La gesta febrerista de la generación del 28

"En 1928 raya en Venezuela una nueva generación. Se anuncia con banderas tricolores en las calles, con discursos en los Teatros y con Reinas en los solios. Lleva boinas azules y lanza un grito de guerra: Sacalapatalajá. Sígala y balaja".

Domingo Alberto Rangel. Los Andinos en el poder -

Cuando el Dr. Pedro Manuel Arcaya, ofrecía a Juan Vicente Gómez su visión sobre las protestas estudiantiles salidas de la Universidad Central de Venezuela en febrero de 1928, la posición del Ministro de Educación de entonces, Dr. Rubén González (hombre, a juicio de Domingo Alberto Rangel, de más talento político que Arcaya y de más probidad que Gil Fortoul), responde en contraposición al ministro de Relaciones Interiores del "Benemérito", dejando a las claras el comienzo de un movimiento protestatario que dejó huellas profundas en el devenir histórico de la nación venezolana: "Si fuera solo la obra del comunismo, el movimiento de estudiantes no tendría alcance ni ofrecería peligro alguno…". "El argumento está bien y yo lo aplaudo a usted para granjearnos la simpatía de los americanos y la adhesión del comercio. Pero aquí entre nosotros, la cosa es mucho más complicada.".

Todo comenzó aquel mes de febrero de 1928, cuando en la conmemoración de las festividades carnestolendas, jóvenes universitarios organizan la Semana del Estudiante, entre cuyas actividades destacan: el desfile desde la Universidad hasta el Panteón Nacional, en homenaje a los próceres de la Independencia y la coronación de la reina de los estudiantes, Beatriz Peña. La primera de ellas refleja el encendido discurso de Jóvito Villalba, y la segunda el conmovedor poema de Pio Tamayo a la excelsa Beatriz I. En todos estos acontecimientos se puso de manifiesto el inicio de una nueva fase de lucha en favor de la libertad y de la justicia social, en una época de terror, en tiempos donde, como dijera Edmundo Fernández a Miguel Otero Silva en su inmortal obra literaria, Fiebre: "…el "respeto" se imponía a través del irrespeto a la dignidad humana; la palabra libertad solo existía en el diccionario, supeditada a la violencia policial". Villalba evocaba ante el Libertador con su fastuosa oratoria, la hora del comienzo de una epopeya que nada tenía que ver con las correrías caudillistas y montoneras del pasado siglo decimonónico: "Habla ¡oh! Padre, ante la Universidad, porque solo en la Universidad, donde se refugió la patria hace años, puede oírse otra vez tu admonición rebelde de San Jacinto." Y por otro lado la valiente voz de un joven bardo, Pio Tamayo, tronaba en el formalísimo acto de coronación de Beatriz I en el en el Teatro Rivolí de Caracas, aquel 7 de febrero:

"Pero no, Majestad, que he llegado hasta hoy/ ¡y el nombre de esa novia se me parece a vos! / ¡Se llama Libertad! / Decidle a vuestros súbditos / -tan jóvenes que aun, no pueden conocerla-/ Que salgan a buscarla, que la miren en vos. / Pues con vos, Reina nuestra, / ¡juvenil en su trono, se instala el porvenir! /.

En fin, la solemnidad del claustro expresada en actos formales revestidos de juegos florales y festivales juveniles con alusiones políticas y discursos opositores, develaba en definitiva los propósitos de sus organizadores, que proclaman su intención de despertar a un pueblo sumido en un letargo y resignado tras no encontrar el camino libertario. El régimen no era proclive a tales manifestaciones, y es así como horas más tarde la represión no se hace esperar y caen en manos policiales, inicialmente Pio Tamayo (quien muere en 1935 a consecuencia del rigor de los desmanes carcelarios) y horas después, Jóvito Villalba, Guillermo Prince Lara y Rómulo Betancourt, extendiéndose a Isaac Pardo, Elías Toro, José Tomas Jiménez Arráiz, Gonzalo Galindo, José Antonio Marturet, German Tortosa, Andrés Eloy Blanco y Raúl Leoni. Era esta la primera colada de presos políticos no provenientes de las conflagraciones montoneras –salvo aquellos que pretendieron desde la trinchera militar deponer al dictador-luego vendrían en diversos tiempos otros cuantos que plenaron, fundamentalmente, el Obispo, la Rotunda y el castillo Libertador de Puerto Cabello: Alfredo Damirón, Nicomedes Zuloaga, Salvador de la Plaza, Enrique Tejera, Alberto Ravell, Gustavo Machado, José Rafael Pocaterra, Carlos León y Leoncio Martínez, entre muchos otros.

Los sucesos relatados devienen en nuevos acontecimientos. La exaltación popular no se hace esperar. Numerosos grupos de estudiantes se presentaron al cuartel de policía en la esquina de Las Monjas, para solidarizarse con los detenidos y reclamar su libertad; dispuestos a correr la suerte de sus compañeros prisioneros se entregan en masa a los cuerpos policiales. El resultado: doscientos catorce jóvenes estudiantes son enviados en autobuses al castillo de Puerto Cabello. La fuerza de tales movimientos no está en el poder de fuego, se trataba de un método de lucha para enfrentar "el predominio del sable sobre el pensamiento", eso lo comprendieron de inmediato los estudiantes al entregarse en bloque a la policía para acompañar a sus dirigentes. Podría verse como un gesto romántico, un impulso solidario casi infantil, pero la resulta de la acción es lo fundamental, la faena tuvo éxito y al gobierno no le queda más alternativa que dejar en libertad a unos muchachos que enredaban los procedimientos tradicionales del régimen. ¿Cómo separar ahora los justos de los pecadores a la hora del castigo? No se presentaba ahora un estilo de lucha como las de aquellas individualidades aisladas que ofrendaron sus vidas en el noble intento de cambiar el rumbo histórico de la Venezuela cuartelaria. Por primera vez la barbarie gomecista retrocedía frente a una marejada que no venía de mesetas y llanuras. Era la oposición como un hecho colectivo de repulsa, y no el gesto aislado o circunscrito a simples enemigos del tirano.

Los sucesos juveniles alteran la aparente paz del tenebroso régimen. El 7 de abril del mismo año estalla en Caracas una insurrección de carácter cívico-militar, encabezada por el capitán del Ejército Rafael Alvarado Franco y con participación de otros oficiales, entre los que destacan los tenientes, Agustín Fernández, Leonardo Leefmans y Faustino Valero. De cadetes de la Academia Militar entre los que predomina Eleazar López Wolkmar (hijo del para entonces jefe la Guarnición de Caracas, coronel Eleazar López Contreras) y con la participación activa de un conglomerado de estudiantes, entre otros: Jesús Miralles, Fidel Rotondaro, Rómulo Betancourt, Germán Tortosa, Francisco Rivas Lázaro, Antonio Arráiz y Juan José Palacios. Fracasada la sedición la inmensa mayoría de los complotados son detenidos, juzgados y sometidos a cruentas torturas, otros huyen y van al exilio.

Para 1929, el país escenifica tres alzamientos, comandados por antiguos gomecistas: Román Delgado Chalbaud, José Rafael Gabaldón y Rafael Simón Urbina. Inspirados en los ideales de la Semana del Estudiante, tales rebeliones intentan "colonizar" el movimiento, llevando consigo a algunos de sus participantes o predecesores como, Armando Zuloaga Blanco, Rafael Vegas, Joaquín Gabaldón Márquez, Alberto Arvelo Torrealba, Gustavo Machado y Miguel Otero Silva.

El primero llevado a cabo por el general José Rafael Gabaldón en su hacienda trujillana de "Santo Cristo". El segundo, la invasión de Gustavo Machado y Rafael Simón Urbina por las costas del estado Falcón, proveniente de Curazao. Y la tercera incursión, pero la primera en orden de importancia, dirigida por Román Delgado Chalbaud desde Europa a bordo del barco Falke y con destino a Cumaná, cuyas resultas las resume Manuel Caballero en tres características distintivas: "políticamente es un éxito, en lo ideológico muestra un desolador desierto y en lo militar será un fracaso, mortal para su jefe".

De esta manera Gómez ponía fin a los últimos reductos de montoneras, de generales y doctores caudillos que quedaban de las reminiscencias del liberalismo amarillo del siglo XIX y arrasados en 1903, en el marco de la Campaña Libertadora. Languideciendo la década de 1920 muere para Gómez el siglo XIX, pero nace el tormentoso nuevo siglo que pondría fin a lo que parecía su eterna vigencia, en el marco de la lucha planteada por la generación del 28, sin duda, más democrática que liberal. Gómez, más que un déspota nacional, se convierte en el instrumento y el vehículo para el control foráneo de la economía venezolana, cancerbero de poderosos intereses extranjeros, especialmente de la Casa Blanca. De ahí que los muchachos rebeldes de entonces alcanzaban la conciencia plena de una lucha para desmontar al gomecismo como régimen. Tal apreciación pudo verificarse al momento del fallecimiento de Gómez en 1935, cuando comienza con López Contreras el periodo de transición, parsimonioso en sus comienzos; y que posteriormente acelera el general Medina Angarita; y consolida el Trienio de 1945 a 1948, trayendo, este último, como resultado otras perturbaciones y el ascenso nuevamente del militarismo al poder, sin poder zafarse Venezuela de la injerencia acérrima de Washington. En estos y posteriores acontecimientos estuvo la presencia inequívoca de la Generación del 28.

El movimiento estudiantil a que nos referimos, determina el sendero que lleva a la conformación de los partidos modernos, sus programas y vínculos con las masas. De él derivan los grupos filo-marxistas que sentaron las bases para la construcción del Partido Comunista de Venezuela (PCV) con Salvador de la Plaza, los hermanos Machado y Juan Bautista Fuenmayor a la cabeza. Del movimiento estudiantil de 1928, derivan ARDI, ORVE, PDN y Acción Democrática, bajo la dirección de Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Gonzalo Barrios, Luis Beltrán Prieto y Andrés Eloy Blanco. Así como posteriormente Unión Republicana Democrática (URD), bajo el liderazgo de Jóvito Villalba, Inocente Palacios e Ignacio Luis Arcaya.

La traición postrera de esos ideales no pudiera achacarse al movimiento y su gesta, sin duda que, procesos ulteriores evidencian la entrega de las banderas enarboladas entonces, en aras del disfrute del poder de parte de quienes lo ostentaron. Y si algo pudiéramos decir de quienes posteriormente abandonan la lucha para dedicarse a sus profesiones y ser indiferentes a las jornadas posteriores, zafándose de las amenazas de persecución, es la escasa convicción revolucionaria de quienes así actuaron.

Lo cierto de todo esto, es que los sucesos de la Semana Estudiantil de febrero de 1928, marcaron un hito de trascendencia para nuestra historia política, dejando en el recuerdo la estoica lucha de aquellos "mozuelos turbulentos" de boinas azules, que se atrevieron a desafiar una de las más terroríficas dictaduras bajo su grito de guerra: ¡Sacalapatalajá!

 



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Victor Barraez


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