La izquierda enajenada y meretriz

La izquierda se ha ido enajenando del pueblo. En realidad vivimos en un tiempo en que la propia catalogación de personas (activistas, intelectuales, gobernantes) en términos de izquierdistas y derechistas ha llegado a ser parte sustancial de esa enajenación. Políticos o intelectuales que defienden lo más sagrado que existe para todas las clases populares (obreros, campesinos, autónomos), a saber, principios como la familia o el Estado nacional, ahora son tildados de de derechistas o fascistas. En el campo de la Filosofía, Denis Collin, en Francia, o Diego Fusaro, en Italia, son buenos conocedores de la tradición marxista, han recibido ese feo y maleducado trato ("fachas") en numerosos sectores que pretenden haberse apropiado de toda la semántica del término "izquierda". Pero, simultáneamente, y para añadir horror y leña en este mundo que arde, es la misma izquierda woke la que reparte carnets a su gusto, carnets bien de progresista, bien de revolucionario, y pretende hacernos comulgar con ruedas de molino. Así ahora se llaman de "izquierda" a toda suerte de políticas identitarias: las mujeres tendrán su propia revolución y su propia lucha "final" (como reza la letra del himno de La Internacional). Ya no es la liberación de los obreros, sino la específica revolución de aquellas que quieren quitar la faldita en el cartel con monigote de los váteres públicos. Ya no es la lucha contra el capital y sus esbirros, sino la lucha contra los "estereotipos" machistas y los piropos, o la guerra contra las reglas del buen hablar, sustituidas ahora por un "lenguaje inclusivo". Derivas de este tipo pretenden pasar por lucha y objetivos de izquierda, que son bobadas e imposturas, mientras el capitalismo neoliberal campa a sus anchas, se extiende cual virus deletéreo y, desde Occidente, declara la guerra al resto de la Humanidad, la que no es occidental.
He dado ejemplos de la degeneración feminista de la izquierda, pero podría dar ejemplos de toda suerte de reivindicación identitaria la cual, desde las coordenadas de un marxismo clásico, son intrínsecamente reaccionarias. Que los pequeños grupos separatistas que anidan en Cataluña o en el País Vasco tengan la capacidad de condicionar la política de toda la nación, y además someterla a chantaje desde unos principios ideológicos claramente supremacistas, no se puede considerar revolucionario ni progresista. Esta gente no es izquierda, se pongan como se pongan. La fragmentación de un Estado, hecho que suele deberse a las maniobras de potencias extranjeras interesadas en quitarse de encima a un posible competidor, suele ser empresa reaccionaria donde las haya, no siendo que se trate de una colonia o una etnia largamente explotada por antiguos invasores. Los vascongados y catalanes son españoles hasta la médula desde hace siglos, y no es este el caso que justifique separaciones, ni pactadas ni a las bravas. Sin embargo hemos llegado al esperpento de denominar "fascista" al pensador, ciudadano o activista que defiende la familia o el Estado nacional (baluartes de la clase trabajadora ahora y siempre), y en cambio se denomina "antifascista" a quien defiende privilegios y luchas "parciales" (no luchas de clase) para mujeres, trans, "racializados", intrusos ilegales, etc. , etc.
Llevo décadas denunciando este "mundo al revés", esa impostura institucionalizada que hoy llega a los extremos de la llamada "izquierda woke" o la izquierda posmoderna.
Soy de la opinión de que cualquier lucha parcial, sin la perspectiva de clase, es antimarxista y es funcional al capitalismo neoliberal. Hace bastantes años escribí sobre el feminismo marxista: la liberación, o es de toda la clase explotada o no es liberación. Las feministas burguesas, bien instaladas en el sistema, al estilo de Amelia Valcárcel, al final se han encontrado con la horma de sus zapatos. Aceptaron años atrás a todo tipo de extraños "compañeros y compañeras" de viaje, y ahora se encuentran con que nadie sabe ya lo que significa ser mujer. Identidades de género fluidas, no duales, cambiantes u oscilantes, y hasta machos disfrazados de mujer pueden pasar legalmente por hembra verdadera, e imponerse sobre los derechos y demandas de auténticas mujeres, con lo cual ya nadie sabe lo que es feminismo, a no ser (como defiende casi en soledad Lidia Falcón) que el feminismo vuelva a ser marxista. Y si es marxista, ya no es cosa sólo de mujeres o de personas de "identidad difusa": la emancipación clasista de la Humanidad es asunto de todas las personas, empezando por los verdaderos artífices de la misma, los trabajadores, entre los cuales están las mujeres. Hombres y mujeres explotados están más unidos por el yugo de la explotación que por otra cosa. En cambio, el capitalismo neoliberal se ha inventado una izquierda identitaria para dividir, para inventarse una guerra de sexos cuando, en realidad, lo que hubo, hay y habrá es una guerra de clases.
Se hace preciso y urgente fundar un amplio movimiento popular que rechace las falsas guerras de laboratorio que el neoliberalismo americano ha ido fabricando desde 1945. Apunto esta fecha porque la historia fue la siguiente. Cuando el territorio europeo quedó dividido en dos campos, y ambos campos fueron ocupados por tropas yanquis y soviéticas respectivamente, se libró una suerte de guerra fría cultural e intelectual, cuyos resultados hoy son bien patentes. El campo soviético, al final derrotado en 1989 en su intento de emular el productivismo y el militarismo de Occidente, siguió fiel a los modelos "clásicos" de familia y moralidad prevalentes en Europa. Esos modelos siguieron vigentes y promovidos por el Estado en toda Europa del Este, incluida Rusia, a pesar de que entonces, como ahora, la propaganda americana describía a su rival como un imperio dominado por "hordas asiáticas" como si allí vivieran, en vez de los soviéticos, unos nómadas comandados por Gengis-Kan. Era la misma crítica que hizo Hitler cuando rompió con los soviéticos. En ese campo soviético hubo, incluso, campañas para promocionar la familia estable, combatir la promiscuidad y el sexo bizarro, dignificar el papel de la mujer que, siendo trabajadora es a la vez, madre, etc.
En el campo occidental, muy al contrario, las cosas fueron degenerando. El marxismo "occidental" se fue despegando –en buena hora- de los catecismos y dogmas de los soviéticos, pero en el proceso de de-sovietización se perdieron no pocos elementos esenciales para una lucha de clase y un combate eficaz contra el capitalismo. La crítica a un modo de producción alienante, en el fondo suicida, incompatible en el fondo con cualquier comunidad humana organizada que respete la dignidad de la persona, fue deslizándose hacia una crítica antropológica radical, hacia la "Estructura", que de forma crecientemente abstracta supuso la crítica a la esencia misma del hombre, de sus instituciones básicas (familia, Estado, religión), e incluso la crítica hacia constantes biosociales que se hayan "impresas" –como marca de fuego- en la naturaleza humana, una naturaleza que, dígase lo que se diga, existe. Pues de la misma manera que la naturaleza o esencia de un cuadrado no es otra que la propia de toda figura plana cerrada por cuatro lados iguales, el hombre posee también esencia o naturaleza: la esencia de ser un animal racional sexuado para cuya existencia comunitaria requiere del trabajo y la autoridad.
El marxismo occidental contó con importantes figuras señeras en un principio: Lukács, Gramsci, Althusser. Por su parte, en el campo de la Economía y la Historia, así como en otras ciencias sociales, el marxismo –al menos como método científico- demostró una fecundidad que entre los soviéticos era desconocida e imposible. No obstante, se sembraron unas semillas nefastas que acarreaban irracionalidad, oscurantismo y –a la postre- utilidad funcional al capitalismo neoliberal que, tras la guerra fría y el derribo del Muro, se hizo imperante.
La irracionalidad y el oscurantismo comenzaron con la influyente Escuela de Fráncfort. Las críticas al autoritarismo (presente en el mundo liberal, tanto como en el fascismo o el comunismo) se podían deslizar, como de hecho se deslizaron, a la propia noción de autoridad. Autoridad sin la cual se derrumba una familia, una escuela o un Estado. También, a medida que los Estados Unidos se convirtieron en la potencia que acogió y sufragó a los filósofos y sociólogos francfortianos, la crítica neomarxista al capitalismo, se fue transformando. Ya no era significativa la crítica a un régimen de producción que explotaba al obrero. El milagro de la financiación a fondo perdido hecha con dólares, modificó el énfasis, e hizo que el modelo liberal en su raíz económica quedara más y más orillado por estos intelectuales y, en su lugar, se patrocinó un pseudomarxismo culturalista. En lugar de señalar con el dedo a las multinacionales, a los empresarios piratas, al complejo industrial-militar imperialista de los yanquis, ¿qué se hizo?: los productos más sonados de esta Escuela de centroeuropeos emigrados a los USA fueron dirigidos hacia el cuestionamiento de las bases antropológicas de la civilización europea, no del capitalismo como tal. Todo se cuestionó, salvo el imperialismo yanqui y el dominio del capital sobre el trabajo, y quedó asimilado por una izquierda universitaria que estableció un puente aéreo de conferencias y libros entre París y las Universidades yanquis.
Es llamativo observar que los productos más granados de los francfortianos apenas calaron en la América llamada, precisamente, "profunda", más atenta a la Biblia que a la "liberación sexual" y "antiautoritaria". Las élites burguesas y cosmopolitas, universitarias y bohemias, esto es, la "nueva izquierda" de los derechos civiles aterrizó en Europa de vuelta, vía París. La izquierda de los "derechos civiles" renuncia a combatir el Capital. Ella leyó a los francfortianos, y a un Marcuse muy dispuesto a acabar con el matrimonio, la familia y hasta el propio trabajo. Otros autores, ya abiertamente anti-marxistas, aunque muy importantes en cuanto a sus contribuciones, como Foucault, se encargaron de formar el humus teórico a partir del cual surgirán aberraciones como las que hoy dominan el panorama intelectual de la autoerigida como (única) izquierda: la izquierda "woke" que en España está muy bien representada por formaciones como Podemos, Sumar, los "Comunes", así como los diversos grupos de las izquierdas "identitarias" (LGTBIQ+, Esquerra Republicana, CUP, Bildu, Andecha Astur, etc.). En todos estos grupos hay una ignorancia, cuando no un desprecio hacia Marx y hacia el marxismo. En materia económica dicen profesar doctrinas socialdemócratas y keynesianas, nunca revolucionarias, aunque en la práctica apoyan –siempre que pueden- al sempiterno PSOE y, con ello al neoliberalismo.
Produce sonrojo ver cómo estas pretendidas izquierdas, herederas lejanas no del marxismo, sino de desviaciones reaccionarias del marxismo (como Marcuse, Foucault, Derrida, etc.) apoyan medidas neoliberales destinadas a convertir al ser humano en una especie de bestia, nacida únicamente para ser alimentada y mantenida por una suerte de "sopa boba universal" (la famosa Renta Básica, el salario universal, etc.). En su palabrería inagotable, hay planteamientos que –muy por debajo del nivel de discurso filosófico y académico, como todavía se apreciaba en Marcuse o, recientemente, Postone- recaen en el más crudo anarquismo. Disfrazados con traje "libertario" en realidad se dan la mano con los neoliberales también "libertarios", al estilo del esperpento argentino llamado Milei. Lejos de ofrecer una ontología coherente de las relaciones entre el hombre y la naturaleza, como intentó Marx en los últimos años de su vida, abogan por un decrecimiento que va en la misma línea de la "cultura de la muerte" que el neoliberalismo occidental inculca a las masas, sustituyendo los bebés por mascotas, y las familias fecundas por "unidades monoparentales" y "sexo ocasional". Toda esa izquierda basura, que destruye nuestra civilización y condena al trabajo explotado y cuasiesclavo a millones de personas que viven fuera de "Occidente", con vistas a que en este Occidente se forme una plebe mantenida con la sopa boba universal (Renta Básica), merece todo nuestro desprecio y condena. Si llaman fascistas a los marxistas clásicos, es porque estos aún dicen las verdades a la cara. Son izquierdas otanistas, que defienden "derechos de bragueta" (Prada) pero no laborale. Son las concubinas y meretrices del capital neoliberal, infladas hasta el esperpento con ideologías promovidas desde los sótanos del Pentágono y la CIA.



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Carlos Javier Blanco

Doctor en Filosofía. Universidad de Oviedo. Profesor de Filosofía. España.

 carlosxblanco@yahoo.es

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