El totalitarismo mediático

Organización de Estados Americanos, Washington, 23-24 de abril de 2009. 
Destinado a ser presentado hoy ante la OEA.

Rutinariamente se habla de totalitarismo cuando dimana de Estados que imponen radicales limitaciones a la libertad. Bajo ese esquema, el totalitarismo solo puede ser ejercido por un Estado y por un caudillo, Führer, Duce, Padrecito de los Pueblos, Conducător, etc.

  Este enfoque no toma en cuenta componentes del Estado como los que Louis Althusser (1976) llamó «los aparatos ideológicos de Estado», entre los cuales colocaba

    la religión,

    la educación,

    la familia,

    el aparato jurídico,

    el político,

    los sindicatos,

    los aparatos de regencia y tutela de la cultura ilustrada y

    los medios de comunicación.

  En esta exposición nos detendremos solo en estos últimos.

En Venezuela ha ocurrido, como suele suceder en las revoluciones, una fractura del Estado. El pueblo y su dirigencia han conquistado Ejecutivo y Legislativo, principal aunque precariamente. No tiene la misma hegemonía en el Poder Judicial. Tiene autoridad sobre el ejército y gran parte del aparato educativo y hospitalario. En el Ejecutivo no controla todos los engranajes, muchos de los cuales operan en favor de sectores privados, a menudo abiertamente insurreccionales, amén de vicios de larga data. Las revoluciones se toman tiempo, o como decía un grafito durante la Revolución Francesa: «Tengan paciencia, estamos en revolución».

  Hay un comportamiento poroso del Ejecutivo y el Legislativo, que no permite controlar completamente la conducta de todos sus funcionarios, algunos de los cuales terminan claramente en la oposición, cooptados por el capital, que tienta a todos, a los más fuertes como a los más débiles, con las consecuencias previsibles.

  Es ese Estado fragmentario (lo contrario de totalitario, precisamente) el que se enfrenta a poderes imperiales, ellos sí totalitarios, como también a la jerarquía eclesiástica respaldada por el Vaticano; a la patronal Fedecámaras; al aparato sindical de tradición amarilla, aliado de Fedecámaras; a la mayor parte de la educación privada, especialmente la religiosa, y las universidades autónomas; a las clínicas privadas y a parte de los hospitales públicos; una buena porción de los transportes.

  La administración de justicia es parcialmente insurreccional, como se demostró cuando 170 fiscales se pronunciaron en favor del Golpe de Estado el 12 de abril de 2002 y la vergonzosa sentencia del Tribunal Supremo de Justicia, que dictaminó que no hubo golpe sino «vacío de poder» y que los militares que secuestraron e incomunicaron al presidente Hugo Chávez lo tenían «bajo custodia», «preñados de buenas intenciones», etc.

  Pero donde el poder opositor se manifiesta de modo más patente es en los medios de comunicación, es lo que llamo totalitarismo mediático y que otros han llamado mediocracia (Antillano).

  No es, lamentablemente, un fenómeno solo venezolano, sino que se ha difundido por el mundo entero y casi no hay intersticio social en donde no tenga presencia. Solo un puñado de medios de comunicación se ha logrado mantener independiente de este sistema totalitario, revistas como The New Yorker, por ejemplo, las revistas francesas Marianne y le Monde diplomatique y muy pocos medios más, que han ido cayendo poco a poco, especialmente cuando son adquiridos por los grandes aparatos mediáticos Vivendi, Warner-AOL, O Globo, Televisa, Murdoch, Berlusconi, Prisa, Hearst Communications, Pearson PLC, Mediaset, Publitalia, etc.

  Pero no es necesario ser propiedad de cualquiera de estos leviatanes para formar parte del totalitarismo mediático. Se trata de un dominio tan ideológico como corporativo. Es, pues, un aparato ideológico de Estado.

La ideología no es un mito

La ideología tiene componentes estructurales que la hacen una maquinaria formidable. No me detendré aquí en la consideración de las reglas que rigen el discurso en general porque no estamos en una cátedra universitaria ni tenemos todo el tiempo, de modo que me limitaré a poner algunos ejemplos de comportamiento discursivo.

  El discurso (que abarca toda la producción simbólica, verbal o no) se comporta según una gramática estricta. Vemos, por ejemplo, cómo el discurso rige la producción de mitos, leyendas --urbanas algunas de ellas--, ideologías, etc., hasta el punto de que uno puede terminar por «ser hablado» por el discurso, como decía el estudioso francés Pierre Bourdieu. Así, vemos cómo nacen productos discursivos que a veces se independizan total o casi totalmente de la realidad, con historias ficticias y abiertamente falsas, como los famosos Protocolos de los sabios de Sion, cuya impostura es fácilmente rastreable pero extremadamente difícil de contrariar, como lo ha demostrado su pertinacia, rayana en la obsesión en el discurso antijudío e incluso antisionista. Asimismo, discursos fueron los mitos antijudíos en Europa, el racismo en general, el sexismo, la homofobia y otras formas de discriminación.

  El discurso pretende ser universal y eterno, como el de la religión. Por ejemplo, el racismo contra los afrodescendientes y los indios se impuso en el mundo a raíz de la conquista de América. Antes de eso los negros eran para Roma unos bárbaros en el mismo nivel que los rubios germánicos. Los esclavos romanos eran tan blancos como los ciudadanos libres. En América el discurso de la esclavitud se entrelazó con el naciente discurso del racismo.

  Roland Barthes lo ilustró admirablemente:

La estructura no hace excepción de personas; es, pues, terrible (como una burocracia). No podemos suplicarle y decirle: «Mira cómo soy mejor que H...». Ella responde inexorable: «Estás en el mismo lugar de H..., eres, pues, H...». Nadie puede litigar [plaider] contra la estructura (Barthes, 1977, 154-55).

  Cuando esta estructura hace sindicato con el totalitarismo mediático, adquiere un poderío formidable y aterrador, pues ya no es una estructura automática como la que describe Barthes, sino un aparato de Estado plenamente consciente y perverso, que ejerce su hegemonía de un modo obstinado y sin escrúpulos.

  Hemos visto cómo los medios instigaron y cometieron un genocidio en Ruanda; una «limpieza étnica» en los Balcanes; una invasión de un país para buscar a un hombre elusivo como Osama Ben Laden; una invasión y genocidio sostenidos sobre la mentira de unas «armas de destrucción masiva» en Iraq; instigaron, organizaron y ejecutaron un golpe de Estado en Venezuela en abril de 2002. Pero no son solo acciones bélicas y genocidas, sino otros mecanismos, ellos sí, de destrucción masiva, como la ideología neoliberal, cuyos resultados devastadores estamos viendo en la actual crisis económica mundial y nadie sabe cuándo terminaremos de ver. Pues bien, cómo ha costado en Venezuela sustraernos de ese influjo y vemos también cómo Venezuela se ha librado de las consecuencias más severas de la crisis.

  Mediante esos discursos se derrocan gobiernos; se justifican magnicidios; se encubre o justifica la contaminación del planeta; se mantienen viejos prejuicios clasistas, sexistas, racistas, regionalistas, chauvinistas, xenófobos, etc. Se alimenta, por ejemplo, la falta de autoestima de los pueblos dominados.

  Como se ve, se trata de mensajes en donde predomina el componente irracional.

  Así, en Venezuela, vemos --y no vemos-- cosas y sucesos al buen tuntún de los medios de comunicación. Invisibilizan lo que no les conviene y visibilizan cosas falsas o exageran la importancia de algunas que son verdaderas.

  Hace años el prestidigitador David Copperfield hizo desaparecer la Estatua de la Libertad. Los medios de comunicación de Venezuela son mucho más asombrosos, pues el 13 de abril de 2002 hicieron desaparecer a Venezuela entera. Mientras el presidente Chávez permanecía cautivo, el pueblo se desplegaba por todo el país exigiendo su retorno al poder; se congregaba pacíficamente ante los cuarteles, ante el palacio presidencial y ante la emisora de televisión del Estado. Pero lo que veíamos en los canales golpistas (el que da un golpe es golpista) era a Tom y Jerry, a Piolín y a Silvestre, a los Simpson, etc.

  Cuando los viejos medios de comunicación ocultaban la realidad, los nuevos no solo la comunicaban sino que la constituían: celulares, Internet, postes de luz, que sirvieron de campanarios para convocar a la gente con el fin de hacer asambleas relámpago y tomar decisiones también relámpago. Los jóvenes con sus motos sirvieron de medios de comunicación llevando y trayendo mensajes y personas. Ellos también hicieron efectiva aquella consigna de que «solo el pueblo salva al pueblo» (Hernández, 2002a).

  En Venezuela la gente que ve esos canales no se entera de la gigantesca obra de la Revolución, pero sí se entera de ficciones asombrosas, que dejarían atónito a Jorge Luis Borges y a Adolfo Bioy Casares con su novela La invención de Morel (Hernández, 2003).

  Recientemente, por ejemplo, inventaron la ficción de que el gobierno está quemando libros, especialmente los de nuestro gran escritor Rómulo Gallegos, que, según el converso Pompeyo Márquez (2009), están siendo retirados de las bibliotecas públicas porque es capitalista. Es curioso cómo de un día para otro todos repiten la misma consigna, la misma matriz de opinión: el gobierno-venezolano-quema-libros-sobre-todo-los-de-Rómulo-Gallegos.

  Pues bien, para esta operación han ocultado algunos elementos fundamentales. Acción Democrática, el partido político que fundó Rómulo Gallegos, ha invisibilizado radicalmente a este gran maestro, una figura que por su honestidad y lucidez es demasiado incómoda para ese partido en su oscura hora actual. Uno habla durante meses y años con un dirigente de Acción Democrática y no se entera siquiera de la existencia de Gallegos.

  Pues bien, tomaron un hecho rutinario en toda biblioteca, la desincorporación de libros contaminados con hongos, que pueden contaminar otros, para divulgar internacionalmente que el gobierno venezolano está quemando libros, un detalle que faltaba en el rompecabezas para parangonarlo con los nazis, tal como usaron un robo en una sinagoga en enero pasado, perpetrado por el chofer del rabino, para decir que el gobierno atentaba contra la comunidad judía. Seguramente quienes me escuchan fueron engañados sobre el asalto a la sinagoga por parte del gobierno o de sus seguidores, pero no de la aclaración de la verdadera naturaleza de los hechos, salvo por las brillantes exposiciones de nuestro embajador Roy Chaderton. Es esa la versión estructurada que quieren instaurar del gobierno venezolano: un régimen totalitario de inspiración nazi-fascista. Es un curioso fenómeno de proyección en el otro de lo que ellos son, pues dieron muestras de una clara vocación totalitaria en la famosa y hoy ocultada Acta de constitución del Gobierno de Transición Democrática y Unidad Nacional (Carmona y otros, 2002). Como no tienen evidencia de ninguna forma de represión, la inventan o provocan acciones violentas para argumentar persecución. Pero basta con confrontar esos medios a través de Internet o yendo a Venezuela, si les parece, para verificar lo que vengo diciendo. Les pongo aquí algunas direcciones para que se constate lo que vengo diciendo:

  el-nacional.com/

  eluniversal.com

  globovision.com/

  Pues bien, no solo el gobierno venezolano no tiene nada contra Rómulo Gallegos ni contra los judíos ni contra ninguna otra religión, etnia o nacionalidad, ni censura ninguna idea ni autor alguno, sino que más bien exalta la figura del gran escritor Rómulo Gallegos, mantiene y fortalece el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, ha fortalecido el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg, www.celarg.gob.ve), institución que presido, sino que inauguró la Imprenta Cultural con una edición de la novela cumbre de Gallegos, Doña Bárbara (2008), que distribuyó gratuitamente en calles y plazas.

  La sustitución de un busto de Gallegos por uno de Cipriano Castro no debe ocultar el hecho de que el presidente Chávez, como buen llanero, es un entusiasta admirador de Gallegos, a quien cita de memoria con mucha frecuencia. De hecho, la publicación y distribución gratuita de Doña Bárbara se hizo siguiendo instrucciones expresas y públicas del presidente Chávez.

  Lo mismo hizo el gobierno bolivariano con la obra Don Quijote de la Mancha y con la novela Los miserables, del gran escritor francés Victor Hugo. El gobierno revolucionario ha impreso y distribuido más de treinta millones de libros, a precios muy reducidos (mucho menos de un dólar) o gratuitamente. Se ha creado la Biblioteca de los Consejos Comunales, 100 títulos en 25.000 ejemplares, también de distribución gratuita. El gobierno bolivariano rescató a Monte Ávila y a la Biblioteca Ayacucho, que los gobiernos anteriores habían dejado en la bancarrota. Ha creado una editorial de tiradas masivas como el Perro y la Rana. Creó la mencionada Imprenta Cultural y reforzó la Imprenta Nacional, en la que el Ministerio del Poder Popular para la Información y la Comunicación publica libros excelentes y gratuitos, que pueden bajarse en formato .pdf de

  minci.gob.ve/publicaciones/6/

  Y no se publican, como dice el totalitarismo mediático, solo libros del Che o de Marx --aunque no veo, por cierto, qué tiene de malo leer a esos autores--, sino también de Omar Jayyam, Homero, Shakespeare, Cervantes, que, hasta donde sé, no son autores chavistas.

La inquisición mediática

Como en la Santa Inquisición, cualquier acusación equivale a una sentencia de culpabilidad inapelable, pues la aclaración, si la hay, queda relegada a una esquina o a unos escasos segundos de transmisión, sin la garantía de que quien vio la acusación, verá también el desmentido. Y de todos modos queda sembrada la duda, «cuando el río suena, piedras trae», «por algo lo dijeron», etc. (Hernández, 2002b).

  Los medios, pues, son irrefutables e infalibles que ni el Papa, que ahora se equivoca. Como todo poder absoluto, se postulan como perfectos e intocables.

  Poco falta para que invoquen el Derecho Divino que invocaban los reyes, que eran soberanos por la Gracia de Dios. Tal como el dictador fascista español Francisco Franco: solo son responsables «ante Dios y ante la historia». Tal como Pedro Carmona, según su famoso y autocrático Decreto de 2002 (Carmona y otros).

Información de clase

Otro recurso del totalitarismo mediático es lo que Pierre Bourdieu llamó «la circulación circular de la información». Un dispositivo perverso va haciendo saltar una información cualquiera, cierta o falsa poco importa, de medio en medio, por el mundo entero si es necesario, en un remedo de confirmación, hasta convertirla en una Verdad Revelada por la Epifanía Mediática. Así ocurrió con las llamadas «armas de destrucción masiva» que Iraq recelaba en el subsuelo. El gobierno de los Estados Unidos mintió sobre el asunto a través de sus más altos voceros e inmediatamente el totalitarismo mediático lo voceó estridentemente por el mundo entero hasta justificar la invasión y la muerte de más de un millón de iraquíes. Recuérdese, por cierto, la prohibición de fotografiar o filmar ataúdes de soldados estadounidenses. El totalitarismo mediático es, pues, él sí, un arma de destrucción masiva.

  El origen del totalitarismo mediático está en el estado actual de la lucha de clases. Es un instrumento de dominación del capital hegemónico en su fase neoliberal. Se trata de mantener a los pueblos en un estado extremo de ignorancia, frivolidad, imbecilidad, racismo, clasismo, sexismo, homofobia, etc. Para resumir diciéndolo todo: los atributos de la ultraderecha.

  Otrora esto se hacía primordialmente desde los púlpitos y las universidades. Hoy esos instrumentos son nada, comparados con el totalitarismo de los medios de comunicación. Y aún así vemos cómo las antaño combativas universidades latinoamericanas fueron cooptadas por el llamado Pensamiento Único y el Fin de la Historia (Fukuyama). Algo así está comenzando a ocurrir con las universidades europeas, amenazadas por el capital, etc.

  Uno ya no lee los periódicos para conocer los acontecimientos sino para saber lo que hay que repetir como loro para estar «en la onda». Hubo un tiempo en que había que decir que los talibanes eran los «soldados de la libertad», como los llamó Ronald Reagan, cuando los talibanes eran aliados de Rambo, la máxima consagración simbólica. Ahora hay que decir lo contrario. Ya Muammar al-Gaddafi como que no es el feroz dictador de Libia porque ha logrado ciertos acuerdos con Occidente, es decir, con los pocos pero grandes aparatos que controlan el poder en Europa y en Estados Unidos.

  En algún momento fue bueno que Saddam Hussein hiciese la guerra a Irán y exterminara iraquíes. Tan bueno era, que hizo todo eso con armas de destrucción masiva suministradas por los Estados Unidos. Pero de repente amaneció dictador, reencarnación de Hitler, condenado por Nostradamus y demás calificativos que lo llevaron a la horca en un linchamiento que ruborizaría al Ku Klux Klan. Pervez Musharraf fue un dictador bueno porque alineó a su país, Paquistán, contra Iraq, cediendo a la presión de Estados Unidos. Pero un día amaneció malo y demasiado satisfecho debe estar de no haber perdido la vida. Todavía.

  Durante años nos estuvieron hablando de la ferocidad de Slobodan Milošević y ahora me pregunto si no tendré que rebobinar toda la película, pues esa información provenía de CNN, Fox News y medios similares. En todo caso, no importa lo que haya sido Milošević porque para esos medios imperiales hay dictadores malos (Milošević) y dictadores buenos (Musharraf), según respondan o no a los intereses del totalitarismo mediático. Por eso siempre hago la advertencia a los cipayos: cuídense, sobre todo ahora que Obama está prometiendo no injerencia en los asuntos internos de otros países. Tal vez mienta, pero ¿si no miente? Mejor acuden a la apuesta de Pascal. Esto es tan esencial que el diccionario de la Real Academia Española, ahora que se proponen redactarlo de nuevo, podrá definir la palabra dictador de la siguiente manera:

Dictador, ra. m y f. Dícese de todo aquel que el totalitarismo mediático designe como tal.

  En la escuela me enseñaron que metro era «la diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre». Mediciones posteriores hallaron que hubo un error en el cálculo. Se definió entonces funcionalmente: «La distancia entre dos marcas en una barra de platino iridiado que se halla en la Oficina de Pesos y Medidas en Sévres, Francia». Hoy se define como la distancia que recorre la luz en 3,34 nanosegundos.

  Resuelto el problema. Las escuelas de estudios políticos del mundo ya no tendrán que enfrascarse en discusiones bizantinas. Les bastará sintonizar cualquiera de estos medios para saber sus saberes.

La verdad sea bicha

El problema ya no es si los pocos grupos que controlan la mayor parte de la información mundial dicen la verdad. La verdad fue en una época una quisicosa de gran altura de la que se ocupaban filósofos muy escogidos y todos los teólogos.

  Con la rebelión de las masas la verdad corrió por las calles. Ahora ya no sabemos lo que es, porque a diario hay un escamoteo sistemático que hace que uno no sepa dónde está, en medio de un laberinto de espejos. Hay países europeos sumergidos de tal modo en ese barullo que uno apenas halla una voz disidente, débil y poco accesible. Los grandes medios no dicen ni verdad ni mentira sino que decretan qué es verdad y qué es mentira. Joseph Goebbels inventó esa alquimia perversa de la información que repite una mentira hasta que se trasmuta en verdad.

  En Venezuela estamos en un período goebbelsiano, hearstiano y orwelliano, en que la mentira es la verdad y la verdad mentira. Instalar una dictadura, obscenamente exhibida por el totalitarismo mediático durante la efímera dictadura de Pedro Carmona Estanga, es la libertad. En cambio, un presidente elegido y ratificado en 14 elecciones es un dictador. En esos días dieron la orden de silenciar a todos los partidarios de Chávez, de lo cual puede dar fe mi compañero Andrés Izarra. Son los mismos que usan la plena libertad de expresión que reina en Venezuela para decir algo así como: «Uso libremente la libertad de expresión para decir libremente que en Venezuela no es posible expresarse con la libertad con que estoy expresándome». No sé si me explico. Sé que no me explico, pero ustedes entenderán luego de ver unos pocos minutos de la televisión golpista de Venezuela.

  Si el diario El País de Madrid dice lo que sea sobre Venezuela, no es cuestión de discutir si es cierto o no, sino que los intelectuales, académicos, políticos y demás profesionales de vida pública saben lo que hay que decir. Si dicen lo contrario, corren el riesgo de ser relegados, de perder su cátedra universitaria, nadie nombrará tal vez sus libros, no los invitarán a dar conferencias y dejarán de existir para la vida pública, pues, como se sabe, lo que no sale por televisión no existe.

  Pero ¿qué es, en fin, la verdad? No pretendo responder esa vieja pregunta de la filosofía, pero sí puedo señalar que el totalitarismo mediático produce un universo paralelo que no tiene estrictamente nada que ver con ninguna experiencia verificable. Fox News dice paladinamente, por ejemplo, que en Venezuela hay un «cruel dictador». Globovisión es más comedida, si ese adjetivo le cabe, porque está en Venezuela y cualquiera puede verificar que no hay ningún dictador, ni cruel ni dulce. Pero el remoto público de Fox News no tiene modo de comprobar nada de lo que se le dice. Aunque últimamente en Venezuela están ya diciendo que estamos en una dictadura. ¡Por fin! Y lo dicen libremente. Sería cómico si no fuese tan desabrido.

La principal fortaleza del totalitarismo mediático es su ilusión de unanimidad. Al no permitir la expresión de voces disonantes, infunden la idea de que hay armonía. No permite la menor manifestación de discrepancia, por débil que sea, de allí precisamente su carácter totalitario. Pero esa es también su mayor debilidad: basta que una voz se manifieste en contra del coro minuciosamente orquestado para que se desbarate el tinglado, como se desplomó el Castillo de Klingsor.

  Esta mía es una voz débil, pero puede ser formidable mientras más tupido sea el totalitarismo en que ella resuena.

Referencias

Althusser, Louis. (1976). « Idéologie et appareils idéologiques d'Etat ». Positions. Paris: Éditions Sociales.

  Antillano, Pablo. (2002, mayo 19). «La mediocracia». El Nacional. Disponible:

  analitica.com/bitblioteca/pantillano/mediocracia.asp

  Barthes, Roland. (1977). Fragments d'un discours amoureux. Paris: les Éditions du Seuil.

  Carmona Estanga, Pedro y firmantes. (2002). Acta de constitución del Gobierno de Transición Democrática y Unidad Nacional. Disponible:

  analitica.com/bitblioteca/Carmona_estanga/decreto1.asp

  Fukuyama, Francis. (1992). The End of History and the Last Man. New York: Free Press.

  Gallegos, Rómulo. (2008). Doña Bárbara. Caracas: El Perro y la Rana.

  Hernández Montoya, Roberto. (2002, julio). «La inquisición mediática». Caracas. Disponible:

  analitica.com/bitblioteca/roberto/inquisicion_mediatica.asp

  _________________________. (2002, agosto). «Nuevos medios contra viejos golpes». Question. Caracas. Disponible:

  analitica.com/bitblioteca/roberto/nuevos_medios.asp

  _________________________. (2003, julio), «La reinvención de Morel». Question. Caracas. Disponible:

  analitica.com/bitblioteca/roberto/morel.asp

  Márquez, Pompeyo. (2009, abril 2). «Revolución cultural». Últimas Noticias. Caracas.

roberto.hernandez.montoya@gmail.com




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Roberto Hernández Montoya

Licenciado en Letras y presunto humorista. Actual presidente del CELARG y moderador del programa "Los Robertos" denominado "Comos Ustedes Pueden Ver" por sus moderadores, el cual se transmite por RNV y VTV.

 roberto.hernandez.montoya@gmail.com      @rhm1947

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