Abril en primera persona

Empezar, y volver a empezar, y volver a empezar. Cada vez estoy más convencido de que nuestra tragedia caribe, mestiza, no es más que el extravío, cada cierto tiempo, cada ciertas cosas. Despojado de las pasiones, hay que decirlo: ¿qué podía esperar el país ese abril encantado cuando un grupo movido por una visión particular del país pretendió sustituir la legitimidad y el orden por el caos y la imposición, desconociendo la voluntad popular y el camino del un proceso político para la fecha en ciernes?

Una cena en el Titanic

Yo era un desprevenido en la avenida Universidad, la fría tarde del jueves 11 de abril en una Caracas que parecía más bien Londres a mediados del '44, cuando las bocanadas de angustia de una sirena intermitente obligaban a los londinenses a saborear el té en los andenes del metro, mientras arriba los aviones alemanes dejaban su rastro de destrucción. Me tocó correr por entre paisanos y mercachifles, a quienes a su vez les tocó lo mismo por entre policías y manifestantes. A media cuadra de la puerta sur del Capitolio, me acordé de tener hambre, y supuse que una empanada con su respectiva malta bien fría no harían más ni menos por una marcha escuálida y una resistencia soberana. Pero qué va: un chorro caliente de mantequilla me untó de sus urgencias, mientras un grito de conciencia me decía: "come o corre". Mejor correr.

No sabía a esa hora, las 2 de la tarde, cómo iban una y otra concentración, porque mientras decidía mi neutralidad periodística con una moneda al aire, me vi sentado cómodamente sobre un muro de El Calvario, con la mirada zigzagueante entre el viaducto Nueva República y la esquina de Marcos Parra. Desde allí, sin duda, un acto desafiante: el frente de vanguardia de la marcha "por la libertad" no era más que un piquete de bellos y esbeltos veinteañeros en pareja sobre sus motos Harley Davison de alta cilindrada. Mientras ellos hacían rugir el motor de sus bólidos, a ellas, de copiloto, les correspondía hondear el tricolor y vociferar alguna consigna, avanzando con una gran osadía sobre el peligroso territorio de los bolivarianos. Y llegaban así, por gotera, casi una estupidez frente a las ganas de los otros que esperaban impacientes, palos en mano.

El Calvario, hay que decirlo, no era precisamente el sitio más neutral. Desde allí otros curiosos, sobre todo provenientes de Monte Piedad, sacaban una conclusión inobjetable: de esa vaina van a salir varios muertos.

A nuestros acompañantes circunstanciales los pilló una duda: "¿y usted es escuálido?" me preguntaron dos liceístas. Uno me miró, yo lo miré, ambos me midieron de arriba abajo, un borracho trasnochado nos miró en conjunto, y cuando balbuceante intenté elaborar una respuesta inteligente, un hilo de detonaciones desvió la atención de todos. Eran las primeras lacrimógenas.

Fue una danza pendular

Los manifestantes buscaban subir por el viaducto hasta la esquina oeste de Casa Militar. Desde allí la Guardia Nacional repelía con las gaseosas y arriba, los chavistas coreaban algo que sonaba como un enjambre. En la plaza O' Leary se amontonaban los muchachos bien, las señoras de alhajas, las rubias despampanantes con sus hijos rubios y de cutis luminoso, con una valentía, por lo menos, sorprendente. La estación del metro de Caño Amarillo, donde habían dado puerta franca, dejaba salir oleadas de hombres y mujeres que gritaban "¡Viva Chávez!" y subían a insuflar el colchón de la resistencia.

Manos arriba

Me asaltó una angustia: ¿pero qué coño hago yo encaramados sobre esa explanada cuál Nerón sobre la Acrópolis mirando como se incendiaba la cuidad? ¿Con qué derecho ese pequeño grupo de veinte o treinta curiosos "neutrales" mirábamos cual manada de turistas alemanes, el espectáculo de una Caracas que se desangraba en medio de una especie de show mediático? "Apenas soy un periodista", me respondí molesto, pretendiendo convencerme de que con esa patente de corso tenía el salvoconducto para no actuar, para ser testigo, para mirar los toros desde la barrera. En eso pensaba hasta que una banda de motorizados de rostros pintarrajeados con dos franjas rojas por cada mejilla, invadió nuestra pequeña meseta para tomar piedras de todos los tamaños y a la orden de "disparen" de un señor con aspecto de mensajero pana de una agencia bancaria, hicieron danzar sobre la preciosa tarde abrileña de esa Caracas mortuoria (casi desde la misma posición donde un alemán romántico disparó un clic para recoger las primeras instantáneas de la ciudad naciente) sus esquirlas defensivas.

Pensé: ¿qué culpa tienen esos pequeños allá abajo, escapados del regazo de sus padres cargados de odio y al grito de "se va, se va, se va", que a esos adultos jamás les importe cómo está el Ávila de reluciente hoy, que parece un espejismo? Miré ese abril con su luz tropical radiante, desde la privilegiada colina que marcó alguna vez un punto de encuentro en el camino que unía antiguamente a Caracas con La Guaira, por donde pasaron miles de españoles arrastrando su ilusión del Dorado, y negros esclavos dejaron pedazos de piel zurcidos con los retazos de desmemoria que han servido para construir este país. Colina desde donde alguna vez un nativo caribe avistó una danta, y seguramente le dio cacería, con piedras y lanzas que igual que ese jueves de abril, abrieron una brecha invisible entre los instintos y la necesidad de supervivencia.

Me asusté

Tuve que emprender la huída por un atajo mientras el metro me recordaba que no estábamos en 1510 sino en el 2002, presenciando las basas de una historia apenas contada, todavía caliente, que sin embargo debía aclarar muchas dudas, terribles como la inseguridad de si fue exactamente allí, en El Calvario, donde un urbanista aragonés se posó pluma y papel en mano para delinear un mercado mayor y una iglesia, y varias cuadras frugales de asbesto y adoquines en ese acto fundacional que hoy creemos reeditar.

Si el saber no es un derecho

Ayer y hoy me interrogo avergonzado: si había hombres armados disparando con furia desde el puente Llaguno, en la avenida Urdaneta, a una masa desarmada e indefensa que marchaba "pacíficamente", ¿de quién se escondían con tanto empeño, como quien toma una precaución en pleno enfrentamiento?¿Qué explicación puede tener que muchos de los muertos de ese jueves fatal eran del bando chavista, como se atrevió a aclarar uno que otro periodista en medio de la censura atroz que ya se cebaba sobre el país?¿Qué es de la vida de eso que la legislación elemental y los derechos humanos llaman "el debido proceso" y que no es más que una buena razón para que la justicia no se ejerza con brutalidad?¿Si el Fiscal General para entonces, Isaías Rodríguez, lo seguía siendo el viernes antes de la cadena de Carmona Estanga ya instalado en el poder, por qué "todos" los canales de televisión y las emisoras de radio tomaron la extraña precaución de transmitir sus declaraciones sólo hasta que se atrevió a afirmar que él no había ejercido el acto regular de conocer en persona el supuesto papel firmado por Chávez donde dimitía como presidente y donde despedía al Vicepresidente Cabello?¿Si ganaba un bando del país, cómo quedaría el otro?¿No se trató de un golpe de Estado de derecha que quedó casi plenamente evidenciado con la constitución de un tren ejecutivo y un grupo de asesores en su mayoría socialcristianos que tuvieron roles protagónicos junto a Caldera antes y después del chiripero?¿Y la Asamblea y los poderes regionales y locales, todos, no se constituyeron por elecciones libres y democráticas y cada uno no debía vivir su proceso natural de disolución o sustitución en el marco de ese "nuevo" gobierno que en 24 horas ya había disuelto todos los poderes y había echado por tierra un proyecto político nacional con millones de seguidores?¿Los medios, fueron o no responsables de que conociéramos apenas una parte ínfima de la historia, la que favorecía a los vencedores y denigraba de los vencidos?¿Los policías, no favorecieron a las turbas enardecidas de la pandilla bonita, para que golpearan con saña a esos hombres detenidos y acusados de qué exactamente: de oradores enardecidos, de declaradores de oficio, de ministros del bando de los malos de la jornada, de gente que creía y cree en lo suyo?¿A Tarek William, por qué, por ingenuo, por poeta de la revolución, por defensor de su causa, por diputado?¿Y a Aristóbulo; por gente, por compadrito, por negro?¿Los ángeles tienen sexo? ¿Dios es blanco o es negro?

PD. Es necesario aclarar que todo esto fue escrito el sábado 13 de abril en horas de la mañana, con angustia y rabia, antes, obviamente, de que los acontecimientos tuvieran un cambio tan sorprendente para al final, darme la razón. Sin embargo, quiero decir que todavía existe angustia y rabia, ahora más cuando muchos parecen haber olvidado las lecciones de aquel abril.

marlonzb@gmail.com


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