Delicioso despotismo

Delicioso despotismo
El dominio que Estados Unidos ejerce sobre el mundo no se funda exclusivamente en su incomparable poderío militar y económico, sino también en su capacidad de persuasión. Mediante la incorporación al imaginario colectivo de sus modelos culturales, la única superpotencia se instala imperceptiblemente en los cerebros igualando deseos y valores.



Los colonizados y sus opresores saben que la relación de dominación no está fundada solamente en la supremacía de la fuerza. Pasado el tiempo de la conquista, llega la hora del control de los espíritus. El dominio es más completo en la medida en que el dominado es inconsciente de serlo. Razón por la cual, a largo plazo, para todo imperio que quiera perdurar, el gran desafío consiste en domesticar las almas.

Antaño genocida (contra los indios), esclavista (contra los negros), expansionista (contra los mejicanos) y colonialista (contra los portorriqueños), Estados Unidos de América, sin duda cansado de su excesiva brutalidad, se propone en lo sucesivo instalarse pacíficamente dentro de las cabezas de todos los no-estadounidenses, y seducir sus corazones.

Tradicionalmente, y por curioso que parezca, es en Europa occidental donde este proyecto imperial se topa con menos resistencia. En primer lugar, por razones políticas: EE. UU. nació de la primera revolución democrática, la de 1776, que antecedió en trece años a la Revolución Francesa. Y también por razones históricas: ningún Estado de Europa -con excepción de Inglaterra en el siglo XVIII y de España a fines del siglo XIX- tuvo a EE. UU. de enemigo. Por el contrario, esta nación, "país de la libertad", recibió a millones de refugiados y de exilados europeos; y en tiempos de las dos guerras mundiales (1914-1918; 1939-1945), se comportó como amigo del Viejo Continente, con su decisiva intervención en favor de las libertades, contra las potencias militaristas o fascistas.

En 1989-1991, Estados Unidos ganó la guerra fría por knock-out frente a la Unión Soviética, lo que llevó a la caída del muro de Berlín y, mal que bien, a la democratización de los regímenes de Europa Central y Oriental.

En el plano geopolítico, Estados Unidos está ubicado en una posición de hegemonía que ningún otro país conoció nunca. Militarmente, su fuerza es aplastante. No sólo es la primera potencia nuclear y espacial, sino además marítima. Es el único en poseer una flota de guerra en cada uno de los océanos y de los principales mares del planeta. Y dispone de bases militares, de abastecimiento y de escuchas en todos los continentes.

El Pentágono gasta, a título de investigación militar, aproximadamente 31 mil millones de dólares. Tiene, en materia de armamento, varias generaciones de ventaja. Sus fuerzas armadas (1,4 millones de soldados) pueden identificarlo todo, seguirlo todo y escucharlo todo, en cualquier ámbito, en el aire, en tierra o debajo del agua. Pueden verlo casi todo sin ser vistas, y destruir un blanco con extrema precisión, tanto de día como de noche, sin verse ellas mismas amenazadas 1.

Washington dispone además de una impresionante gama de agencias de informaciones -Central Intelligence Agency (CIA), National Security Agency (NSA), National Reconaissance Office (NRO), Defense Intelligence Agency (DIA)- que emplean a más de 200.000 personas y cuyo presupuesto supera los 23 mil millones de dólares. Sus espías están activos en todos lados, todo el tiempo. Tanto entre los amigos como entre los enemigos. Roban secretos diplomáticos, militares, industriales, tecnológicos o científicos.

En el área de las relaciones exteriores, la "hiperpotencia" estadounidense dirige la política internacional y vigila las crisis en todos los continentes. Porque tiene intereses en todas partes y es la única que actúa sobre el conjunto del tablero planetario: del Cercano Oriente a Kosovo, de Timor a Taiwán, de Pakistán al Cáucaso, del Congo a Angola, de Cuba a Colombia.

El peso de Washington es asimismo decisivo en el seno de las instancias multilaterales cuyas opciones determinan la marcha del mundo: Organización de las Naciones Unidas (ONU), G7 (Grupo de los 7 países más industrializados), Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial, Organización Mundial del Comercio (OMC), Organización de Cooperación y de Desarrollo Económico (OCDE), Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN), etc. Pero dado que la preponderancia de un imperio, en el contexto contemporáneo, ya no se mide exclusivamente por las ventajas militares y diplomáticas, Estados Unidos también se ha asegurado el predominio científico. Como una bomba aspirante, absorbe cada año a decenas de miles de cerebros que acuden a sus universidades, sus laboratorios o sus empresas desde todos los puntos del mundo. Esto le permitió alzarse, en estos últimos diez años, con 19 premios Nobel de física (sobre 26), 17 de medicina (sobre 24) y 13 de química (sobre 22).

En cuanto al control de las redes económicas, EE. UU. también ejerce una supremacía indiscutible 2. Su producto bruto interno en 1999 fue de 8,683 billones de dólares. El rey dólar sigue siendo la divisa suprema, involucrado en el 83% de las transacciones de divisas. La Bolsa de New York constituye el barómetro financiero universal y sus sobresaltos, como los del índice Nasdaq en el pasado mes de abril, hacen temblar el planeta (Ver Tapa). Por último, el poder disuasivo de los fondos de pensiones estadounidenses -mastodontes que reinan sobre los mercados financieros- intimida a todos los actores de la esfera económica mundial.

EE. UU. es también la primera potencia cibernética. Controla las innovaciones tecnológicas, las industrias digitales, las extensiones y proyecciones (materiales e inmateriales) de todo tipo. Es el país de la Red, de las autopistas de la comunicación, de la "nueva economía", de los gigantes de la informática (Microsoft, IBM, INTEL) y de los campeones de Internet (Yahoo, Amazon, America on line).

¿Por qué una supremacía militar, diplomática y tecnológica tan aplastante no provoca más críticas o resistencias? Porque EE. UU. ejerce, por añadidura, una hegemonía en el campo cultural e ideológico. Detenta el control de lo simbólico, que le da acceso a lo que Max Weber denomina la "dominación carismática".

En varios ámbitos, Estados Unidos se aseguró el control del vocabulario, de los conceptos y del sentido. Obliga a expresar los problemas que crea con las palabras que propone (ver artículo de Bourdieu/Wacquant, pág. 12). Proporciona los códigos que permiten descifrar los enigmas que impone, y dispone a tal efecto de una cantidad de instituciones de investigación y de think tanks, con las cuales colaboran miles de analistas y de expertos. Quienes producen informaciones sobre cuestiones jurídicas, sociales y económicas en una perspectiva favorable a las tesis neoliberales, a la mundialización y a los círculos de negocios. Sus trabajos, generosamente financiados, son mediatizados y difundidos a escala mundial 3.

Fundándose en el poder de la información y de las tecnologías, EE. UU. instaura entonces, con la pasiva complicidad de sus dominados, lo que podría darse en llamar una afable opresión, o bien un delicioso despotismo. Sobre todo cuando este poder es acompañado por un control de las industrias culturales y por el dominio de nuestro imaginario.

Estados Unidos puebla nuestros sueños con una legión de héroes mediáticos. Caballos de Troya del amo dentro de la intimidad de nuestros cerebros. Mientras sólo adquiere, por ejemplo, el 1% de películas en el extranjero, inunda el mundo con las producciones de Hollywood (leer el artículo de Carlos Pardo, pág 36). Y con tele-films, dibujos animados, video-clips, historietas, etc. Para no hablar de los modelos de indumentaria, urbanísticos o culinarios.

El templo, el lugar sagrado donde se desarrolla el culto de los nuevos íconos, es el mall, el centro comercial, catedral erigida para gloria de todos los consumos. En estos sitios de fervor, se elabora una sensibilidad idéntica en todo el planeta, fabricada mediante logos, estrellas, canciones, ídolos, marcas, objetos, carteles, fiestas.

Todo ello acompañado por una seductora retórica de libertad de elección y de libertad del consumidor, recalcado por una publicidad obsesiva y omnipresente (¡los gastos de publicidad en EE. UU. llegan a más de 200 mil millones de dólares por año!) que apunta a los símbolos tanto como a los bienes 4. El marketing es tan sofisticado que aspira a vender ya no sólo una marca, sino una identidad, no un signo social, sino una personalidad. Conforme al principio: tener es ser.

Urge en consecuencia recordar el grito de alarma lanzado por Aldous Huxley, ya en 1931: "En una época de tecnología avanzada, el peligro mayor para las ideas, la cultura y el espíritu corre el riesgo de provenir de un enemigo de rostro sonriente, mucho más que de un adversario que inspira terror y odio".

Porque el imperio estadounidense, convertido en dueño de los símbolos, se presenta desde ahora ante nosotros con la seductora apariencia de los encantadores de siempre. Ofreciéndonos placeres a pedir de boca, distracciones ininterrumpidas, confituras para nuestros ojos. Ya no pretende obtener nuestra sumisión por la fuerza, sino por el encantamiento, no mediante órdenes, sino por propio consentimiento. No bajo amenaza de castigo, sino apostando a nuestra sed de placer. Sin que lo sepamos, este nuevo hipnotizador entra por la fuerza dentro de nuestro pensamiento, donde injerta ideas que no son las nuestras. Para someternos, sojuzgarnos y domesticarnos mejor.

Le Nouvel Observateur, París, 3 de junio de 1999.
Ver Peter Gowan, "Le régime dollar-Wall Street d'gégémonie mondiale", in Actuel Marx, nº 27, PUF, París, 2000
Leer Herbert Schiller, "La fabrique desmaîtres. Décervelage a l' américaine", Le Monde diplomatique, París, agosto de 1998.
Ver Benjamin R. Barber, "Culture McWorld contre démocratie", Le Monde diplomatique, idem.
Ignacio Ramonet
Director de Le Monde diplomatique, Francia.


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