A los amos y depredadores de la lengua

Cartagena de las “Antiguas” ‘Indias’ y hoy Cartagena a secas, justo donde las murallas tienen las huellas ignominiosas de la mezcla de sangre de esclavos con agua y sudor y lágrimas de mercancías humanas, se ha realizado el IV Congreso de la Lengua Española. Rey y reina, presidente y expresidentes, vicepresidente y ministros, intelectuales y escritores de alto calibre, personalidades de las elites de la economía y la política, jefes de Iglesia, nobles de raza pura, editores que beben vino en las calaveras de los escritores, bolsillos llenos de tarjetas de crédito sin límite de saldo, hombres y mujeres ‘cultos’ y ‘cultas’ de varios continentes, estuvieron presentes hablando o dialogando de la lengua pero no de las manos que producen la riqueza y viven en la miseria y el dolor. Salvo –seguro- el Premio Nóbel de Literatura don Gabriel García Márquez, que fue homenajeado y no podía negarse, los demás –a excepción de unos poquísimos tal vez-, de alguna manera, han jugado con las palabras como el soldado que le encanta hacer disparos al aire buscando puntería matando pájaros.

 No había gente humilde, no estaban los descamisados que no pueden componer sus discursos o sus intervenciones o escribir con más de 200 ó 300 palabras del diccionario de la Lengua Española. No asistieron los proletarios de manos laboriosas en las fábricas, los artesanos de manos laboriosas en los kioscos de la artesanía, los campesinos de manos laboriosas en los campos, los estudiantes y maestros de manos laboriosas en las aulas, las mujeres preñadas de incierto futuro pero de manos laboriosas en el hogar, los ancianos que fueron manos laboriosas antes y ahora andan desprotegidos de los deberes del Estado. Menos podían estar los mendigos que ni siquiera se dejan ver de viejos amigos, ni los ‘locos’ que renuncian a la palabra que la boca pronuncia, ni las prostitutas desvaloradas por los años que las envejece, ni los que piden limosnas en la sociedad que los desprecia, ni los niños abandonados por el Estado que los mira y los trata con desprecio, ni los poetas y cantores que no le paran bola a las reglas gramaticales para escribir sus poesías y sus canciones, ni las obreras de las patronas de las palabras en el régimen de la  economía de esclavitud doméstica. No podían estar, no son invitados, no están a la altura de la lengua para asistir a un evento tan prestigioso y elitesco como el realizado en la parte bellísima de Cartagena y de espalda a esos barrios que viven de la organización de la pobreza repartiéndose el hambre y la sed.

 No es nada de protesta contra la lengua española, no es nada de crítica a las palabras que sirven para comunicar a las personas y hacer que se comprendan, no es nada contra el verbo que se aferra a la realidad para que haya verdades y no mentiras, no es rechazo a esos conceptos que vinieron y enseñaron culturas nuevas y las relacionaron para apoyarse mutuamente. Se trata es de ver el lenguaje como un instrumento del habla y de la escritura por la emancipación del mundo, por el mejor y más solidario entendimiento de los pueblos para fusionarse como humanidad entera. Por eso, creo, en este tiempo de globalización capitalista salvaje, nos hace falta un poco de Hu Shi para comprendernos mejor, para hablar más acertadamente y para escribir con más tino en las realidades inobjetables que se producen en el mundo donde existen, así lo parece, más lenguas que naciones.

 Si aplicamos un poco de la enseñanza del Manifiesto de Hu Shi lanzado a la opinión pública en enero de 1917, estaremos profundizando la conciencia por la revolución. Es muy sencillo y fácil de entendimiento. Veamos de qué se trata y en qué nos favorece a los que no somos ni tenemos el nivel de ‘cultos’ ni la piel impecable para asistir a un Congreso Internacional de la Lengua Española o de cualquier otra lengua donde domina el mundo los amos de las palabras y del capital y de la vida de los demás. Hu Shi se percató o captó que existía una enorme diferencia o contradicción antagónica entre los letrados chinos que escribían lengua wenyan y el pueblo que  no escribía pero sí hablaba lengua baihua. Y allí estaba el meollo para que no se entendieran los letrados con el pueblo ni éste con aquellos.

 Para Hu Shi, los letrados escribían en una lengua muerta que estaba destinada sólo a ser leída, estudiada o entendida por la minoría que se movía en el escalafón de cultos o únicos preparados intelectual o científicamente. Eso hacía que los letrados estuviesen muy alejados de la necesidad de conocimiento y del espíritu de lectura del pueblo. Hu Shi sostenía que la lengua en que hablaba el pueblo era única viva, la única comprendida por esa enorme masa. En ese tiempo toda la literatura china (a excepción de algunos géneros despreciados como las novelas, leídos ocultamente), estaba escrita en wenyan, como lo dice Hu Shi. Y no se percataban que el pueblo no hablaba el wenyan como los letrados no escribían en baihua.

 Hu Shi produjo en esa inmensa nación una “revolución literaria”, que se manifestaba en hacer accesibles las obras literarias, por lo menos, a todos los que sabían leer y que esa literatura se vinculara de manera mucho más directa al pueblo chino. De esa forma rompió con esos esquemas, estilos y géneros que durante diez siglos fue felicidad casi exclusiva de los letrados y de los pocos que leían la lengua wenyan, es decir, una literatura oscura de aristócratas, pedante e ininteligible, mientras que la literatura que planteaba Hu Shi era de carácter popular: simple, clara y substancial.

 El conservadurismo, los que viven aferrados y apasionados a la vieja tradición elitesca de literatura clásica, reaccionaron con violencia contra el Manifiesto de Hu Shi, pero la verdad es mucho más fuerte que la resignación. La necesidad de superación literaria en China hizo que la idea de Hu Shi triunfara de la manera más rápida posible, logrando que la mayoría de los letrados asumieran la lengua baihua para escribir. Fue entonces cuando una buena parte del pueblo chino empezó a leer.

 Todo lo explicado o reseñado anteriormente lleva el fin siguiente: los intelectuales, los escritores, los cronistas, los articulistas, los literatos que están de lado de la revolución tienen que agarrar algo de Hu Shi para sus escrituras si quieren que el pueblo las lea, es decir, deben hacerlo en un lenguaje que sea accesible a la capacidad de entendimiento de las masas o, en otros términos, sin recurrir al lenguaje elitesco y tradicional de la literatura clásica pero tampoco hacerlo en el vulgarismo que es propio de quienes creen que el estamento que va hacer la revolución socialista es el malandro.



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Freddy Yépez


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