Consecuencias de un Referendo Anunciado

Descontrol Psíquico



“¡Ay, Doctor! Que dolor más grande… que pesar tan pesado… que opresión tan oprimida… Casi tan grande que recuerdo justo ahora, que sentí lo mismo cuando Pepita se fue al reino de los cielos…” – Doña Zoraida Concepción Marsicobetre de Castillo, Zora para los íntimos y Doña Concha para los ajenos, recoge una lágrima en su pañuelo de seda sin dejar de admirar los destellos de la lámpara Art Deco que cuelga insólitamente centrada en el techo del consultorio de Arístides de la Torre; doctorado en psiquiatría ambiental en la Sorbona y postgrado en sismos psíquicos cosmológicos del síndrome vietnamita en la Yale University.

“¿Quién fue Pepita, Doña Zora, si me permite el atrevimiento de develar ese dolor tan grande que la embarga?... ¿Acaso un familiar cercano, un pariente descendiente o ascendiente?... Necesito llegar a su hipotálamo y, quien quita, si puedo matar dos pájaros de un tiro: Controlar su voraz apetito y rescatarla de tan grave depresión…” – Arístides hurga en los pensamientos parafrontales e hipertróficos que han acompañado a su paciente desde la asunción al poder de… ese individuo… que hoy ocupa Miraflores y que mejor es no recordarlo para evitar graves distrofias emocionales.

El olor a cuero del diván y la suave música nipona lounge que envuelve a Doña Zora, le permite gemir suavemente y hasta derrocha una lágrima más que reposa nuevamente en el pañuelo orlado de finas hebras doradas – “¡Sniff! ¡Sniff!... ¿Cuál familia, Doctor? Ni perra que fuera… Bueno, casi era como una de mis hijas… Era tan salerosa la Pepita; Chihuahua de pedigrí sin mácula en el historial y hasta bailaba el Cha-Cha-Cha… Pero, Nerón, ese mastodonte que dejó mi finado esposo bajo custodia notariada, se dejó llevar por la pasión de los cavernícolas y la violó sin compasión… Aún me sorprenden los ojos saltones de Pepita y la extraña sonrisa que reflejaba su hocico… ¡Buaaaaaaaa…!” – Un torrente de lágrimas mezcladas con la babosa excrecencia que manaba sin control de sus fosas nasales, obligaron a Arístides a alcanzarle una cajita de Kleenex que reposaba en su escritorio para estos casos de emergencia.

“Piense usted Doña Zora, que murió en paz con el cielo cubierto de ángeles caninos… De paso, Doña Zora… ¡Animosa la chihuaheña! ¿No?” – evitó, Arístides, sonreír con desparpajo – “Ahora, tratemos de ubicar el otro dolor… Ese que hoy la embarga y la retrotrae a amargos recuerdos…”

“¿Sabe algo Doctor?... Dediqué tanto tiempo, esfuerzo y concentración a las marchas, que llegué a creer en esos degenerados de la coordinadora ciegamente… ¡Tanto, Doctor!, tanto, que hasta llegué a pensar que Manuel Cova tendría un antepasado de la realeza Ashanti… Créame, Doctor. Estuve a milímetros de ordenar que le investigaran su árbol genealógico para probarlo frente a mis amistades… Ahora, tengo la absoluta certeza que ni a Kunta Kinte llega el desgraciado… Es que, definitivamente, en estos negros no se puede confiar” – Doña Zora ha secado sus lágrimas con rabia y dos hilos de rimel dibujan patéticos su rostro.

“Pero, Doña Zora, no puede usted negar que el fraude es evidente… María Corina me lo ha revelado en ese mismo diván que usted hoy ocupa…” – Responde Arístides presuroso.

“No me venga con vainas, Doctor… Esa es la primera frasquitera que se ha chupado los reales de los gringos dejando a todos como la guayabera… ¿Me va a venir usted con cuentos o es que cree que me voy a tragar eso de que hay más oligarcas que plebeyos?...” – Doña Zora se levanta violentamente y desprecia la mano que extiende Arístides – “…Como buena Zuloaga montó ese parapeto para jodernos. Mi marido, que Dios tenga en la gloria, bien me lo decía: Puedes oler la traición de esos malditos que están en los cerros, pero no hay nada peor que un mantuano al acecho… Esa es capaz de venir a derramar lágrimas de cocodrilo, y perdone que lo diga tan crudo, para que usted riegue sus lamentos… ¡Víbora, coño! Eso es lo que es, una víbora… Prefiero a Ramos Allup en pantaletas, que a esa carajita en la presidencia y vea que ese carajo tiene la boca como la vieja Mencha Salvatierra” – Busca a tientas un vaso de agua para aliviar la resequedad que le ha producido la rabia.

“Doña Zora, trate de calmarse, solo son dos años más y lograremos limpiar a Miraflores… - Replica calmado Arístides.

“La culpa la tenemos nosotros por permitirle a esos arribistas llegar al poder… ¡Buena vaina nos echaron los demócratas! Y no hablemos de Caldera que vino a soltar a ese mono en mala hora… ¡Jamás, Doctor! Jamás mis pies tocaron el distribuidor Altamira; jamás puse un pie en la calle sin que mediara un hotel, una fiesta en el Country o la entrada del aeropuerto internacional de Maiquetía… ¡Jamás tuve una ampolla y mi madre, que también la debe tener Dios en su regazo a pesar de las puterías que cometió, bien justificadas por cierto, nunca me permitió que sudara en vainas propias de la servidumbre… Y viene este carajo a sacarme de mis ocupaciones sociales para caminar trescientos metros frente al Cubo Negro… ¡Fin de Mundo!...” – Doña Zora saca del bolso una minúscula pastilla que inserta debajo de su lengua – “Arístides… Nos jodimos… O aguantamos a este Mandela comunista o nos vamos a pelear en Miami por la libertad de nuestra patria…”

“Veo que se siente usted mejor, Doña Zora…” – Calibra a su paciente el Doctor Arístides.

“¡Umh!” – Suspira Doña Zora – “Que tiempos aquellos, Arístides… Cuando estos negritos eran ingenuos y vivían en libertad…”


mario@aporrea.org
msilvaga@yahoo.com





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Mario Silva García

Comunicador social. Ex-miembro y caricaturista de Aporrea.org. Revolucionó el periodismo de opinión y denuncia contra la derecha con la publicación de su columna "La Hojilla" en Aporrea a partir de 2004, para luego llevarla a mayores audiencias y con nuevo empuje, a través de VTV con "La Hojilla en TV".

 mariosilvagarcia1959@gmail.com      @LaHojillaenTV

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