El día que yo fui a la cumbre

Con la determinación fulminante del compromiso y la palabra acordada, en estos días me desperté con las primeras luces del alba y emprendí rumbo hacia la cumbre, acompañado de mi perro salisburry y ñaragato. Era un día lluvioso y de mucha neblina, lo que obligaba a ir a poca velocidad y a su vez me permitió pensar sobre algunas cosas de vital importancia sobre la vida, sobre la política, sobre la familia y tantos recuerdos que se aparecen como el relámpago en las escenas del silencio. Así fui avanzando, apenas en las primeras cuestas el carro se apagaba y ahí debía esperar un rato, para volverlo a encender.

No lo podía evitar, pero me puse a pensar en la llamada Cumbre de las Américas, que desde el lunes 6 y hasta el pasado viernes 10 de junio, se celebró en los Ángeles, Estados Unidos; y a la cual no fueron invitadas ni Cuba, ni Nicaragua ni Venezuela. A pesar de ser países soberanos, con plena vigencia de sus derechos políticos como nación y respetuosos del Derecho Internacional Público, no fueron invitados. Los argumentos son banales y adornados con el perfume de la arrogancia y la prepotencia, y en nombre del vacío de la nada se les prohibió, se les atajó para que no asistieran. De repente, salisburry lanza un ladrido y ñaragato maúlla y los ojos se le ponen vidriosos; era como si protestaran ante el grotesco espectáculo del evento encumbrado, donde se habló de todo y de nada; también de democracia, de economía y derechos humanos y hasta de perrarina y gatarina, hablaron.

Lieteralmente, mientras la neblina se ponía densa y apretadita, el carro recalentó y volví a parar y a pensar nuevamente. No nos caigamos a mentiras, le dije a ñaragato y a salisburry: La naturaleza del imperio ha sido y es esa, la de pisotear, la de desgarrarle el alma a los pueblos, chaparle la sangre y saquear sus recursos, para finalmente darle la estocada final. Por eso hay que abrir los ojos de la razón y ver muy bien lo que ocurre por los caminos y los horizontes de la geopolítica mundial y saber quiénes son nuestros amigos y quienes nuestros enemigos. Por ello, mas que cautela, nosotros como pueblo y también como gobierno, debemos mirar con firmeza para enfrentar todas las agresiones y conspiraciones que nos asechan por diferentes flancos.

No olvidemos que desde el origen, como pueblo soñador y protagonista de la libertad, hemos sido víctimas de la perversa política exterior de los Estados Unidos, que se han aprovechado de los recursos y riquezas de nuestra patria. Pero más allá del bien y del mal, hay que tener presente que el enemigo es el enemigo, que es peligroso, que hay que mirarlo desde lejos, con mucho recelo, para no caer en sus garras que son las que quitan la piel a los Estados soberanos.

Volví a encender el vehículo y nos enfilamos hacía la cumbre, donde el viento habla en silencio para regalarte la tranquilidad del alma y las personas te tienden la mano de la amistad. Ya falta poco para llegar, le comenté a ñaragato y a salisburry, quienes iban apostados cada uno en su ventana, soñando o imaginando quizás, un hueso fornido en carne. De verdad, los Estados Unidos se creen dueños y señores del mundo, cuando en realidad son un imperio terrorista, violador de los Derechos Humanos que invade pueblos, bombardea ciudades y saquea los recursos de los países. Hablan de democracia cuando en realidad su propio sistema político es una entelequia. Hablan de derechos humanos y ellos mismos violan los Derechos Humanos a escala global, y ni siquiera respetan los derechos de sus propios ciudadanos. Ante todos estos desplantes, ante todas estas agresiones por parte del imperio norteamericano, hay que seguir por las sendas que nos señaló Hugo Chávez, de clamar siempre por un mundo multipolar, donde la que hable sea la voz de los pueblos y de la verdad y no la de los imperios.

Finalmente, llegamos a la cumbre, donde yo puedo contemplar el rostro hermoso de la Reina. Es un lugar encumbrado en las montañas del Táchira, donde he construido la Fortaleza de Maqueronte para seguir escribiendo y soñando. ¡Que así sea!

 

 



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Eduardo Marapacuto


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