Sadam, imagen mortal


Toda guerra moderna tiene dos frentes: uno militar y otro mediático. Éste ultimo, en nuestras sociedades hiperinformadas, tiene casi más importancia que el primero. Porque mueve signos, sugiere ideas, evoca mitos, crea conciencia. Y porque el ser humano siempre sentirá una irresistible pasión por los símbolos.

La larga «guerra contra el terrorismo internacional» a la que se ha lanzado el presidente George W. Bush empezó por una tremenda derrota simbólica de los Estados Unidos. Los infames atentados de aquel 11 de septiembre del 2001 se tradujeron en unas imágenes (los aviones- bomba destrozando el World Trade Center) de profunda humillación. El símbolo del poderío económico norteamericano borrado por una espectacular operación terrorista.

Desde entonces, Washington, como un león herido, está en busca de los autores de ese crimen infinito. Pero también de una imagen mediática que haga olvidar aquella de las Torres Gemelas hundiéndose en un caos de polvo, sangre y terror.

Con ese propósito, Donald Rumsfeld ha creado en el Pentágono una célula de comunicación especializada en la producción de escenas destinadas a provocar un fuerte impacto favorable a Estados Unidos en la opinión publica. Sus miembros fueron los que tuvieron la idea, en marzo pasado, de incorporar a periodistas «encamados» en el seno de las fuerzas de invasión. Luego, cuando los invasores conquistaron Bagdad, ellos idearon el derrumbe de la estatua gigante de Sadam Huseín. También imaginaron la gran superchería de la soldado Jessica Lynch. Por último, pusieron en escena el anuncio del fin de las hostilidades por el presidente Bush, disfrazado de piloto de guerra tipo Top gun , a bordo de un portaaviones y delante de una triunfante afirmación: «Misión cumplida».

Pero ninguna de esas escenas tenía la fuerza simbólica que se buscaba. Y además, desde que se intensificó la resistencia, las contraimágenes de helicópteros derribados y de soldados abatidos han venido a poner en duda la eficacia de la propaganda oficial.

Por eso se buscaba una imagen total , y se apostaba por la de Sadam capturado. En previsión de esto, el Pentágono estudió la mejor manera de anunciar la detención del ex dictador. No se quería cometer el mismo error de cuando la muerte de los hijos de Sadam. El Pentágono elaboró un documento interno, High value target nº 1, analizando la mejor manera de difundir el arresto eventual de Sadam. Se nombró a un ex periodista, Gary Thatcher, para dirigir ese anuncio. Éste contempló dos posibilidades: Sadam muerto o Sadam vivo. En el primer caso se haría una identificación por ADN inmediata y en Bagdad. De todas maneras, el anuncio debía ser hecho por un iraquí.

Para no convertir a Sadam en mártir, la opción preferente era atraparlo vivo. Por eso, cuando se supo con exactitud su escondite, se introdujo un gas por el sistema de aireación que le aturdió e impidió utilizar su arma para defenderse o inmolarse. Luego Gary Thatcher, con un cuidado particular, imaginó la puesta en escena de las imágenes que se iban a diseminar por el mundo.

Se filmó a Sadam, con estilo de vídeo aficionado, sin sonido, a través de un espejo invisible. Se acentuó el contraste entre el ex dictador barbiespeso, desmelenado, vestido de negro, sobre un fondo de revestimiento blanco clínico, frente a un médico calvo, barbilampiño y de blusa clara. Que lo domina en estatura y lo manipula, lo espulga, le inspecciona la boca, con guantes blancos de goma.

Además de humillante -y contraria a lo establecido por la Convención de Ginebra- esta visión de un Sadam rendido, dócil, vulnerable, con pinta de errático vagabundo piojoso (no de jefe guerrero), y examinado como un paciente pasivo, estaba destinada a la opinión iraquí y árabe. Es la imagen que mata a las miles de representaciones narcisistas que el ex-dictador, en su delirante culto de la personalidad, había exhibido en las plazas públicas de Irak. Pero una cosa es destruir un símbolo de la tiranía, y otra acabar con la resistencia.


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Ignacio Ramonet / La Voz de Galicia


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