Recuerdos de Minneapolis

Ese fue el ratón de mi marido, dijo María Elena La Cordobesa

Ese fue el ratón de mi marido, dijo María Elena La Cordobesa.

La primera vez que supe de ella fue por quien estaba a cargo de la dirección, producción y montaje de un evento, de esos que suelen aparecer como por arte de magia, quien con el paso del tiempo se transformaría en un amigo y aliado, se trata Enrique Aravind Adyanthaya, joven médico puertorriqueño, prestado a las artes y definitivamente seducido por ellas, talentoso, emprendedor y hacedor impenitente, quien aún continúa trabajando con su grupo, Casa Cruz de La Luna, en Puerto Rico.

Todo esto en un ambiente gélido, de muy bajas temperaturas en las llanuras del medio oeste, a finales de los 90s, en Minneapolis, donde un espectáculo de este tipo era inusual y muy atrevido, sobretodo, por los escasos recursos que se manejaban, pero que Enrique multiplicaba con un toque casi de Midas.

Me llamó Enrique antes de la presentación que teníamos pautada, que incluía poesía, música, teatro y baile de flamenco, con todos los hierros, a cargo de María Elena quien era conocida como "La Cordobesa" y su grupo, para notificarme que ella no podría asistir pues tenía algo impostergable que hacer.

Luego me entero que no tuvo otra alternativa que atender a esa operación impostergable y que había estado retrasando por el trabajo que estábamos montando, ya que tenía un severo cáncer, que a pesar y que lentamente se la estaba llevando, ella, con gran gallardía y un extraordinario espíritu lo manejaba discretamente y con una alegría esplendorosa que a todos sus compañeros contagiaba.

María Elena era una de esas personas cuya edad resultaba un enigma, podría estar en sus cincuenta, quizá sesenta y próxima a los setenta, alegre y dicharachera, pero muy seria en materia de trabajo, se integraba con una facilidad enorme y entendía inmediatamente las indicaciones de nuestro director, con el cual ya había trabajado anteriormente.

El show se hizo, con otros miembros de su equipo y María Elena salió bien de la operación, aunque siguió padeciendo de esa terrible enfermedad, seguimos frecuentándola y junto con Enrique montamos algunas cosas juntos y revueltos, su recuperación fue impresionante y su energía se mantuvo siempre en alto.

En una ocasión que nos invitó a comer a su casa, con su esposo, cuyo nombre escapa a mi memoria, callado y tranquilo, quien por cierto caminaba dentro de su casa, como si flotara, apenas tocaba el piso y de acuerdo a María Elena cuando la conoció en España,  la trajo a Minnesota y nunca se separaron.

Hubo cierta oposición de parte de la familia de María Elena a que se fuera con "el gringo", pero ella al final los convenció y triunfó el amor, todo esto contado por ella.

Estábamos en la cocina, tomando vino y hablando sabroso, cuando en una bandejilla que estaba tapada descubrí una tortilla española auténtica, hecha en casa y se veía suculenta, con un pequeño detalle que le faltaba una de sus esquinas, estaba como mordida.

Ante el comentario y al decirle doña Fru que sería un ratón que tenían en casa, María Elena se rió y con gran salero afirmó:

"Ese fue, el ratón de mi marido".
 



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Luis Enrique Sánchez P.


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