Necedades teóricas capitalistas: Ceteris Páribus

«Os concederé» —dice el capitalista— «el honor de servirme, a condición de que me indemnicéis, entregándome lo poco que os queda, el sacrificio que hago al mandar sobre vosotros» [J. J. Rousseau. Discours sur l'Économie Politique («Discursos sobre la Economía política»)].

«Siempre que la ley intenta zanjar las diferencias existentes entre los patronos (masters) y sus obreros, lo hace siguiendo los consejos de los patronos», A. Smith («Investigación acerca de la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones»).

“Hizo falta mucho tiempo para saber lo que era la explotación. Y el deseo ha sido y es todavía un largo asunto. Es posible que ahora las luchas que se están llevando a cabo, y además estas teorías locales, regionales, discontinuas que se están elaborando en estas luchas y que hacen cuerpo con ellas, es posible que esto sea el comienzo de un descubrimiento de la manera en que el poder se ejerce.”(Foucault; Los intelectuales y el poder).


Estimado Emeterio, cuando afirmamos que es de poder y no de la escolástica “teoría laboral de valor” que hay que hablar, enfatizamos cómo Marx trastoca las ilusorias separaciones entre categorías económicas, políticas, jurídicas e ideológicas, todas ellas históricas. El “modelo analítico” del texto no concluido “El Capital”, ha dado lugar a toda una dogmática marxista y antimarxista (“Encantamiento del método”, según Negri), que en manos de los economistas vulgares ha sufrido la peor de las mistificaciones: asumir el fetichismo de las categorías burguesas como naturales (La ausencia de conflicto social entre subjetividades-Holloway). Criticar a Marx desde la teoría subjetiva de la utilidad marginal implica, de entrada, distorsionarlo, no comprenderlo, es confundir peras con piedras (¿Inconmensurabilidad de paradigmas?). Para esto es mejor leer a Hilferding. Marx plantea: “Sin embargo, la acumulación de capital presupone la plusvalía; la plusvalía, la producción capitalista, y ésta, la existencia en manos de los productores de mercancías de grandes masas de capital y fuerza de trabajo. Todo este proceso parece moverse dentro de un círculo vicioso, del que sólo podemos salir dando por supuesto una acumulación «originaria» anterior a la acumulación capitalista («previous accumulation», la denomina Adam Smith), una acumulación que no es fruto del régimen capitalista de producción, sino punto de partida de él” (El Capital- La acumulación originaria). Si usted entra en un círculo vicioso, acuda a la historia, a la dinámica de los conflictos sociales en su devenir. Ésta le dirá que para explicar la estructura-en-proceso, se requiere analizar las condiciones políticas, jurídicas e ideológicas históricamente específicas, que son condición de posibilidad para comprender las categorías económicas. Se trata de una totalidad histórica en proceso, no de compartimientos estancos y cláusulas “Ceteris Páribus”. Es el metabolismo social el que permite comprender y explicar la teoría del valor/trabajo, y no a la inversa. No comprenderemos que significa explotación, que significa plus-trabajo, sin comprender como se ejerce el poder, por qué conexiones y hasta que instancias ínfimas con frecuencia, de jerarquía, de control, de vigilancia, de prohibiciones, de sujeciones, se ejerce. Para que las relaciones sociales entre seres humanos aparezcan como relaciones entre cosas, hay que comprender como el poder de mando sedimentó un tipo específico de fetichismo. Las categorías de la “Teoría Económica” se ajustan a este tipo de fetichismo, reproduciéndolo en el plano teórico. La subsunción del trabajo al Capital implica una historia de control-mando de una parte de la población por otra (¿Lucha de clases?). No es que el valor/trabajo explique la lucha de clases, es que la lucha de clases explica los parámetros en los que transcurre el proceso capitalista de explotación, de relación entre salarios, precios y ganancias (de allí que Marx no hable en ningún lugar de “inevitabilidad de la lucha de clases”, sino de su abolición en un modo superior de cooperación social). Sin analizar “la Acumulación originaria del Capital” no es posible la comprensión del modo de razonamiento económico y de la racionalidad económica capitalista (La lógica de la acumulación por la acumulación misma). Marx planteó con sencillez la mitología de la teoría económica vulgar: “En tiempos muy remotos —se nos dice—, había, de una parte, una élite trabajadora, inteligente y sobre todo ahorrativa, y de la otra, un tropel de descamisados, haraganes, que derrochaban cuanto tenían y aún más. Es cierto que la leyenda del pecado original teológico nos dice cómo el hombre fue condenado a ganar el pan con el sudor de su rostro; pero la historia del pecado original económico nos revela por qué hay gente que no necesita sudar para comer. No importa. Así se explica que mientras los primeros acumulaban riqueza, los segundos acabaron por no tener ya nada que vender más que su pellejo. De este pecado original arranca la pobreza de la gran masa que todavía hoy, a pesar de lo mucho que trabaja, no tiene nada que vender más que a sí misma y la riqueza de los pocos, riqueza que no cesa de crecer, aunque ya haga muchísimo tiempo que sus propietarios han dejado de trabajar. Marx fue más allá de sus interpretes vulgares: “No basta con que las condiciones de trabajo cristalicen en uno de los polos como capital y en el polo contrario como hombres que no tienen nada que vender más que su fuerza de trabajo. Ni basta tampoco con obligar a éstos a venderse voluntariamente. En el transcurso de la producción capitalista, se va formando una clase obrera que, a fuerza de educación, de tradición, de costumbre, se somete a las exigencias de este régimen de producción como a las más lógicas leyes naturales. La organización del proceso capitalista de producción ya desarrollado vence todas las resistencias; la creación constante de una superpoblación relativa mantiene la ley de la oferta y la demanda de trabajo y, por ello, el salario a tono con las necesidades de crecimiento del capital, y la presión sorda de las condiciones económicas sella el poder de mando del capitalista sobre el obrero. Todavía se emplea, de vez en cuando, la violencia directa, extraeconómica; pero sólo en casos excepcionales. Dentro de la marcha natural de las cosas, ya puede dejarse al obrero a merced de las «leyes naturales de la producción», es decir, puesto en dependencia del capital, dependencia que las propias condiciones de producción engendran, garantizan y perpetúan.” ¿Comprende, Monsieur?.

jbiardeau@gmail.com


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Javier Biardeau R.

Articulista de Opinión. Promotor del Pensamiento Crítico Socialista. Profesor de Estudios Latinoamericanos-Sociología UCV.

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