Diario para un hombre "muerto"

Bolivia, 8 de octubre de 2001. 40 años después.

Desde la tierra donde varios siglos antes algunas calles de Potosí hasta la iglesia de Recoletos, fueron pavimentadas con barras de plata y con ésta, se levantaron templos y palacios, monasterios y garitos y ofreció motivo a la tragedia y a la fiesta, derramó sangre y vino, encendió la codicia y desató el despilfarro y la aventura. Así lo dice Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina.

Ayer la luna apareció muy pequeña y el cañón se culpó de no haber borrado las huellas de insurgentes aquel 8 de octubre de 1967. Hoy es día lluvioso. Estoy sentado en un viejo pupitre en la antigua escuela de la Higuera. Los niños juegan con la lluvia y saltan como queriendo abrazar al sol. Si tuvieran alas, como se lo ha pedido García Márquez a Dios, todo sería más fácil para volar.

Esta es una historia real en la imaginación. En Bolivia existen muchos huesos sembrados que aún están en distintos puntos donde murieron sus cuerpos. Supe ayer (8 de octubre de 1967) que te hicieron prisionero. Estabas herido. ¡Maldita la bala que te hirió Che, comandante, amigo! Discutieron las mafias, generales se disputaban el secreto, soldados se miraban extrañados y te respetaban, en la Casa Blanca tomaban champán por la , los teléfonos repicaban cada segundo y sólo pocos descifraban los mensajes. Decidieron matarte Che, comandante, amigo.

Disfrutaron los gorilas de trapo disparándole a tu cuerpo inerte y y silencioso. Robaron tu cuerpo al pueblo. Lo enterraron en secreto. Tres décadas daba el silencio para revelar el secreto mientras se desmemoriaban los gorilas de trapo o morían víctimas de sus propias culpas.

Los niños gritan, ignoran este diario. Sopla una brisa intensa desde las montañas. El polvo de las calles viejas está dormido. Sobrevuelan pájaros en círculo sobre Jagüey, Pucará e Higuera. Una bandera de Cuba y otra de Bolivia ondean sobre un árbol a la orilla de Río Grande. Un anciano me dice que tú, Che, comandante, amigo, eres el honor de aquella vieja idea de los libertadores para honra del presente y el futuro.

Hoy es día de la memoria y no de fiesta”, dijo la maestra. Los campesinos salieron con el sol para regresar temprano y recordarte Che, comandante, amigo. La luna solicitó permiso para volver antes de las seis de la tarde. “Su barba hablaba”, dijo un anciano a unos turistas que preguntaban por tu historia Che, comandante, amigo.

Faltaron los incas para que la epopeya fuera de todos los tiempos”, escribió un filósofo de las montañas y los ríos y los vientos. Está llegando la gente de distintos lugares. Las velas están encendidas y nunca se apagan. Todos te recuerdan con admiración Che, comandante, amigo. Los asesinos de la vida tienen miedo de matar la historia y la memoria y el recuerdo. El secreto y el silencio de tus huesos enterrados rompieron con la opresión.

La Quebrada del Yuro detiene sus aguas a la una de mediodía todo los ocho de octubre. Sabe que existe un cerco para la muerte. Guarda un minuto de silencio y luego sus pequeñas olas aplauden por el resto del día. El árbol que con su sombra cubrió tu herida, sigue mirando desde lo alto y el rocío lo cuida con esmero. La historia prohíbe que lo talen.

La vieja Epifania nunca habló con los militares asesinos ni te negó verdades, pero ya no pastorea cabras. Murió en el monte quejándose de no haberte tendido su mano como amiga Che, comandante, amigo. Su resto de vida lo hizo con miedo que le cobraran tus gestos generosos. Algunas cruces en los caminos testimonian que hubo un tiempo de rebeldía que quiso cambiar destino. El arte del campo te pinta más allá de la muerte para que sigas vivo Che, comandante, amigo.

Está escampando. Los niños hacen un círculo. La maestra los mira y sonríe. Los campesinos regresaron y levantaron sus machetes en señal de victoria. Los más ancianos colocaron un ramo de flores rojas en el lugar donde los gorilas de trapo creyeron que te mataron un día Che, comandante, amigo. Alguien enciende un tabaco y se lo fuma en tu memoria.

Las quebradas de la Tusca y de Jagüey unieron sus manos para proteger al cantarillo de arcilla que es la del Yuro. En Cochabamba ya nadie niega tu inmortalidad Che, comandante, amigo. Muchos poemas anuncian tu heroísmo. Muchas piedras le cantan a la historia del campo. Inti escribió un diario y un juramento de lucha a tu memoria. También por seguir tu ejemplo Che, comandante, amigo.

Ya es de noche. El pueblo tiene sueño. Es un día de la memoria y no de fiesta, como dijo la maestra. Los niños están dormidos. Hace un intenso frío. Está lloviendo de nuevo. Del río se dejan oír sus golpes y los truenos alumbran algunos horizontes.

Tus huesos viajaron escondidos por los gorilas de trapo. Tres décadas de silencio y sueño, búsqueda incesante de mirar al sol y a las estrellas con su luna entera. Se consumió la sangre y la carne para que vivieran tus huesos con el pensamiento intacto Che, comandante, amigo. Tus huesos jugaron con tierra y agua en el absoluto silencio de la oscuridad para que no muriera la historia con balas que asesinan la vida. Decidieron hacerse semilla y brotó el árbol rebelde con sus ramas estiradas hacia arriba sin mito ni fantasía. Sí en símbolo de ejemplo que perdura y en tres décadas venciera el olvido de la desmemoria que asesina pueblo.

Tus huesos regresaron guerrilleros de refuerzo Che, comandante, amigo. Anduvieron en hombros de tu pueblo representando a otros pueblos con tu pensamiento intacto. Antes cabalgaron junto a la sangre y la carne haciendo campamentos y combates, trincheras de triunfos y derrotas, flores cultivadas, flores cortadas, camino cierto, camino empinado, palmito de vida, herida de muerte.

Esta noche no quiero dormir. Estoy mirando por el cristal de la lluvia el horizonte. Comprobé que las velas siguen encendidas. La brisa le pasa por un lado. Alguien ronca. Duerme profundamente su sueño. Tal vez está haciendo una historia secreta de su vida y de su mundo. Son las doce y comienza un nuevo día. Decidí caminar bajo la lluvia. Alguien dijo: recuerden al Che, pero nunca se olviden de sus asesinos. “No es necesario que no los digan”, respondió una anciana que cuando joven creyó que tu cuerpo dormido era el de Cristo Che, comandante, amigo. Guardé el diario. Al rato mi cuerpo estaba completamente mojado. Todo esto Che, comandante, amigo, es imaginario pero cierto. De pronto desperté y ya el alba dejada mirar el azul de cielo como si un largo pensamiento estuviese uniendo los continentes en nombre de la libertad. El diario estaba intacto tal como lo escribí.

Tus huesos regresaron guerrilleros de refuerzo Che, comandante, amigo. Cuarenta años después, los pueblos que reclaman y luchan por su emancipación, siguen convencidos que vives eternamente en sus memorias, Che, comandante amigo.



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Freddy Yépez


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