De funcionarios que no funcionan

Ultimamente he venido pensando que debe ser dificilísimo ser funcionario público. Incluso he llegado a pensar que les encargan tareas sobrehumanas sin tener en cuenta que los pobrecitos no son más que personas de carne y hueso, como tu y como yo.

Porque no me van a negar que sonreír y dar los buenos días requiere de un esfuerzo hercúleo; y qué decir de levantar la vista del escritorio lleno de papeles sin destinatario y mirar a la cara de quien está solicitando, digamos que, una información en una ventanilla identificada -¡Oh cruel casualidad!-, con un cartel que dice ‘‘Información’’. 

Si ya es difícil informar con amabilidad -o sin ella-, imaginen por un momento tener un cargo de mayor responsabilidad como la gerencia de esa misma oficina donde la informadora ni sonríe ni informa. Debe ser tan difícil que cuando uno ya ha pasado por tres colas en tres taquillas mudas y, al borde de un colapso nervioso, solicita hablar con el ‘‘encargado’’, te miran, -ahí si te miran todos- y con una sonrisa burlona te dicen que el gerente nunca está porque, como siempre, ‘’salió a una reunión con gente del ministerio’’

Y pienso en esos otros pobrecitos y me estremezco de pena. Si la taquilla de información es difícil, imaginen un ministerio llenito de taquillas, de computadoras que manejan los destinos de quienes las operan, de gente que, sin piedad, solicita todo tipo de documentos imposibles de obtener, gente que es incapaz de entender que el funcionario que chatea con sus panas en horario laboral no tiene la culpa de que a usted le haya dado por hacer una gestión.

Claro que nunca falta el funcionario que, carente de espíritu de equipo, se dedica a perturbar la paz haciendo bien las cosas y dejando muy mal parados al resto de sus compañeros. Ya sabemos que hay malucos en todas partes que hacen lo imposible -porque es imposible hacer lo que hacen- por sembrar la duda en el incauto ciudadano, convenientemente resignado ante la imposibilidad de las cosas, para incitarlo a rebelarse contra una burocracia tan sólida que diez años de revolución han podido apenas rozarla por encimita.

Ocupados con las siempre torpes maniobras de la oposición no vemos que la verdadera amenaza está adentro: La burocracia, como una termita voraz, corroe la credibilidad del gobierno y engorda a costa del desencanto colectivo.

A ver si fumigamos.

carolachavez.blogspot.com



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Carola Chávez

Periodista y escritora. Autora del libro "Qué pena con ese señor" y co-editora del suplemento comico-politico "El Especulador Precóz". carolachavez.wordpress.com

 tongorocho@gmail.com      @tongorocho

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