La revolución permanente

La viejita que nos recuerda seguir

Camino cuidando pisar los cuadritos de la acera, calculando la distancia para no salvar nada porque me equivoqué en la cantidad de cuadritos. Camino por Puente Llaguno y no me importa seguir cuidando la distancia que salve en esos cuadros. Realmente no me importa, presto más atención a la muerte que aparece en placas sobre los cuadritos; recién celebraron otro aniversario y la sangre esta fresca. Se huele, se siente, se presiente, vuelan las balas, pasan como moscas que no se evitan con un manotazo, un enjambre de abejas asesinas que hoy no tienen culpables.

Camino después de hablar con un alguien importante, el representante de los representados, el chivo que más mea y las disertaciones que podrían salvarnos de la historia que pasa inexorable y conozco el olor del aire acondicionado; ese que se presiente y no conoce que está pasando cuando las balas podrían seguir silbando porque no importa, porque no hay sonido que nos anuncie el alarido de un muerto que cae por los golpes de un golpista.

Me doy asco, me da arrechera, porque huele a peo insalvable; y me muevo en los arbustos ingenuos de Cantaura y son tantas las diferencias que no entiendo como se puede cambiar el fusil por un debate de mierda que nunca concluye y acepto que no me parezco a nadie, porque no soy quien para cambiar nada… realmente no quiero cambiar nada… siguen los mismos mesoneros, sigue la misma paja y sigue el mismo tiempo que nunca cambiamos, mientras el carajo con pajarita me trae el agua o el cafecito que sabe a máquina y nunca al colado apureño que necesito.

Nadie sabe de mi ensalada de orgullo, nadie sabe que no conozco de sueldos desde el año dos mil y algunos creen que vengo matizando colores de billetes, cuando el mundo se hace verde cuando crece la hierba o cuando el arbusto se convierte en hierba medicinal… Setenta mil para el condominio, cincuenta para la luz, ciento veinte para el alquiler de un hueco que sirve de trinchera y cero para darle de comer a mis hijos, cero para educarlos, un cero redondo que subvierte la paz interna que necesito para creer en lo que creo.

Tengo un baúl de cuentos, tengo un libro sin nacer, tengo un mundo lleno de cuentos que corren por una marquesina y se pierden en un archivo, mientras la máquina de hacer cuentos revolucionarios apenas se alimenta y se niega a matar la esperanza que se pierde en una esquina de borrachos y niños pedigüeños que debemos salvar.

He viajado astralmente a sitios inconfesables; a Hamburgo, a Mérida, a Puerto Ordáz donde está un nieto que no conozco, porque maldita sea la hora en que el dinero no se encuentra en las hojas del Samán de Güere y no puedo oler el suave perfume de un niño que me ha regalado una foto. Pero, conozco a gente importante, afamados confesores de la verdad revolucionaria; no me asombra este hecho y mi amistad está por encima de mi realidad.

Sin embargo, prefiero parar en un semáforo, apretar la mano de una viejita indigente, no poder hacer nada por ella, regalarle una sonrisa, decirle que se cuide, que no son horas para estar en la calle y entregarle los últimos quinientos bolívares que me quedan en el bolsillo… Que esta patria debe pintar de pasado este cuadro, que esta viejita debe estar durmiendo en un sitio digno, con el estómago lleno y con un mañana cierto en el sueño… Que no quiero sentirme cansado, a veces desilusionado, a veces arrecho y buscando un fusil en la sombra de mis convicciones para desatar una guerra que busque la paz definitiva… Que quiero parar el carro para derramar una lágrima y arrancar de mi alma el odio que provoca no poder hacer nada… Que quiero irme al campo, a la sierra, a la montaña, para abonar la siembra que abortan desde la pantalla de un televisor… Que no quiero que nadie se me acerque, cuando pongo en duda la dirección que hemos tomado…

Me espera un cuarto oscuro repleto de pensamientos y me quedó viendo por la ventana un amanecer que no llega antes de rendirme el sueño. Supongo que un rayo de sol abanicará mis ojos y me levantaré con el ánimo nuevo, porque el día anterior fue duro; la viejita volverá al semáforo y eso es lamentable… De allí nace la fuerza que tejen mis luchas particulares…

¡Un abrazo Sol!... Un abrazo, camarada… Un abrazo, ciudad… Un abrazo, cemento… Un abrazo, ranchos… Un abrazo, pueblo… Saldrás como hormiga a pisar la calle y llenar de amor la hoja que cargas y no te pesa…

Sin embargo, esa viejita volverá al semáforo y eso si que pesa…


marioaporrea.org
msilvagayahoo.com


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Mario Silva García

Comunicador social. Ex-miembro y caricaturista de Aporrea.org. Revolucionó el periodismo de opinión y denuncia contra la derecha con la publicación de su columna "La Hojilla" en Aporrea a partir de 2004, para luego llevarla a mayores audiencias y con nuevo empuje, a través de VTV con "La Hojilla en TV".

 mariosilvagarcia1959@gmail.com      @LaHojillaenTV

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