El camino corto y el camino largo

Satélites, discapacitados y revolución

 

Conciente o no de ello, el ser humano es el corazón del acontecer, la evolución y revolución del mundo natural. Si quitáramos al ser humano de ese ecosistema, a la vista de una imaginaria mirada solo quedaría una lenta, casi desapercibida mutación genética del resto de las especies cada tantas centurias o milenios,

O tal vez no fuese tan imaginaria sino descarnada, la mirada de ese supuesto planeta en que lo humano está ausente. Porque por ejemplo desde y con tecnología China, y con la solidaridad de Uruguay que cedió la órbita que tenía reservada, la Venezuela bolivariana termina de lanzar su primer satélite.

Por lo cual ya tenemos en órbita esa mirada abstracta que puede informar a quien sabe qué o quien, sobre los tiempos de la mutación natural en el planeta. Podríamos decir entonces que a Venezuela, gracias a la revolución bolivariana llegó la revolución económica, y ahora además de escuchar por televisión que eso existe y es posible, podemos experimentar sus beneficios.

Si yo tuviese que sintetizar en una imagen lo que creo que como seres humanos deseamos e intentamos, diría que es tomar la filmación satelital de esos cientos, miles o millones de años de desapercibida mutación de los reinos naturales, y poder pasarla a la velocidad suficiente para poder reconocerla y experimentarla en el tiempo de vida humana.

Es decir, diría que lo que deseamos es salvar ese desfase que hay entre el tiempo humano y el natural. Justamente porque somos el corazón, la evolución y revolución de todo acontecer. Cuando decimos que podemos ser o no concientes de lo que somos, manifestamos, hacemos y vivimos, aludimos a que podemos vivir en medio de una revolución económica y cultural sin enterarnos de ello. Ciertamente nuestras creencias y hábitos colectivos son la resultante de esa creatividad, temporalidad humana, que trae a ser lo inexistente en el mundo natural.

Pero como en la vida nada se detiene y absolutamente todo está interrelacionado, llega el momento en que nuestra creatividad ha transformado el mundo natural lo suficiente como para exigirnos una nueva y mayor adaptación a las condiciones globales, resultantes de la incidencia de nuestras conductas y tecnologías rudimentarias o sofisticadas sobre el entorno.

Por lo cual la inercia de esa etapa, se convierte en hábitos y creencias ya desfasados con las nuevas circunstancias existenciales y sus exigencias. Se convierte en resistencia a la necesidad de un cambio o readaptación, de una nueva respuesta acorde a las nuevas variables que nuestra creatividad ha introducido, en esa estructura de funciones simultáneas que llamamos ecosistema.

Hablar de un ecosistema, es ya reconocer esa estructuralidad de funciones que interacciona en simultaneidad, donde el menor cambio en cualquiera de sus elementos afecta a la totalidad. Lo cual es muy diferente a simplemente percibir objetos o criaturas separadas en el paisaje. También es muy diferente a asociar esos objetos o criaturas en causas consecuencias que se extienden o suceden linealmente en un horizonte temporal. Porque no es lo mismo percibir ese acontecer en miles de años, como un encadenamiento temporal entre cosas o criaturas, que percibirlo en presente simultaneidad, todo aconteciendo aquí ahora.

Si recordamos que somos el corazón, la evolución y revolución de todo acontecer, y que es la incidencia de nuestra experiencia, conocimiento y tecnología, la que interaccionando con el ecosistema nos permite concebir y reconocer sus reacciones, reproducirlas y acelerarlas para hacerlas entrar en nuestro tiempo de vida humana, entonces comenzaremos a acercarnos a la trascendencia de ser o no concientes de lo que somos y hacemos.

Todo proceso natural que podemos concebir, reconocer y reproducir voluntaria y aceleradamente, pasa a convertirse en un elemento útil y habitual incorporado a nuestras formas de vida, es decir en un hábito y creencia. Podríamos decir entonces que eso es un paso humanizador del mundo. De hecho si pudiésemos concebir, reconocer y reproducir todo el proceso natural, ya no habría principios ni fines, ya no habría ese desfase temporal entre el lento acontecer natural y el humano. Es decir, ya no habría naturalidad sino humanidad plena.

Pero mientras no es así, lo natural es una limitación y resistencia para lo humano. ¿O acaso no son nuestras necesidades y el consiguiente dolor de no satisfacerlas, el motor inicial de toda acción e intención de cambio, de dominio de nuestro entorno, de toda evolución y revolución? ¿Acaso no es la velocidad con que consumimos lo que lentamente produce el ecosistema, lo que nos ha llevado a esta crisis existencial y consecuente toma de conciencia?

El petróleo que circula por las venas del moderno movimiento se termina, la fecundidad de la tierra para producir alimentos se agota, los fenómenos climáticos se intensifican y aceleran su incidencia sobre las formas de vida humanas, una tercera parte de la humanidad tiene serias dificultades para satisfacer sus necesidades.

¿No es esa una comparación con la movilidad y ritmo de la época de las cavernas, cuando solamente éramos unos pocos miles y probablemente nos reproducíamos como conejos para compensar nuestras pocas posibilidades de supervivencia, cuando el petróleo solo era una sucia, aceitosa y engorrosa sustancia que afloraba ocasionalmente y ni siquiera existían probablemente en nuestro reducido lenguaje palabras para diferenciar el cielo la tierra?

¿Y qué hay entre el cielo y la tierra, entre aquél posible momento prehistórico y esta modernidad, sino acumulación y aceleración de experiencia, conocimiento y tecnología resultante, es decir evolución y revolución? ¿Dónde existen y suceden estas comparaciones entre momentos temporales, estas acumulaciones y aceleraciones, estas imaginarias miradas que se mueven en una supuesta temporalidad?

Yo no las veo por ninguna parte en el paisaje externo, en el ecosistema. Por tanto no me queda sino concluir que todo eso no es sino una experiencia íntima de la humanidad, un percibir más o menos concientemente la actividad de su memoria e imaginación operando estructuralmente, es decir la actividad de su conciencia en continua realimentación con su cuerpo en el entorno.

Entonces el cielo es el cielo y la tierra es la tierra en y para la conciencia humana, y no algo que está ahí afuera por y en si mismo. Y es por eso que hoy podemos lanzar un satélite al espacio supraterrestre como prolongación y ampliación de nuestra movilidad y sentidos externos, y lograr una mirada elevada y global, estructural, incluyente, que nos resulta imposible en nuestra condición habitual.

Es de ese modo como añadimos dimensiones a nuestra imagen del mundo. Porque esa imagen del mundo es también una construcción, muchas veces desapercibida, de nuestra memoria e imaginación, de nuestra conciencia. Nadie puede pensar hoy en día que “vemos el mundo”, cuando nuestros sentidos externos no nos informan más allá del horizonte perceptual.

Han pasado 500 años desde que Copérnico intuyó y demostró matemáticamente que el mundo era esférico y giraba entorno al sol en un infinito cielo, no chato y finito como lo percibían nuestros sentidos hasta el horizonte. Hoy ya no creemos que la tierra sea el centro estático en torno al cual gira el universo, ni que más allá del horizonte haya un abismo sin fin que nos tragará si osamos acercarnos a el.

En simultaneidad con aquellas intuiciones, Colón se lanzó a recorrer la esfericidad del mundo circunvalando los mares y océanos para llegar a lo que creía las Indias occidentales. Hoy vivimos en América y es EEUU y no Europa la mayor potencia económica y bélica planetaria. Hoy los satélites son las descarnadas miradas que nos muestran la estructuralidad de nuestro mundo desde dimensiones superiores, unos 36.000 Km. en el caso del “Vensat 1”. Casualmente también esta semana llega un barco petrolero ruso de la Gazprom que en asociación con Pedevesa venezolana, iniciará por primera vez las perforaciones de la plataforma marina para la extracción de gas.

De ese modo las intuiciones de otrora, se convierten en confirmaciones de hoy por el camino de la ciencia y la tecnología, y nuevas dimensiones van siendo incorporadas a nuestra imagen del mundo y conciencia. Como la espacialidad, la profundidad del cielo, del mar y de la tierra, permitiéndonos una más amplia capacidad de movernos entre la memoria y la imaginación. Pero también de reconocer, reproducir e incorporar aceleradamente, estructuras cada vez más amplias de fenómenos aparentemente inconexos para la percepción externa.

Hoy en día este discurrir entre ideas nos parece muchas veces inútil, sin sentido. Sin embargo, cual sonámbulos nos tragamos sin digerirlos, todos los informativos y análisis de los especialistas sobre lo que va a suceder con el triunfo de Obama en EEUU. Como van a reaccionar ante las nuevas condiciones geopolíticas que se van dibujando en el mundo, en medio de una debacle y desmoronamiento del sistema económico, creciente nacionalización de recursos naturales, alteración ambiental, hambrunas, etc.

Como yo lo veo la dialéctica esencial no es entre géneros, razas, clases, etc. Sino transiciones entre viejas y nuevas miradas, conmociones de parto entre lo que nace y lo que muere. Lo que todavía no ha terminado de morir pero tampoco de nacer. Justamente porque todo eso es, habita y sucede en la conciencia y el cuerpo humano.

Pero no tenemos la menor idea, de cómo nace a la conciencia y se manifiesta en el mundo una nueva sensibilidad que presiente, anuncia e impulsa un nuevo mundo. Organiza, relaciona y ve de nuevos modos los elementos diferenciados por las viejas miradas. Una voluntad que direcciona de inéditos modos las fuerzas creativas y constructivas humanas hacia esas resplandecientes visiones.

En Venezuela por ejemplo, termina de concluirse la primera etapa de la Misión Gregorio Hernández. Un grupo de especialistas cubanos de todas las ramas científicas, realizó en Cuba la inédita labor de hacer un censo de todos los discapacitados, casa por casa, región por región. Para darles todo los necesario a su comodidad, pero también para capacitarlos para ser incluidos en la sociedad.

Ahora vienen solidariamente a Venezuela a compartir y reproducir su experiencia. En un año y poco más, han recorrido junto con las comunidades casa por casa y región por región, hasta las más inhóspitas y alejadas, millones de hogares, diagnosticando y remediando en lo posible a los discapacitados y sus familias. Pasa ya de trescientos mil su número.

Termina de inaugurarse un centro de estudio y diagnóstico genético de avanzada tecnológica, para corregir una de las causas de esas discapacidades que pasan en los cromosomas de generación en generación. Ya es posible anticipar que muchas de las taras que aún nos hacen enjuiciar a las personas como buenas o malas, flojas o activas para el modelo imperante, no son sino deficiencias hormonales corregibles.

Pero más allá de este cambio drástico en las creencias y juicios de una mentalidad milenaria, más allá de la maravilla de poder operar en la genética de nuestros cuerpos, de lo involuntario, y poder vislumbrar un futuro libre de esas cadenas ancestrales e inamovibles hasta ahora, también podemos preguntarnos, ¿por qué solo en Cuba y Venezuela se han realizado estos estudios, inéditos en los países de mayor desarrollo y nivel de vida?

¿Por qué la mirada de toda una época los apartó e invisibilizó como cargas inútiles, cosas inservibles y vergonzosas? Tal vez nos estemos preguntando nuevamente para que sirve todo este discurrir y preguntadera. Pero no es tan inútil ni tan lejano el tema. Porque, ¿cómo podemos hablar de revolución, libertad, justicia, igualdad, hermandad, cuando aún creemos y tratamos como inferiores a las mujeres, a ciertas razas y clases sociales, a los discapacitados?

¿Cómo podemos hablar de ideologías socialistas y humanistas, cuando en el seno de nuestras propias sociedades siguen rigiendo creencias y conductas zoológicas, como la ley de sobrevivencia del más fuerte? Para una sensibilidad realmente humana, los más débiles y desprotegidos son siempre la prioridad, por ello desde antaño se habla de compasión.

Por eso una sociedad inhumana, a medida que acumula acciones en una dirección se evidencia crecientemente discriminativa y excluyente. Y no otra cosa es la resultante que estamos presenciando sorprendidos. ¿Será tal vez que también la humanidad se concibe y define a si misma, comparando sus anhelos y expectativas profundas con los torpes resultados de sus intentos y acciones?

Quizás una revolución tenga menos que ver con la complejidad de las variables económicas que con la insensibilidad. Porque a fin de cuentas la actividad económica es algo natural para nuestros hábitos y creencias. Producimos hoy más y mejores alimentos y bienes que nunca, como para el doble de la población del planeta.

No sucede lo mismo sin embargo con nuestra sensibilidad, compasión, solidaridad. Si el camino de la mecánica concentración de capitales y bienes, es lo que va produciendo cada vez mayor pobreza y exclusión social, la solución es tan simple como recorrer el camino inverso de la desconcentración. Pero cuando nos toca pasar de las ideas a los hechos, empiezan las resistencias y los problemas para soltar aquello a lo que nos acostumbramos.

Podemos calcular con precisión casi milimétrica las distancias en años luz y poner allí una nave o satélite, en un lugar que solo los telescopios, ampliación de nuestros anhelos y miradas nos permite deducir que existe. Pero se nos hace muy difícil transitar la distancia emocional que nuestros hábitos y creencias, nuestras viejas miradas zoológicas nos hacen sentir entre nosotros y hasta los más íntimos afectos.

Pareciera que el temor y la desconfianza son abismos mayores que los años luz, que tememos más a otro ser humano que a la inmensidad cósmica, que nos cuesta más confiar y acercarnos, amar y compadecernos, experimentar grandeza de corazón, que conquistar un mundo completo.

Tal vez entonces, sea más interesante investigar que profundo misterio vive en ese otro ser humano que refleja y conmueve de tal modo mi mirada. Quizás valga más la pena recorrer ese invisible camino de incluir a los más débiles y discriminados socialmente, para reconocernos final y plenamente humanos.

Tal vez ese espacio y esa profundidad del cielo, el mar y la tierra, no sean a fin de cuentas tan ajenos al alma humana. Porque si pasando de las ideas y las palabras comenzamos a intentar la unidad y la integración de los pueblos y continentes, nada mejor que una mirada que contenga, organice y relacione desde su espacio sensible, todos sus contenidos.

Probablemente para volver a incluir a nuestro prójimo en nuestro espacio, tendremos que desandar el camino hacia el principio, vaciándonos del lastre y los juguetes del largo camino recorrido, para terminar reconociendo que somos el alma y el movimiento del mundo. Entonces seguramente seremos capaces de conquistar el mundo, el cosmos, el espacio y el tiempo, la felicidad y el amor, es decir la plena humanidad.

Ese día seremos capaces de lanzar un satélite que no solo disponga de todo la programación de información que nos entregan los sentidos externos, sino también la capacidad de relacionarla y hacerla interactuar estructuralmente con la nuestros sentidos internos.

Hay dos modos de conquistar una montaña. Uno es ascendiendo en amplios círculos hacia la cima. De todos modos algún día llegarás, si es que la amplitud y el esfuerzo del reto no te hacen tomar el camino de menor resistencia.

El otro es ante la majestuosa montaña y reto, concentrar las energías íntimas, la voluntad necesaria para emprender el ascenso y decidir continuar una y otra vez cada vez que tendamos a desfallecer. Siempre en el camino directo hacia la cima, el del mayor esfuerzo, el que requiere la mayor disponibilidad y habilidad para concentrar tu energía íntima.

Para finalmente conquistar la cima y sentir como tus energías estallan eufóricas al haber vencido los desmayos, al haberse afirmado a si mismas frente a todo obstáculo. Tal vez el camino más directo y corto para la revolución sea entonces el de vencer la mayor resistencia, el temor a la intensidad que despierta sentir la intimidad ante otro ser humano.

Mientras que el camino que avanza lenta, indirectamente, por amplios círculos, es decir la historia, la acumulación temporal, es el modo en que ejercitamos y preparamos nuestras energías y voluntad íntima para el asalto final. Disponernos a enfrentar y vencer nuestros temores. Atrevernos a entregarnos al amor sin condiciones.



michelbalivo@yahoo.com.ar



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Michel Balivo


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