Ningún argumento convence ni a una ni a otra. Por el contrario, más se afincan en rechazarse sus opiniones. Sin que se lo propongan o tengan idea alguna sobre ello, la una y la otra se fundamentan en un sofisma pragmático de escala cotidiana que suele confundirse al calor de la luz venida por energía eléctrica.

Sin embargo, la chavista, en defensa de su líder, descubrió un argumento que la antichavista, hasta ahora, no ha podido rebatir con éxito aunque siga condenando al presidente de la crisis energética y alegando que de gobernar Rafael Caldera la situación fuera distinta.

Antes de los apagones o racionamientos eléctricos las hermanas prácticamente no se comunicaban salvo para discutir acaloradas, cada una se aislaba en su habitación, hacían sus labores por separadas y hasta se maldecían en el silencio de las noches alumbradas. Con la oscuridad surgen necesidades que no se presentan cuando hay luz. Ahora, en la oscuridad las dos hermanas en vez de mantenerse aisladas en sus habitaciones se reúnen en la cocina de la casa bajo la luz de una vela que se hace más intensa cuando se está apagando. Eso hizo que la chavista descubriera y expusiera el siguiente argumento irrebatible para la otra aunque no lo reconozca abiertamente: “Gracias a Chávez que ordenó racionamiento de energía eléctrica ahora, tú y yo que hemos vivido peleándonos por posiciones políticas diferentes, podemos reunirnos en la cocina y compartir como hermanas que somos de un momento de diálogo que había desaparecido. ¿No te parece grandioso lo que ha logrado mi presidente Chávez?” La antichavista no respondió, pero sí sonrió.

En el fondo, de la una y de la otra, hay el deseo que el racionamiento, aunque las perjudique, sea más prolongado porque así tendrán mayor tiempo para compartir unidas rompiendo todos los obstáculos que con la luz se atraviesan en su diario trajinar como mujeres que viven sometida a los rigores de la esclavitud de la economía doméstica. Si bien, ambas hermanas respetándole sus opiniones, merecen ser estudiadas por el psicoanálisis, preguntémonos ¿acaso no es esa realidad una expresión hermosa del humorismo político?



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Freddy Yépez


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