Batalla de Margarita: III solapa

A la captura del ñero

El término “ñero” es el que utilizaban los margariteños para autodenominarse a sí mismos y diferenciarse de los demás. Un equivalente al “guaro” larense, los margariteños se autocalificaban de ser muy solidarios entre sí. Sin embargo del orgullo y encanto de sus primeros días, hoy la palabra es un calificativo peyorativo que indica persona tonta, ingenua, o también falto del sentido común, indicativo de todo lo contrario cuando la isla “estaba aislada”, “antes que el ferry” dirían unos, “antes que el petróleo”, replicarían otros. Cierto es que un nuevo perfil rueda de boca en boca, a la hora de una selección de personal “los margariteños son flojos y retrecheros”. Y si es por el lado ambiental, “los margariteños han acabado con la fauna de la isla, son unos inconscientes”.

Una nueva profesión luce tentadora a pesar de los riesgos que arrastra. No se trata de ningún deporte extreme: es la profesión del taxista. Una extraña mano de dados juega con el destino de estos trabajadores mientras la vida prosigue campante en un impulso que el aceleramiento vial olvida con el próximo caído. Pareciera por otro lado, que el TLC implantado con tarjeta de Puerto Libre, impone sus propios Potosí a la economía local otorgando riquezas a la mano, y los taxistas son hoy piezas “confiables” para un embate del hampa… Con el añadido de que los matan. Lejanos están los días que las familias desconocían tales ultrajes y dormían con las puertas abiertas, recibían a los visitantes y la comida corría por cuenta de la casa.

El petróleo trajo otros intereses sembrados en la propaganda de los (falsos) paraísos con “todo a la mano”. Los comisariatos quebraban y reemplazaban a bodeguitas y pulperías. Nacieron las “Gran Parada”, remedo de las paradas de carreteras norteamericanas, padres legítimos de los centros comerciales que se articularán posteriormente en los big markets, hiper markets, hasta alcanzar los mall, de los que margarita parece ser referencia obligada, donde es campeona veterana.

Pero esto sin la llegada del ferry no sería un “éxito” completo. El ferry. El ferry abrió las puertas de margarita mientras los sus hijos aprendieron a cerrar sus casas. Las malas costumbres llegaron antes que las buenas, de las que los insulares no estaban vacunados, y el anfitrión que te recibía con una tela (arepa muy delgada) y un corocoro, aprendió nuevamente a desconfiar. Con la diferencia que este enemigo es superior a Morillo, y él, debilitado por las nuevas ansias inculcadas. La Zona Franca inundó del alcohol fácil a los pescadores antes que los diques de agua que necesitaban. Decayó el interés por la siembra. Parecía que los factores externos podían en adelante hacerse cargo de la supervivencia insular que antes se costeaban con esfuerzo propio.

El contrabando produjo más rápidos beneficios que las noches de pesca, la Zona Franca no podía evitar su influjo y se abrieron las compuertas al Puerto Libre… y el libre comercio atenazó como propia a la isla que poco a poco va “deslastrándose” de tradiciones que apenas algunas insipiencias tratan de flotar el asomo de lo que hoy queda casi fosilizado. El reggaeton, vallenato, lambada y merengue exasperan en todos los decibeles posibles lo que sus propulsores creen que son lo más representativo de su idiosincrasia, y colectivo que no entre en el redil es visto como bicho raro, tal cual como el que da los buenos días. Alienación a fondo. Y si es la seguridad el tema, creo, sin temor a equivocarme, que el estreno de la Policía Nacional debería tener su arranque en esta isla. Las fuerzas de seguridad más que currículos arrastran prontuarios, manchando las hojas de servicio del personal que no merece vestir el mismo cliché tras el uniforme, descolorido de matracas, extorsiones y qué sé yo de cuántos enmarañados delicuenciales.

La inseguridad, definitivo que es hoy el azote principal, lo que obliga recogerse como paliativo al problema que luce desbocado. La isla ha sido y es lavadora del narcotráfico como por otro lado, ostenta en las carreteras más inseguras con un accidente estrepitoso cada dos días, claro que a esto se añade la inseguridad jurídica, también atrapada por los elíxires del lavado. Margarita es fiel ejemplo de un enclave del TLC; una oportunidad perdida, arropada por las quimeras consumistas, le facilitó el camino a la actual administración, cuyo proceder va de la mano con la intención libre-libre-comercial.

El hecho es que como buen ejemplo “telecista”, jamás veremos una vajilla de barro del Cercado en un hiper de la 4 de mayo, un instrumento de algún lutier pescador, chinchorros, hamacas, zapatos del Maco, en fin, ninguna política que preparara e impulsara a los cultores mejorar la calidad de sus productos, protegerlos, asistirlos con puntos de venta directa, al lado d las mercancías foráneas. Allí están los resultados, el hampa desatado, sea de anegados o de locales.

Estas son las otras perlas que engalanan la isla. El trabajito por hacer. Sin nada, buscando prosperidad, han encontrado la miseria incontables margariteños migrados, sean los que fueron engañados o loas que anclaron sin saber qué hacer. La isla no conocía la miseria. Aún hoy creo, que se puede obtener por Leyes de Indias (casi nada), una pequeña parcela para los margariteños nacidos que adolezcan de ella. El derecho proviene desde la colonia. Las invasiones le pasaron por encima.

La impaciencia fue abrazada de la angustia, elemento muy nutritivo para el envite de azar, que proporcionó su popularización en los tonos más pomposos, de modo que bingos y casinos se sostienen fáciles con la clientela local entre temporadas, sí, hablo de la droga del juego, no proliferado en ninguna otra parte del país. No creo que exista en el país conciencia más bombardeada por y para el consumismo que la del margariteño.

Y claro, todo postre tiene su cereza, las tres X, válvulas que pistonean ante el derroche duro del sexo sodomita en ambientes VIP, pues el flujo de ganancias envidia cualquier empresa local de mayor tamaño, Conferrys por ejemplo. Y esto no es un diagnóstico, es un nombrar cosas que sean retratos para la observación del fenómeno sumamente perjudicial si no tiene su coto y pronto. Alguna insinuación he escuchado de un 27 de febrero (Caracazo) pudiera explotar si las esclusas de justicia social no se hacen influyentes hacia los intereses humanos de los que el vecino insular era un ejemplo resaltado.

La cuesta arriba se ve patente, el trabajo mal hecho de la anterior gestión (Navarro), ha debilitado la confianza. El terruño ha sido tomado por la desazón. Un terruño lleno de historia valiente, con productos agrícolas que aún dan muestra de una exitosa abnegación, hoy apenas un resuello de ese pasado. El país que está siendo impulsado en Los Llanos debe tomar al suelo neoespartano. La pajarera que era la isla debe volver a cantar las madrugadas al sembrador insular. El coche y el conejo deben regresar a fastidiar los sembrados. Los mares medio vaciados por las truculencias de las factorías de arrastre deben volver a la calma de la confianza para las familias que ansían un espacio a sus vidas. Erradicar la miseria de una isla tan rica. Canalizar el flujo del turismo. Los poderes se están horizontalizando. Hay una esperanza que la puede definirse sólo desde abajo. Una perla a ser rescatada y proporcionarle el brillo de la magia de su riqueza: Su Humanidad.




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Arnulfo Poyer Márquez


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